sabato 18 marzo 2017

«Déjate llevar por el madero de su humildad»

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por don Giacomo Tantardini

Lo que sigue son solamente algunas sugerencias, como ayuda para vivir el sacramento de la penitencia, el sacramento de la confesión. 
Quisiera comenzar repitiendo la invitación de san Agustín a «dejarse llevar por el madero de su humildad»1. Debemos atravesar el mar de la vida, debemos llegar al Señor, que es nuestra felicidad. El único modo para atravesar este mar es dejarse llevar por el madero de su humildad. Dejarse llevar por esta nave que es la cruz del Señor. Me encanta esta expresión de san Agustín: «Déjate llevar por el madero de su humildad». ¿Qué es la confesión si no aceptar humildemente dejarse llevar por el Señor, por el madero de su humildad? ¿No es acaso la confesión aceptar humildemente confesar nuestros pobres pecados tal y como quiso Jesús, tal y como establece la santa Iglesia? Por eso me he permitido dar a quienes lo querían el pequeño libro Chi prega si salva, como ayuda para confesarse bien, tal y como sugiere la santa Iglesia, es más, tal y como manda. 
Permitidme que aluda a una intuición, un descubrimiento reciente para mí: quien se confiesa bien, se hace santo. Es un descubrimiento reciente (el año pasado, durante la santa misa en la fiesta de Todos los Santos, mientras leía el Evangelio de las bienaventuranzas) y posee una evidencia inmediata: quien se confiesa bien, se hace santo. Quien se confiesa bien, con humildad, con sinceridad, con la acusación completa, se hace santo. Se hace santo en los tiempos del Señor, pero quien se confiesa bien se hace santo. Quien se deja llevar humildemente por el madero de su humildad, se hace santo. Hacerse santos quiere decir que la presencia de Jesucristo se vuelve cada vez más querida, cada vez más cercana. «Familiaritas stupenda nimis / cada vez más estupenda», como dice la Imitación de Cristo, «su familiaridad»2. Como dice una estrofa del himno Iesu dulcis memoria, este largo himno medieval que se atribuye a san Bernardo. Es la estrofa que don Giussani repetía más frecuentemente en los últimos meses de su vida: «O Iesu mi dulcissime, / Oh Jesús, dulcísimo para mí, / spes suspirantis animae, / esperanza de mi alma que suspira [de nosotros que suspiramos, como decimos en la Salve Regina], / te quaerunt piae lacrimae / te buscan las piadosas lágrimas [lágrimas que no pretenden, que esperan, que piden] / et clamor mentis intimae / y el grito último del corazón». Incluso cuando, quizás, este grito del corazón no llega ni siquiera a nuestros labios. Si nos confesamos bien, nos hacemos santos, es decir, la presencia del Señor, su presencia, su belleza («Cara beltà»), su dulzura se vuelve más querida y más cercana a nuestra vida. 
Leamos ahora el pasaje de la negación de Pedro y de la mirada de Jesús a Pedro, según el Evangelio de Lucas: «Entonces le prendieron, se lo llevaron y le hicieron entrar en la casa del sumo sacerdote; Pedro seguía de lejos. Habían encendido una hoguera en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó con ellos. Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: “Este también está con él”. Pero él lo negó: “¡Mujer, no le conozco!”. Poco después otro, viéndole, dijo: “Tú también eres de ellos”. Pedro dijo: “¡Hombre, no lo soy!”. Pasada como una hora, otro aseguró: “Cierto que éste también estaba con él, pues además es galileo”. Le dijo Pedro: “¡Hombre, no sé de que hablas!”. Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: “Antes de que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces”. Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente» (Lc 22, 54-62). 
Quisiera sugeriros tres breves pensamientos de san Ambrosio. San Ambrosio es uno de los Padres de la Iglesia que más evidencia la misericordia. Quizá todos conocéis la frase con que termina el Hexamerón, el relato de la creación: «Creó el cielo, y no leo que descansara; creó la tierra, y no leo que descansara; creó el sol, la luna y las estrellas, y no leo que descansara. Leo que creó al hombre, y entonces descansó / habens cui peccata dimitteret / pues ya tenía un ser a quien perdonar los pecados»3. Este es el descanso de Dios. Lo dice Jesús en el Evangelio: «Os digo que habrá más alegría en el cielo [es decir, en el corazón de Dios] por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión» (Lc 15, 7). Ambrosio no añade nada a estas palabras de Jesús sobre la alegría del corazón de Dios; simplemente es bello que diga que Dios descansó porque finalmente tenía a alguien al que podía perdonar los pecados. 

