venerdì 10 marzo 2017

Kiko Arguello: Anuncio de Cuaresma 2017 (4)

Fotos de Cantantes: POSTAL DISCOGRAFIA *KIKO ARGÜELLO* - 1968 - Foto 1 - 49677149

KIKO:
Hacemos una Palabra, breve, como siempre hacemos en el anuncio de la Cuaresma, que hace escapar a los demonios y es alimento para nuestro hombre celeste.
 Proclamación de la Segunda epístola a los Corintios 4,5-18
KIKO:

Esto es una forma de expresar lo que yo pregunto siempre: ¿en qué consiste ser cristiano? A ver, decidme, porque no consiste solamente en ir a Misa; también van los hebreos a la sinagoga y los musulmanes a la mezquita. ¿En qué consiste ser cristiano? Y aquí, decimos, encontramos una respuesta que da san Pablo que es verdaderamente sorprendente. No, no es sorprendente, es que Cristo ha dicho: «Amaos como yo os he amado». Por eso siempre, cuando el otro o la otra es tu enemigo, nos ha enseñado Nuestro Señor Jesús a llevar en nuestro cuerpo los defectos de tu marido, que es un soberbio, o de tu hija que te responde mal o de la vejez que tienes o lo que sea: llevamos en nuestro cuerpo la forma de morir de Jesús, o sea, que aceptamos ser crucificados, para que se vea en nuestro cuerpo que Cristo está vivo, porque si no, yo no me dejaba crucificar por nadie. Pero ¿esto es cierto, Kiko, o es una mentira? Estos están aquí jugando a qué: ¿a ser cristianos? ¿Esto es cierto? ¿Es cierto que estos se dejan crucificar por alguien? ¡No me cuentes cuentos chinos! No, no, eso dice el demonio, eso dice el demonio para desanimarnos.
Por eso hemos escuchado en el Shemá: «Amarás a Dios con todo tu corazón».
Y os preguntamos: ¿cómo se ama a Dios con todo el corazón? Ya lo sabéis. El Señor cogió a su pueblo y lo llevó al desierto. Y en el desierto, pues, hacía calor tenían sed, tenían poco agua (sic). Y se acordaban de la carne que comían en Egipto; se acordaban de Egipto porque en el desierto no tenían carne ni nada más que el maná, que era como una semillita que tenían que recoger que era más pequeñita que el trigo, y con ellas hacían panes y tortitas. Pero estaban hasta el gorro del maná y ya no podían más. Y entonces comenzaron a murmurar dentro de su corazón. Y dice Dios: «Yo te llevé al desierto para que descubrieras lo que tenías dentro de tu corazón»; porque Dios va a enseñar a su pueblo lo que tienen en el corazón. Y vieron que estaban llenos de murmuración, de soberbia. Por eso el que murmura en el Camino… se acabó, en la Iglesia está prohibido murmurar contra Dios. No puedes murmurar contra Dios porque se ha muerto tu marido, o porque se ha muerto Carmen o porque te han descubierto un cáncer. Podrías murmurar, pero si el Señor te ha enseñado a amarle con todo tu corazón… Cuando uno murmura se pone por encima de Dios. Dice, en el fondo, que Dios está haciendo las cosas mal, muy mal; por eso murmura. Porque con el corazón se ama y también se detesta, se murmura con el corazón.
Entonces Dios, para ayudarles, les envió serpientes venenosas.Y morían todos.
Se dieron cuenta del error en el que estaban: estaban juzgando a Dios y bastaba una serpiente para que se murieran como chinches. Y Dios le preguntó a Moisés: «Pero ¿qué quieren, qué es lo que quieren?». Y le dijo: «Quieren comer, que les des pan». No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. La Palabra de Dios. Nosotros os hemos enseñado que la Palabra de Dios se realiza en la historia. O sea, era una Palabra de Dios que estuvieran en el desierto; era una Palabra porque estaba preparándolos a ser el pueblo de Dios, un pueblo sacerdotal.
Y sabéis que Nuestro Señor Jesucristo antes de comenzar su misión fue sometido al Shemá; también vosotros en vuestro itinerario neocatecumenal habéis sido sometidos a estas tres pruebas.
La primera: la del corazón, o la prueba del pan, del comer.
Entonces, Jesucristo, para luchar contra el demonio ––ahí veis que la vida cristiana es una lucha contra el demonio–– nos enseña cómo hay que combatir contra el demonio. Él mismo se va al desierto y decide no comer ni beber. Claro, si en el desierto no comes ni bebes, pues te deshidratas. Y si te deshidratas te mueres. Pero el demonio espera, espera que Jesucristo esté en la agonía. Y cuando lleva cuarenta días sin comer ni beber y ya sus ojos se nublan, porque no tiene fuerzas, digamos así, cuando está ya al borde de la muerte entonces aparece el demonio. ¿Y qué le dice? Lo que nos dice a nosotros todos los días: que ese sufrimiento que tienes es la prueba de que Dios no te quiere, que si fueras hijo de Dios… «¿Pero no ves que te estás muriendo? Di conmigo que esto es una monstruosidad. Dilo conmigo: ¡di que estas piedras se transformen en pan, que no tienes que morirte!». Y Jesús le responde: «No solo de pan vive el hombre».

