mercoledì 19 febbraio 2020

Juan Josè Calles Garzon: «Para vivir con vigor la fe es necesario tener una comunidad».

El sacerdote Juan José Calles, en uno de los bancos de la iglesia de Cristo Rey, en el barrio Vidal. /MANUEL LAYA
EVA CAÑAS / WORDSALAMANCA
El actual párroco de Cristo Rey tiene ese brillo en los ojos del que disfruta y siente lo que hace. Una mirada vocacional. Juan José Calles Garzón, ‘Juanjo’, (1960) procede de Vitigudino, de una familia numerosa, era el quinto de nuevo hermanos (ahora viven ocho).
De su infancia, este sacerdote recuerda a su padre como un trabajador humilde en la industria del carbón y leñas, que murió con 54 años y dejó viuda a su madre, a la que define como«mujer coraje», porque en esa situación, Calles tiene claro que Dios protege a las viudas y las bendice para que salgan adelante.

La primera llamada a la vocación religiosa fue temprana, cuando tenía 10 años. Su padre tenía un hermano religioso Trinitario que en una ocasión visitó el pueblo en búsqueda de vocaciones, y le preguntó: «¿Quién se quiere ir al seminario?», y Juanjo levantó la mano.
«Mi padre, al conocer mi decisión, me miró a los ojos y me preguntó si de verdad quería ir, y yo le dije que sí», recuerda. Y su progenitor aceptó que su hijo se fuese con 10 años a estudiar al seminario menor de los Trinitarios en Alcázar de San Juan, en Ciudad Real. «Allí recibí formación de EGB y BUP, y durante las vacaciones volvía a Vitigudino», confirma.
«Me ha marcado en la vida estar cerca de los enfermos, de la fragilidad humana»
Después de esa etapa formativa inicial vivió su segunda llamada a la vocación religiosa. En concreto, cuando tenía 17 años, tras terminar el Bachiller, cuando tenía que decidir si seguía con el noviciado o no. «Y junto a otros compañeros dimos ese paso y prepararnos para ser religiosos trinitarios». Su formación previa fue clave, al igual que la vivencia con sus compañeros, «pero también recibí la llamada personal de Dios hacia mí y no a otro, para ver la belleza de la vida religiosa», precisa Juanjo Calles.
Y en el sur de España, lejos de su Vitigudino natal, realizó el noviciado, en un colegio de Carmelitas, junto a jóvenes religiosos. Al terminar COU le dieron la posibilidad de estudiar Teología en Roma, Granada o en Buenos Aires, y en ese momento se decantó por descubrir una llamada misionera y embarcarse hacia Argentina. Tenía 18-19 años, y en aquel lugar descubrió lo que define como una Teología popular. Anteriormente ya había tenía contacto con el camino neocatecumenal, «que será definitivo en el desarrollo del discernimiento de mi vocación». Para Juan José Calles, el hecho de que existiesen comunidades religiosas formadas por laicos, cristianos de a pie que vivan la fe en común y en comunión, «fue una revolución».
«Yo reivindico la teología práctica, hecha desde la base, en la parroquia»
Y cuando llegó a Buenos Aires, en febrero de 1981, vivió un discernimiento profundo, «donde Dios me llama a ser cura secular, y lo comunicó a la orden trinitaria, sobre su decisión de ser presbítero. «Me fui como un misionero pero Dios me llamaba a ser presbítero, y volví a Vitugudino».
Y ya en Salamanca comienza su formación en el seminario mayor, que en aquel momento estaba en Villamayor, con el objetivo de formar parte de la Diócesis. Calles estudió Teología en la Universidad Pontificia y tuvo entre sus profesores a Monseñor Ricardo Blázquez, actual arzobispo de Valladolid.
Su primera experiencia pastoral fue en Guijuelo, en el año 1988, donde se ordenó como diácono el 16 de abril de ese año. Y el 25 de septiembre fue ordenado sacerdote en Vitigudino por Antonio Ceballos, obispo de Ciudad Rodrigo. El hecho de que un hijo de la localidad se ordesanase como sacerdote supuso un gran acontecimiento ese día.
Ya como sacerdote, su primer destino fue en Guijuelo, como párroco de El Guijo de Ávila y Campillo. Al mismo tiempo, durante un periodo corto de tiempo (tres años) dio clase de Religión en el instituto de Guijuelo.
En este primer destino como sacerdote le marcaron muchas cosas, como él mismo reconoce, pero de forma especial, los enfermos, «la experiencia con la fragilidad humana, el constatar que los enfermos tantas veces al que acogen y escuchan es al sacerdote», algo que ha vivido en el medio rural. A Juan José Calles le llegaba el hecho de visitar a los enfermos semanalmente, «llevar el alivio de la Palabra de los Sacramentos, de la compañía, es una gracia impagable, escuchar sus relatos, marcados por la Cruz del sufrimiento de su enfermedad, siempre te dejan un poso en el alma de paz, de tranquilidad, de serenidad muy grande».