El fragmento que voy a leer está sacado del comentario de san Ambrosio al Evangelio de Lucas: «Bonae lacrimae quae lavant culpam. / Qué buenas [queridas por el corazón] son las lágrimas que lavan los pecados. / Denique quos Iesus respicit plorant. / Por eso todos aquellos a los que Jesús mira, lloran [cuando Jesús mira a un pobre pecador, este rompe a llorar]. Pedro negó por primera vez y no lloró, porque aún no le había mirado el Señor. Pedro negó por segunda vez y no lloró, porque aún no le había mirado el Señor. Pedro negó la tercera vez: / respexit Iesus et ille amarissime flevit / Jesús le miró y él lloró con amargura»4. El llanto no viene del pecado. «Todo el que comete pecado es un esclavo del pecado» (Jn 8, 34). El pecado nos conduce al vicio, no al llanto. «Si el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres» (Jn 8, 36). Cuando Jesús mira, se llora. Y se llora al acordarnos de él. «El Señor se volvió y miró a Pedro, y Pedro recordó» (Lc 22, 61). No se llora por la humillación, se llora porque somos amados de esta manera. Se llora de gratitud, porque somos mirados de esta manera. Porque, pobres pecadores, somos amados de esta manera. «Respice, Domine Iesu, / Míranos, Señor Jesús, / ut sciamus nostrum deflere peccatum. / para que aprendamos a llorar nuestros pecados. / Unde etiam lapsus sanctorum utilis. / Por eso también el pecado de los santos es útil. No me ha acarreado ningún daño el que Pedro lo traicionara, me ha sido más útil el hecho de que [Jesús] lo perdonara»5

En el segundo fragmento, Ambrosio comenta un salmo y habla de Pedro: «Quem Dominus respicit salvat. / A quien el Señor mira, lo salva. Por tanto, en la pasión del Señor, cuando Pedro traicionó / [y aquí Ambrosio dice algo que me parece muy bello] sermonenon mente / [cuando Pedro traicionó] con la palabra, pero no con el corazón...»6. De este modo san Ambrosio distingue los pecados debidos a la fragilidad del proyecto del pecado. También los pecados de fragilidad pueden ser pecados mortales; no es esto lo que san Ambrosio contesta. Nuestros pecados de fragilidad pueden ser pecados mortales, si se dan las tres condiciones para que un acto sea pecado mortal. Pero el pecado de fragilidad es diverso del proyecto del pecado. El pecado de fragilidad es diverso del tener la proyectualidad del pecado. Ambrosio tiene para con Pedro esta mirada de ternura, como hacia un niño que se equivoca. Pedro ha renegado, pero con los labios (sermone) no con el corazón (non mente). Y añade una observación estupenda: «(las palabras de Pedro que lo reniega contienen más fe que la doctrina de muchos [las palabras de Pedro, que por miedo lo traiciona, no destruyen un apego al Señor, un apego más fiel que los discursos de muchos]) / respexit eum Christus / Cristo lo miró / et Petrus flevit; / y Pedro lloró; y así [con el llanto] lavó su propio error. / Ita quem visus est voce denegare / Así aquel que con la palabra les pareció a los otros [quizá también a Juan cuando vio que Pedro decía lo que dijo] que negaba al Señor, / lacrimis fatebatur / con las lágrimas daba testimonio de Él»7. Con las lágrimas Pedro dio testimonio del Señor. Quisiera añadir una observación. Hay un indicio que distingue la fragilidad del pecado de la proyectualidad del pecado, y es evitar las ocasiones próximas de pecado. Lo diremos en el Acto de dolor cuando nos confesemos. El indicio de que el pecado no es nuestro proyecto, es la voluntad de huir de las ocasiones próximas de pecado. Porque el pecado se comete en el corazón. El pecado se comete cuando se adhiere en el corazón al deseo malo. El pecado se comete en el corazón. El gesto, cualquier gesto pecaminoso, es una consecuencia del corazón que se adhiere al deseo malo; del corazón que cede al deseo malo, en vez de ponerse de rodillas a pedir. También ponerse de rodillas, incluso sólo este gesto físico de ponerse de rodillas, ¡cuánto lo aprecia el Señor! Ponerse de rodillas y pedir. Y la gracia de la petición cierta, cuando la dona el Señor, la certeza de la petición que pide sin dudar es infalible. Lo dice Jesús (cf. Mc 11, 23-25). Lo escribe el apóstol predilecto: «Todo el que permanece en Él, no peca» (1Jn 3, 6). Cuando se permanece en el Señor no se peca. Cuando el Señor dona permanecer en Él, esta oración es infalible. Evitar las ocasiones próximas de pecado es el indicio de que nuestros pecados son pobres pecados de fragilidad, pero que no son el proyecto de nuestra vida. No son una proyectualidad mala. 