El demonio te quiere convencer de que tu vida es un asco y te dice que no es verdad que Dios te quiera, porque a lo mejor ni lo sientes ni tienes ganas de rezar ni nada. Pero el demonio te ronda, como dice san Pedro, como un león rugiente buscando cómo devorarnos. «Tienes que decir en tu corazón que es verdad que Dios no hace las cosas bien, que tu vida no está bien hecha, que tu vida es un horror, que estás llenos (sic) de enfermedades…». Bueno, lo que sea, lo que te siga (sic) el demonio que tienes que decir.
O sea, aprender a amar a Dios con todo el corazón significaría aceptar que la historia que Dios está haciendo contigo está bien, que él tiene sus designios, sus proyectos, que son mucho más grandes que los nuestros. Y que él quiere de verdad estar en nuestro corazón. Y no murmurar en el corazón, sino con el corazón quererlo.
Como hacía Carmen, que estaba la pobre echa (sic) polvo y decía: «Jesús mío, Jesús mío. Te amo tanto. Ayúdame». Pero está (sic) con unas depresiones terribles, también las tenía su hermana Milagros que tenía unas depresiones terribles y estaba sufriendo tantísimo. Y no tiene una queja Carmen, ama a Dios con todo su corazón.
Por eso, en esta Cuaresma, si queréis prepararos para la Vigilia pascual estáis invitados todos a hacer lo que nos dice la Iglesia, hacer algún sacrificio, ayunar… Hacer algo, un gesto para tener al demonio bien atado y que no pueda deciros nada. «¿Has visto que acepto sufrir? ¿Has visto? ¿Qué me vas a decir a mí?». Por eso la Iglesia enseña en la Cuaresma que tenemos que ayunar, ayunar un poquito; no mucho, como podáis.

***


La segunda tentación, como sabéis, es muy fuerte, porque es la tentación de la inteligencia.
Entonces. ¿Cómo hace Dios para enseñarles a amarle con toda su inteligencia?