Otro hecho importante que vivió en Guijuelo fue la creación de un monasterio, el de las Hermanitas de Belén y de la Asunción de la Virgen, desde 1993 a 1999, del que era el capellán, y de las que destaca su fuerza espiritual «enorme». En ese destino permaneció desde el año 1988 hasta 1999. Durante esa etapa también hizo la tesis doctoral, que compaginaba con la vida pastoral. «Yo soy un cura bastante irregular, todos los que se doctoran se van a Roma y yo reivindico la Teología práctica, hecha desde la base, desde la parroquia, desde la comunidad, desde la experiencia vital...», argumenta. Para Calles, la parroquia es un espacio teológico, de reflexión... El título de su tesis era: ‘El camino neocatecumenal, un catecumenado parroquial’.
Después, comienza a dar clases en todo el mundo como profesor de una universidad itinerante, en Berlín, Copenhague, Brasilia o en Guam (Pacífico). «Al año hacía 50.000 kilómetros sirviendo a la pastoral parroquial y las comunidades neocatecumenales de Salamanca», sentencia. Y en 1998, con 38 años, «me esperaba otra sorpresa», cuando el obispo Don Braulio le nombró vicario de pastoral, «y tengo que asumir responsabilidades muy serias e importantes». Y para Calles supuso un cambio grande e importante, al servicio de la Iglesia de Salamanca.
En el año 1999 se tiene que ocupar junto a otro sacerdote de 14 pequeñas parroquias del mundo rural, repartidas en tan solo 40 kilómetros, una etapa que para Juan José fue «preciosa». Se trataba de una pastoral itinerante,«muy misionera», porque cree que para estar en el mundo rural, «se necesita una mística evangélica especial, para ver en el rostro de los ancianos y de los enfermos a Jesús, solo y abandonado». Porque como insiste Calles, hoy en día en el mundo rural, «solo quedamos los curas».
En el año 2005 llega a la parroquia de Cristo Rey, en el barrio Vidal, como administrador tras caer enfermo su sacerdote, y un año después, tomó posesión como párroco tras fallecer el anterior. Desde entonces ha ejercido también como delegado de la Familia y Vida, «ahora estoy en funciones a la espera de que se renueve». Y de forma paralela a su trayectoria pastoral ha sido el poder acompañar al crecimiento y la madurez de tantos jóvenes en las comunidades, «yo fui testigo del nacimiento de las jornadas mundiales de la juventud, que impulsóSan Juan Pablo II en 1984, y Dios me ha concedido la gracia de estar prácticamente en todas las jornadas, he recorrido con tres Papas todo el mundo, menos en Buenos Aires y en Manila, hemos estado en todas».
Juan José Calles está convencido de que hoy en día, en la Iglesia, para vivir con cierto vigor la fe, «es necesario un marco comunitario, tener una comunidad de referencia, si no, la secularización ambiental, nos come». Para este sacerdote, uno de los síntomas de la languidez y de la anemia espiritual de nuestros católicos, «es la falta de referentes comunitarios donde vivir, celebrar, compartir y anunciar la fe».
Al respecto, considera que en los pueblos permanece un sustrato de comunidad humana, «pero se termina el catolicismo rural, están desapareciendo». Juan José Calles confirma que las iglesias están languideciendo cada vez más, «estamos en un cambio de época, saliendo de la cristiandad, está muriendo el cristianismo sociológico, entramos en uno de convicciones». Este sacerdote apunta a que quien quiera ser cristiano en el tercer milenio,«tendrá que jugarse el tipo, a todos los niveles, porque hasta ahora el peso ha gravitado en los presbíteros, pero cada vez somos menos, somos un ministerio a cuidar y cultivar porque somos una especie en extinción».
En el primero de los cuatro libros que ha escrito, sobre su tesis doctoral, sostiene que para la evangelización, «se necesita un catecumenado». Asimismo, piensa que hay que dar un giro y no estar tan centrado en los niños en cuanto a la iniciación cristiana, «dar un giro hacia la atención a los adultos, que con uno que se convierta, renueva una Iglesia». En la actualidad, en la parroquia tienen cinco comunidades neocatecumenales, que mueven unas 150 personas. «Los fieles laicos trabajan más que yo», resalta, al enumerar toda la labor pastoral que realizan estas comunidades.