El tercer fragmento que voy a citar, igualmente de san Ambrosio, esta sacado del 
Comentario al Salmo 1188 al versículo: «“Adiutor et susceptor meus es tu, et in verbum tuum spero” / “Tú eres mi ayuda y mi sostén y espero en tu palabra”». En este fragmento de san Ambrosio están recogidas todas las cosas que nos hemos dicho en estos días. «Adiutor per legem, / Tú eres ayuda con la ley [los diez mandamientos], / susceptor per Evangelium / Tú eres sostén [me tomas en brazos] con la gracia»9. Esta es la síntesis del camino moral cristiano. Con la ley nos ayudas. La ley hace conocer los mandamientos de Dios. La ley tiene como objetivo simplemente señalarnos y hacernos conocer con claridad lo que hay que hacer y lo que hay que evitar. Y no se pone en práctica la ley con razonamientos teológicos. La ley se pone en práctica en virtud de otra realidad distinta de la ley que es la gracia. Es muy bella la lectura del breviario de la fiesta de la Natividad de la Virgen, donde san Andrés de Creta, obispo, afirma que, así como son distintas y no confusas la naturaleza humana y la naturaleza divina del Verbo encarnado, así también la ley y la gracia son dos realidades distintas, no confusas. Cada realidad conserva sus características10. La ley tiene la característica de indicar con claridad el camino, la gracia tiene la característica de tomar en brazos y llevar y, por tanto, de hacer andar en el camino. «Adiutor per legem, susceptor per gratiam. Quos lege adiuvit, in carne suscepit / A los que ha ayudado con la ley [indicando el camino] los ha llevado en su carne / quia scriptum est: / porque está escrito: / “Hic peccata nostra portat” / “Este carga sobre sí nuestros pecados” / et ideo in verbum eius spero. / y por eso yo espero en su palabra. / Pulchre autem ait: / Qué bello que el salmo diga: / “In verbum tuum speravi”, / “En tu palabra he esperado”, / hoc est: Non in prophetas speravi, / esto es: No he esperado en los profetas [es buena la profecía pero no he esperado en los profetas], / non in legem,/ ni en la ley [es buena la ley de Dios, pero no he esperado en la ley], / sed in verbum tuum speravi / sino en tu palabra he esperado / hoc est in adventum tuum... / es decir, en tu venida...»11: ¡es lo más bello! He esperado en tu palabra, es decir, en tu venida. He esperado que vengas a mí. Si nos fijamos en un niño, un niño no espera abstractamente en su madre. El niño espera que su madre esté a su lado, que su madre vaya a su lado; «... ut venias / ... que tú vengas / et suscipias peccatores, / y tomes en brazos a los pecadores, / delicta condones, / perdones nuestros delitos, / ovem lassam tuis in cruce humeris bonus pastor inponas / y como buen pastor pongas sobre tus hombros, es decir, en tu cruz, a esta oveja cansada»12. Qué bello: «In verbum tuum speravi / en tu palabra he esperado / hoc est in adventum tuum, / es decir, en tu venida, / ut venias / que tú vengas cerca / et suscipias / y tomes en brazos» a esta oveja descarriada que soy yo. Concluye Ambrosio: «Si uno espera en Jesucristo, se debe alejar de la compañía de los malos»13. Una pequeña alusión decisiva: si uno espera en Él, evita las ocasiones próximas de pecado (cf. 1Jn 3, 3). 