Pues los lleva al absurdo, los mete en el absurdo, los mete en la precariedad total; no pueden ni dormir. Y es Dios el que lo ha hecho, Dios mismo; si no, no pueden ser el pueblo de Dios. Entonces les hace caminar por el desierto un año, otro año, otro año… No sé cuántos. Parece que están perdidos.
Y empiezan a surgir en ellos unas dudas: «¿Pero será cierto que Dios está con nosotros o es todo una suposición y estamos siguiendo a un fanático como es este Moisés?». Y en esta duda, porque están en una precariedad total y no saben hacia dónde van, están perdidos en el desierto y llevan cerca de veinte años, piensan: «¡Es un absurdo total y van a morir nuestros hijos en el desierto! Pero ¿dónde estamos? ¡Esto es una monstruosidad!». Entonces, como ya no pueden más, se reúnen los hombres y van a la tienda de Moisés y lo agarran por la pechera y le dicen: «Mira, no podemos más: nos hace sufrir muchísimo la precariedad en que nos encontramos. Todos pensamos que nos vamos a morir en el desierto, y nuestros hijos también; y que no estamos yendo a ningún sitio». «Y ¿qué queréis?» –dice Moisés. «¿Qué queremos? Pues como no sabemos si Dios está o no está, que se manifieste: que nos demuestre que está en medio de nosotros, que esta historia no es absurda, que no es todo una monstruosidad, que tiene un sentido todo esto. ¡Que se muestre!». «Y ¿cómo queréis que se muestre?». «Bueno, por ejemplo: ¿cuánto tiempo llevamos aquí sin beber, que estamos en una sequía total y terrible con el agua racionada? ¡Queremos agua! ¡Agua!». Y sabéis que Moisés va al Señor y le dice: «¡Me quieren lapidar! ¡Me quieren matar!». «¿Pero qué les pasa, qué quieren?» ––dice el Señor. «¡Que te manifiestes! ¡Que demuestres tu poder! ¡Que demuestres que tú estás en medio de ellos y que toda la historia que has hecho de que has abierto el mar y todo eso, que todo eso es obra tuya porque todo lo dudan: ahora están perdidos y la angustia de la precariedad no les deja ni dormir! ¡Y pensar que sus hijos van a morir en el desierto los tiene acogotados!». «¿Y cómo quieren que me manifieste?». «¡Pues que les des agua!». «Pues nada: vete a la roca, y a la primera roca grande que encuentres: ¡háblale a la roca y dile que brote el agua! ¡Y verás que brotará el agua para todo el pueblo!». Sabéis que la historia cuenta que Moisés no habló a la roca, sino que con el bastón golpeó la roca y salió el agua. Y es muy interesante porque en la Traditio os damos esta misma catequesis: que Dios le dice a Moisés «háblale a la roca». Y dice una tradición rabínica: ¿por qué Dios no ha permitido que Moisés entre en la Tierra prometida? Una tradición dice que es porque Moisés se escandalizó de los pecados del pueblo. Y dice: «¡Después de los milagros que Dios ha hecho encima vais y lo tentáis!». Y Dios le dijo a Moisés: «Pero ¿cómo? ¿Tú te has creído mejor que ellos? ¿Tú? ¿Mejor que tus hermanos? ¿De dónde crees que te saqué yo?».
Y eso es una lección muy importante porque no podemos creernos mejor que nadie, ni mejor que un pederasta ni uno que esté en la cárcel ni nadie. ¡Ay si juzgas y te crees alguien: serás condenado a enfangarte con la lujuria por haberte creído mejor que otros! Tú el último y el peor de todos ––eso dice la Tradición. Por eso dice san Pablo que tenemos que considerar a los otros superiores a nosotros mismos: considerando a los otros superiores a ti. O sea, que tú tienes que considerar que todos los hermanos de tu comunidad son todos superiores a ti. ¿Es así como vives en tu comunidad? No lo sé.
Jesucristo, que va a ser sometido a esta misma tentación, muy fuerte, sabéis lo que pasa: el demonio se le aparece y le dice que está condenado al fracaso más total porque él no es de la casta sacerdotal, que son todo familias que están emparentadas, que él es un pobre carpintero de un pueblo de Nazaret, de Galilea, y que está condenado a un fracaso total.