sabato 25 gennaio 2020

L’arte della parola al servizio della Parola.


Risultati immagini per don fabio rosini
Riprendo dal volume "La predicazione oggi", EDB, 2008, a cura del Servizio nazionale per il Progetto culturale della CEI, la trascrizione della relazione di don Fabio Rosini

Note esperienziali sulla comunicazione della fede

Mi si chiede di trattare l’argomento dell’attuale stato del linguaggio della comunicazione della fede. Credo sia opportuno partire da una constatazione: questo linguaggio sembra essere in molti casi fallimentare, inefficace, non attraente. La colpa, mi sembra necessario riconoscerlo, è del nostro stile di annuncio. Il problema siamo noi. Cercherò di menzionare, a peso, senza troppa analisi, i tipi di difetti che la nostra predicazione presenta a mio avviso. Quanto vado ad enumerare non ha nessuna pretesa di esaustività. Sono solo i punti principali, esposti in grande sintesi, macroscopicamente evidenti, se si vuole fare un’analisi di massima della situazione.

1. Difetto fondamentale e diffusissimo è presupporre la fede negli ascoltatori; spesso ci si ritiene investiti dell’autorevolezza sacramentale che l’ascoltatore non riconosce, anzi non conosce proprio. Direi che la colpa principale di questo approccio è la scarsa considerazione che l’ascoltatore e la sua condizione reale trovano in chi predica. L’assemblea, ad esempio di un matrimonio, è distratta, superficiale, estranea alla liturgia? E chi se ne avvede? Il sacerdote è partito nella sua descrizione della fedeltà prima battesimale e poi nuziale all’alleanza con Dio, parla della grazia che è donata nel sacramento, della vocazione salvifica della famiglia, mentre oramai molta gente non riesce nemmeno a capire il contenuto logico del lessema “sacramento”, o “grazia”, o “salvezza”. Una cosa sola l’uditorio ha per certa: che presto o tardi il prete smetterà di parlare. Possiamo parlare di coincidenza topografica fra predicatore e assemblea, ma non c’è molto di più in comune fra le due parti. L’assemblea non capisce il predicatore, e il predicatore non ha provato a capire l’assemblea.