Termino con dos oraciones de la liturgia ambrosiana. Dos oraciones de san Ambrosio. Primera oración, del himno Al canto del galloAeterne rerum conditor, que en la antigua liturgia ambrosiana se rezaba siempre, todos los días, en el Matutino. Junto con el himno de las Vísperas Deus creator omnium, creo que el himno Aeterne rerum conditor es la poesía más bella de la literatura cristiana antigua: «Iesu, labantes respice / Pon tus ojos, Señor, en los que caemos [los lapsi eran los que durante las persecuciones habían traicionado la fe] / et nos videndo corrige; / y levántanos con tu mirada [corrige quiere decir cum-regere, levantar]; / si respicis labes cadunt / si tú nos miras los pecados caen / fletuque culpa solvitur / y en el llanto la culpa se disuelve». 
La segunda oración, una pequeña plegaria, es la plegaria del Buen ladrón. Como más tarde será para santa Teresita del Niño Jesús, igualmente para san Ambrosio el Buen ladrón es uno de sus santos preferidos. El himno de Pascua, Hic est dies verus Dei, de san Ambrosio, se centra todo en el Buen ladrón. En la liturgia de hoy del breviario, san Cirilo de Jerusalén usa la misma expresión que usa san Ambrosio en este himno: el Señor da la salvación «con la fe de un instante»14. La oración dice: «Manum tuam porrige lapsis / Ofrece tu mano a los que hemos caído, / qui latroni confitenti Paradisi ianuas aperuisti / Tú que al ladrón que te reconoció abriste las puertas del Paraíso»15. ¡Qué bello lo de latroni confitenti! No ha hecho nada ese asesino. Solamente lo reconoció. Solamente reconoció. Confessio. Y pidió. Supplex confessio: «Jesús, acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino». Solamente ese «Jesús», ese: «Acuérdate de mí». Solamente ese doble reconocimiento. Y Jesús le dijo: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (cf. Lc 23, 39-43). Hoy, en este instante. Como en el sacramento de la confesión: «Yo te absuelvo». Así, en esta fe de un instante, así se nos comunica también a nosotros la salvación de Jesucristo. 


Notas 
1 San Agustín, In Evangelium Ioannis II, 4. 
2 De imitatione Christi II, 1, 1. 
3 San Ambrosio, Hexaemeron VI, 10, 76. 
4 San Ambrosio, Expositio in Lucam X, 89. 
5 Ibid. 
6 San Ambrosio, Enarrationes in psalmos 45, 15. 
7 Ibid. 
8 San Ambrosio, Enarrationes in psalmos 118, XV, 23-24. 
9 San Ambrosio, Enarrationes in psalmos 118, XV, 23. 
10 Cf. Liturgia de las Horas, 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María, Oficio de lecturas, segunda lectura, de los Discursos de san Andrés de Creta, obispo. 
11 San Ambrosio, Enarrationes in psalmos 118, XV, 23-24. 
12 San Ambrosio, Enarrationes in psalmos 118, XV, 24. 
13 Ibid. 
14 Cf. Liturgia de las Horas, miércoles de la XXXI semana del Tiempo ordinario, Oficio de lecturas, segunda lectura, de las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo. 
15 Antico Breviario Ambrosiano, Feria III, hebd. IV, in Quadragesima, ad Matutinu
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