«¿Para qué? ¿Para qué te sirve venir aquí? ¿Qué vas a hacer?». Y el demonio le invita a vencer esto: en vez de ser un fracasado pasar a tener éxito. Y le invita el demonio a tentar a Dios. Tentar a Dios significa que Dios te cambie la historia; te pones por encima de Dios. Le dice el demonio: «Mira, como no te van a aceptar ni te van a acoger y te van a rechazar ––como así fue––, te van a rechazar y a odiar, ¿quieres que te diga lo que tienes que hacer? ¡Muy sencillo! Tú sabes que el sabbath están todos en el Templo. Te subes al pináculo del Templo, que están todos los rabinos allí, está todo el pueblo de Israel. ¿No van diciendo ya que el Mesías ha nacido y que está en medio de nosotros? ¿No dicen por ahí que de un momento a otro el Mesías se manifestará? Bueno, te subes al pináculo… ¿Cuántos metros hay? ¿Cuarenta metros? ¿Debajo están las piedras de Jerusalén? ¡Pues te tiras! Y como dice el salmo 91 que no permitirá que tu pie tropiece contra la piedra y los salmos son Palabra de Dios irrevocable, que se cumple siempre, pues Dios está obligado a mandar a sus ángeles para que te cojan y no te aplastes contra las piedras. Si los hebreos ven que los ángeles bajan contigo: ¡todos te seguirán!». Muy bien, muy bonito. ¿Verdad? Tú fíjate si Jesucristo hubiera aceptado esta tentación. Pues lo que no sabía el demonio es que íbamos a ser salvados a través del rechazo que iba a hacer Israel contra Cristo, que lo van a crucificar.
Bueno, esto es muy importante. Y ¿qué quiere decir? Para nosotros ¿qué quiere decir eso? Pues quiere decir que es muy difícil para ti aceptar lo que tu inteligencia no comprende realmente, porque estamos todos llenos de orgullo. Entonces, la Iglesia nos dice que para vencer esta tentación de no querer obedecer a la historia que Dios te da cuando esta historia es una historia de rechazo, de enfermedad, de fracaso, de no amor, de rechazarlo a Él, o sea, de poner tu inteligencia por encima de Dios —porque tú hubieras hecho las cosas distintas, seguramente, porque tú eres Dios––, entonces, la única forma que te dice la Iglesia que tienes para vencer esta tentación que se llama «orgullo» y «soberbia» es poniéndote de rodillas reconociendo que tú no eres Dios, que Dios es el otro. Y le pidas a Dios piedad, piedad, que te humilles ante Dios con la oración; siempre la oración es una forma de humillarse ante Dios, darle a Dios lo que es de Dios.
Entonces, esta Cuaresma estamos todos invitados a rezar. Y nosotros venimos por la mañana, tempranito, a las seis o a las seis y media, y hacemos los Laudes juntos.
Y tenemos que hacer como mínimo un cuarto de hora de oración de quietud, de oración silenciosa, diciendo la frase de la Iglesia de Oriente: ¡Señor, Jesús, hijo de David, ten piedad de mí que soy un pecador! Y después de haber repetido esto despacio y pensándolo, se vuelve a repetir y se vuelve a repetir y se vuelve a repetir. ¿Qué no queréis obedecer? Bueno, ya os sacará Dios de aquí, os echará de aquí.
¿Qué queréis obedecer? Bueno, claro, muchos sois ya mayores, hace frío, etc. Bueno, pues muy bien. Pero os hemos dicho a todos que todos tenemos que rezar todos los días y tener quince minutos de oración silenciosa. Decía Santa Teresa de Jesús que bastan quince minutos de oración para ser santos. Es muy importante porque a lo mejor muchos de vosotros hace mucho que no hacéis este tiempo de oración silenciosa, o porque no tenéis tiempo o porque no tenemos ganas o por lo que sea. Es una gracia, todo es gracia: rezar es una gracia; ayunar es una gracia, no se puede ayunar sin la gracia.


Os acordáis aquel ejemplo de los padres del desierto, aquel monje que ayunaba tanto que comía nada más que un panecillo al día. Y viene un monje jovencito y rezan Laudes juntos. Y hablan de Dios. Y cuando llega la hora de comer saca un cestito con panes. Entonces hacen la oración a Dios y el viejo coge un panecillo y coge otro pan el joven. Pero cuando el joven ha acabado su pan, de nuevo echa la mano al cesto y se come el segundo pan. Y cuando ha acabado el segundo pan, de nuevo echa la mano y coge el tercer pan. Y ya el anciano le mira como reprochándoselo porque ve que el joven no se sacrifica, que no ayuna, sino que come pan y come pan. Y se retiran. Y el anciano le da las gracias y le dice: «Bueno, espero que Dios te ayude a ser más sacrificado, que te ayude a ayunar». «¡Ay, padre, tiene usted razón!». Y se pone de rodillas y le dice: «Ya ha visto padre, ya ha visto que no me puedo contener y como un pan detrás de otro». «¡Nada, no te preocupes hijo mío!» ––dice el anciano. Y se va. Solamente que al otro día cuando llega la hora de comer, habiendo hecho sus oraciones, el anciano coge un pan de la cesta y se lo come. Y después le vienen unas ganas… Y se come otro pan, y otro pan… Y así Dios le quita el don de ayunar: eso por haber juzgado. Porque dicen que aún el ayunar viene de Dios. Ese anciano juzgó al joven y ya no pudo ayunar, se tuvo que comer diez panes; y engordar... Eso es muy interesante, es muy importante: el rezar, el venir a la comunidad viene de Dios; si vienes a la comunidad viene de Dios. Si te retira el Señor tu gracia tú ya no vienes por aquí.
Y la tercera tentación, como sabéis, es muy importante: es la tentación del dinero, es la tentación de la religión, de los que usan la religión para construirse, para tener dinero, para tener salud.
Todos los pueblos necesitan tener un santuario, un lugar donde Dios está más propicio, donde dicen que es el lugar donde bajan y suben los ángeles; eso dice la Escritura, es la escala de Jacob por la que subían los ángeles porque es el lugar donde Dios escucha al que pide algo y manda un ángel, coge la petición de ese pobre que está allí y la lleva al cielo. Y luego baja con la respuesta de Dios. Cristo dijo que es él (sic) el lugar, el lugar donde bajan y suben los ángeles; él (sic), no el templo. Pero bueno, todos los pueblos quisieran encontrar un lugar donde Dios les escuche, porque todos tenemos necesidad, sobre todo tenemos necesidad de que los negocios nos vayan bien, de que tengamos dinero, de que tengamos salud, salud, dinero y amor. Y que en nuestra familia vaya todo bien; y que mis hijos se casen; se casen las hijas y todo vaya muy bien. Bueno, pues todos los pueblos tienen su templo o la montaña sagrada… Nosotros, a lo mejor, tenemos Fátima o Lourdes o lo que queráis.