2. Una fetta non piccola dei nostri sforzi predicatorii viene sperperata in due filoni di un vecchio approccio:
a. Il vetero-moralismo, che per un’inerzia secolare da contro-riforma, insiste sulle opere, spossando l’ascoltatore con la pressione della pretesa. Il difetto maggiore di quest’approccio: se l’agire è conseguenza dell’essere, diventa ridicolo chiedere di agire cristianamente a chi cristiano, forse, non è se non in parte ancora tutta da verificare, perché spesso non è stato formato ad esserlo. Se infatti ripetiamo spesso che la crisi del popolo di Dio è la sua formazione carente, come pensiamo di poter risolvere il problema partendo dal pretendere i risultati? In ogni caso, per definizione, il linguaggio moralista non può essere il linguaggio dell’annuncio.
b. Il neo-moralismo, che confonde il cristianesimo con la forza di volontà, e scivola in approcci stile new-ageponendo tutta la forza della redenzione nella ‘decisione’ come fulcro salvifico. In fondo a Gesù Cristo non rimane altro ruolo che quello di stimolo, di causa solo ed unicamente esemplare.

3. Molte occasioni vengono altresì sprecate in funzione di un peccato tipicamente clericale, una vanagloria ecclesiastica dura a morire, che definisco teologismo astratto. Mentre la gente aspetta di essere coinvolta nella spiegazione della Parola di Dio, ecco che prorompe la libido teologica e si affonda in una serie di precisazioni da algebra dogmatica. Si è, di conseguenza, precisi ed elevati, quanto inutili e noiosi.

4. Ma come non citare anche un altro filone, trionfante e diffuso: il sentimentalismo. La ricerca metodica del punto erogeno nell’ascolto e la tecnica sonora di avviluppante melassa, che tocca la zona certa dell’emotivo, del lacrimevole. Certe pause, certi toni, anche se diametralmente opposti allo stentoreo della vecchia retorica, hanno però in comune lo stesso orribile difetto di fondo: suonano falsi. Ormai questa tecnica è comune ai preti e ai politici. In certo senso viene da chiedersi se sia Veltroni che parla da prete o i preti che hanno da tempo sposato una comunicazione buonista-veltroniana. In questi modi non si è ‘persona’, ma ‘personaggio’. Con tale tecnica non si fa un annuncio ma si da luogo ad un evanescente momento ormonale-impulsivo.

5. Non possiamo tralasciare la fresca generazione dei predicatori provenienti dalle nuove esperienze ecclesiali, movimenti e simili. Qui il difetto è di altro genere, quello di scivolare dal tono kerigmatico-passionale allo stato di espettorazione ripetitiva dello slogan catechetico appreso nel proprio movimento: puoi avere davanti anziane del rosario, fanciulli del catechismo o coppie di fidanzati, la polpetta è la stessa, gli esempi sono gli stessi, i decibel impiegati sono gli stessi. E il senso di estraneità dell’uditorio pure.

6. Di pari passo procede un simile risultato di derivazione più semplice e banale: uno si trova quei quattro schemi che gli sembrano funzionare, e ormai da anni li emette a selezione random. Lentamente ogni predicazione scivola verso questo imbuto precostituito e si finisce per suonare sempre la stessa solfa. È un difetto da replica semi-ossessiva (soprattutto per l’ascoltatore) del rassicurante schema già noto. In poche parole: una mancanza di creatività che genera ripetitività.

7. E che più? Parlando di mancanza di creatività viene in mente un’altra negligenza con cui molti porgono la predicazione: se anche il discorso è azzeccato nella sostanza, si autosqualifica per un difetto essenziale, quello di un tono monocorde. Chissà perché si pensa di avere risolto il problema di una spiegazione del Vangelo quando ne abbiamo identificato i contenuti. A quel punto, invece, abbiamo il bisogno di passare alla fase non meno importante dell’attenzione alla modalità espressiva, della cura della “musica” delle parole, perché di fatto è la cosa che più direttamente influisce sull’ascolto. La parola udita, prima di essere senso, è suono. Certi preti sono così negligenti sulla musica delle proprie parole, sono così concentrati sul significato, e così piatti sul livello sonoro, da divenire prepotentemente, implacabilmente soporiferi. È anche questo un ministero, quello del riposo.

Abbiamo finito? No, certo che no. C’è tanto altro di cui intristirsi. Ma a ben vedere questi sono, tutto sommato, difetti umani che si riflettono nel linguaggio.

Perché dire ciò? Perché in modo costante mi trovo di fronte a responsabili ecclesiali di vario livello che venendo a sapere del felice impatto che l’esperienza sui 10 comandamenti ha sulla gente, mi chiedono aiuto, ma fondamentalmente mirano ad uno specifico risultato: avere gli schemi.
E io mi lancio ogni volta nella difficile esplicazione dell’inutilità di tale richiesta. Riuscirò a spiegarmi questa volta? Mah… Ci riprovo per l’ennesima volta e faccio l’esempio che di solito uso: si cerca uno schema funzionante, un’idea che impatti, e si tenta di trovare una formula nuova ed efficace, una ricetta che possa alzare il livello della cucina. Come si cerca lo spartito di una musica che sia più gradevole, più bella, più geniale.

E allora? Mettiamo che io tiri fuori lo spartito della Settima sinfonia di Beethoven. La musica, lo spartito, lo schema è straordinario. Ma chi lo suonerà? Se a quel punto prendo il flauto dolce e ci suono la Settima di Beethoven, sarà un’esecuzione allappante e ridicola. Tutti cercano gli spartiti, ma in realtà il problema sono gli esecutori. Anzi, corriamo il rischio di giudicare orribile la Settima di Beethoven, mentre orribile è solo l’esecuzione.

Si cercano contenuti, e a me sembra che la nostra bellissima fede ce ne dia a bizzeffe. 10 comandamenti? Per ora si può fare questo, ma forse fra un po’ si deve fare altro. Qualunque argomento può essere reso in modo vitale. Se Pollini suona l’orribile inno di Mameli, te lo fa sembrare bello.

Allora cortocircuitiamo con quanto detto sopra: difetti umani. Qui non si tratta di avere nuove idee ma un tratto predicatorio diverso.
Cosa ce lo può fornire? È chiaro che abbiamo bisogno di lavorare profondamente a livello della formazione, dove si apprende lo stile. Ma quali possono essere i principi cardine? Discutiamone; io propongo le mie povere intuizioni in materia, ma se non spostiamo l’argomento su questo livello, restiamo sempre al palo. Offro il poco che io ho capito e che forse può essere utile.

Quale linguaggio può farci uscire dallo stato di stallo? Dobbiamo chiederci se disponiamo di un linguaggio più adatto alla presente generazione che è quella del post-concilio e dell’era post-moderna. Va detto che fra le tante note caratteristiche di questo popolo dell’oggi, una non trova, a mio avviso sufficiente evidenza: siamo di fronte alla prima generazione alfabetizzata della storia.

Si trovano ancora nei nostri monasteri di clausura delle anziane religiose che leggono a fatica. Ma la generazione presente, fatto assolutamente nuovo, è certamente in grado di leggere e scrivere. E ha un nuovo modo di ascoltare, anche perché la nuova religione, che è la scienza, panacea di ogni problema umano, rende gli ascoltatori critici come mai verso l’argomento religioso.

E che linguaggio possiamo proporre? Vediamo: quali linguaggi ha la Chiesa? Meglio ancora: quali linguaggi sono messi a disposizione della Chiesa dalla Rivelazione? Voglio introdurre la tematica dei tre linguaggi della Rivelazione.

L’A.T. dispone, a grandi linee, delle celeberrime tre parti: Legge, profeti e scrittiNella Legge abbiamo il linguaggio apodittico o casistico ma comunque nomistico, definitivo, imperativo. La norma è uno slogan, una formulazione secca che o la si accetta o la si rifiuta, la sua forza è nell’autorità dell’emittente, Iddio stesso.

Nei profeti abbiamo l’esortazione, l’applicazione al quotidiano dello slogan della legge. I profeti ricordano i doveri dell’alleanza al popolo. Il linguaggio profetico è eminentemente morale, il carattere è quello dello sprone alla coerenza con la legge. La cogenza del linguaggio profetico è la condizione di popolo dell’alleanza. La congruenza etica è la potenza di questo linguaggio.