Y una cosa que no acepta el pueblo de Israel es que llevaban muy mal muy mal muy mal que Dios les hubiera prohibido hacer de la fe de Abraham una religión y no podían tener ninguna representación de Dios. O sea, no podían transformar el hebraísmo en una religión. Porque la fe de Abraham consiste en que Dios lleva la historia y tú tienes que ir detrás obedeciendo a su voluntad. Eso en ninguna religión es así.
Y eso el pueblo lo llevaba muy mal. Por eso en cuanto Moisés se va a la montaña, inmediatamente deciden hacerse un ídolo, hacerse una imagen de Dios: ponen una ternera ––que es imagen de la fecundidad, como en la India, que son sagradas–– y la llaman Yahvé: «¡Tú nos sacaste de Egipto!». Y hacen un culto. Y danzan y salmodian a este ídolo. Y están encantadísimos, tienen una imagen a la que pueden pedir que cure a mi hija; que me dé dinero; «¡Ah, una imagen, puedo poner esa imagen a mi servicio, para mi servicio!». Eso Dios se lo ha prohibido a su pueblo. ¿Por qué?
Yo por ejemplo: constantemente no sé nada. He mandado a las comunidades en misión ¿Tú crees que a mí me ha dicho Dios cómo tienen que vivir? ¿O qué es lo que tiene que hacer? Yo no sé nada, las he dejado diez años solas. Las hemos reunido el otro día para que nos dijeran cómo ha ido. Así todo el Camino. ¿Vosotros creéis que nosotros sabíamos en qué consistía laTraditio? Bueno, sí, les entregaremos el Credo. ¿Y la Redditio? ¿O la Elección? No hemos sabido nunca nada, ha sido Dios el que ha ido haciendo delante de nosotros milagros y prodigios: siempre hemos ido detrás del Señor, siempre, no hemos hecho jamás ningún proyecto. Aquí a los curas, en la universidad, os enseñan a hacer proyectos en la parroquia; proyectos pastorales y proyectos pastorales… Nosotros jamás hemos hecho ningún proyecto de nada, hemos ido detrás del Señor: no nos permite el Señor hacer del Camino una religión a nuestro uso y servicio.
¿Para qué? Pues siempre lo mismo: para tener dinero. Porque ¿qué es lo que piden los piden (sic) los pueblos de Brasil en los templos a los dioses? Pues tener dinero y salud, tener dinero; idolatría del dinero. Moisés, cuando baja del monte con las Tablas de la Ley y oye los cantos y ve que están haciendo una religión se coge un cabreo que rompe las Tablas y deshace el ídolo de oro, lo transforma en polvo y les obliga a bebérselo. Y luego intercede por el pueblo.
El demonio le enseña a Jesucristo las riquezas de este mundo y le dice: «Mira, todo esto me ha sido entregado a mí porque el príncipe de este mundo es el demonio ––eso dice el evangelio, que todo es del demonio––: si me adoras te lo doy todo a ti». ¿Qué es lo que pretenden los hombres si no es tener éxito, poder, dinero, propiedades? Dinero, el dinero. Por eso os hemos enseñado en el Camino que hay que vender los bienes, y no solamente una vez, constantemente tenemos que desprendernos de todo aquello de lo que nuestra alma se apega, porque todo eso nos impide amar a Dios, nos lo impide. Por eso la Iglesia nos invita a dar limosna, que no es dar así, una tontería; no.

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