Negli Scritti compare un altro linguaggio, quello sapienziale, esplicativo, educativo. È il linguaggio paterno, educativo, che spesso basa sulla logica e sulla constatazione del reale la sua forza di convincimento. Senza sfociare nel filosofico, il linguaggio sapienziale non comunica regole, non impone doveri ma motiva, spiega, rende semplicemente accettabile il richiamo della legge, che risulta luminoso, opportuno, utile, produttore di felicità.

Il N.T. non presenta, sorprendentemente, un cambio di linguaggi ma una semplice traslazione di occasioni. Lo slogan della Legge diventa la formulazione del linguaggio kerigmatico, che è la ripetizione di formule che pian piano divengono stereotipate, e racchiudono come seme tutto lo sviluppo della fede. Sono enunciazioni che rinveniamo sparse fra i racconti della resurrezione, le lettere paoline, soprattutto gli Atti degli Apostoli. Brevi locuzioni, nette, pregnanti. Chiedono l’assenso, pongono davanti alla scelta di aprirsi o meno.

L’esortazione profetica, a sua volta, diviene il linguaggio parenetico tipico del richiamo paolino, ma anche di altri scritti. Questo è il linguaggio etico, della esortazione alla coerenza con la fede nell’agire, a vivere secondo l’uomo nuovo.

E quale è il linguaggio che sta fra le due fasi, quello che copre lo spazio fra l’apertura alla fede e la fede ricevuta in pieno, ormai da praticare? Quello che nell’A.T. è il linguaggio sapienziale, diviene nel N.T. il linguaggio didascalico. Il discorso fatto alla ragione perché assimili il kerigma, lo possieda, lo arrivi ad incarnare; le istruzioni per l’uso e l’appropriamento dell’evento salvifico. La parola che istruisce, ammaestra, spiega, rende masticabile e digeribile la salvezza cristiana.

Una nota storica: da Trento in poi, fino al Vaticano II, avevamo solo ed unicamente il linguaggio morale parenetico, che spesso diveniva moralista, ma che, in una società fondamentalmente già convinta di cristianesimo, esortava alla coerenza.

Grande riscoperta pratica del tempo del Concilio è la riproposizione, dopo secoli di assenza, del linguaggio kerigmatico, sotto l’influsso di due spinte: l’aver rimesso al centro della teologia il mistero pasquale e la prassi, non ininfluente, dei movimenti, tendenzialmente molto kerigmatici.

Il kerigma, in se per se, è formulazione univoca ed inequivocabile, ma il suo rischio è un uso che ne dimentichi la natura di “seme”, di punto di partenza. Non si mangia un seme, ma da un seme si deve partire per poter arrivare a mangiare un frutto. Il seme va coltivato, assecondato nei suoi tempi di maturazione, e per quanto sia vero che un seme contiene un albero, è altresì vero che un seme non è un albero. Perché dire ciò? Perché la fase kerigmatica deve essere preludio ad una fase didascalica, altrimenti parliamo di vera e propria sterilità, paradossalmente, per abbondanza di semente.

Siamo di fronte ad una sovrabbondanza di annunci kerigmatici a motivo di un tutt’altro che disprezzabile sforzo predicatorio messo in atto da movimenti, iniziative delle diocesi, missioni giovanili e simili, cui dovrebbero corrispondere altrettante iniziative didascalico-formative. Invece si salta spesso dal kerigma alla parenesi, al volontariato, al frutto senza fusto e corteccia, direttamente senza passare dal ‘via’…

Cosa è una mentalità didascalica? Cosa è un’intelligenza formativa? Quali sono le caratteristiche di un’efficace operazione di autentica iniziazione? Mi sembra che questo sia il vero dito nella piaga della pastorale. Siamo tutto sommato capaci di esporre come la Parrocchia debba essere, ma non sappiamo come si fa per portarla ad essere come la prospettiamo.


E continuiamo ad affastellare documenti sull’immagine della parrocchia, sul tipo di configurazione collaborativa fra pastori e corresponsabili della pastorale, in una sorta di neo-hegelismo ecclesiale: ci è chiaro come si dovrebbe essere, ma in genere non si sa come arrivarci.
E allora il linguaggio della stragrande maggioranza dei predicatori resta parenetico, esortativo, tutto sulla coerenza, tutto sul bene da fare. E gli ascoltatori chiudono l’audio.

***

Quali sono le caratteristiche di una comunicazione virtuosa, efficace? Cominciamo col controbilanciare i difetti già esposti: è anzitutto urgente non presupporre la fede in chi ascolta. Questo facilita il linguaggio didascalico, perché parlare pensando di aver davanti persone che non possiedono le categorie religiose ci aiuta a sdoganare naturalmente il linguaggio da una fase assiomatica ad una zona di traduzione, per così dire, dei concetti.

A tal proposito va ricordato che le forme del linguaggio umano sono fondamentalmente tre: i linguaggi di tipo univoco, equivoco ed analogico.

Univoco è il linguaggio, ad esempio, scientifico, che per una convenzione prestabilita usa i termini in modo coerente con detta convenzione, e qui ci imparentiamo con le espressioni nomistiche prima, e kerigmatiche poi, univoche, assiomatiche, apodittiche. Va detto a tal proposito che i nuovi linguaggi intra-ecclesiali, quelli che si vanno creando in certi contesti come inconsapevoli convenzioni linguistiche, diventano facilmente le gabbie in cui questi gruppi dal linguaggio stereotipato e riconoscibile si chiudono involontariamente, e spiegano l’attuale incontrovertibile crisi di nuove adesioni nei movimenti.

Il linguaggio interno, dopo aver avuto il felice impatto della novità, diviene invece carcere comunicativo, dove la Parola viene ingabbiata dalla parola, quest’ultima essendo stata un tempo felice analogia, ora fungendo da struttura di sicurezza del predicatore inesperto o poco riflessivo, nello stesso tempo fungendo da barriera impenetrabile. Sia detto che comunque questo è un difetto diffusissimo, laddove si stabiliscano convenzioni linguistiche da appartenenza, fatto, questo, quasi impossibile da evitare se l’appartenenza è percepita come vitale, salvifica. Il linguaggio però non può essere sovradimensionato a totem intoccabile, dove non si possa ri-formulare quanto esposto, perché si passa dal presupporre la fede a presupporre addirittura uno specifico linguaggio della fede. Siamo al paradosso.

In sostanza: il linguaggio univoco, convenzionato, che sia quello accademico, o teologico, o di appartenenza si dimostra facilmente come fallimentare.

Breve trattazione richiede il linguaggio equivoco, essendo questo artifizio di tipo artistico o comico. È infatti il linguaggio poetico, oppure ironico, quello che varca le regole della logica per darci il paradosso, l`“oltre” della lingua, oppure la comicità. Questo è un linguaggio ingiustamente disprezzato dagli anziani predicatori, e spesso usato male dai giovani. Gli anziani erano troppo inchiodati al “dignitoso” per passare per l’assurdo e il comico; i giovani spesso dimenticano che un paradosso o un elemento ironico devono, per definizione essere nuovi, freschi, altrimenti diventano essi stessi convenzione noiosa.

Ma il linguaggio principe di ogni comunicazione valida è, e non può che essere, il linguaggio analogico. Questo è il linguaggio più efficace per definizione. La forza di un annuncio è nelle analogie impiegate. Si capisce meglio un esempio indovinato che un intero discorso coerente e logico ma privo di analogie. Se la nostra emergenza è lo sdoganamento dei contenuti della fede dal linguaggio religioso alla accessibilità per un uditorio post-religioso quale il nostro, la condizione obbligata è il linguaggio analogico.

È la scelta degli esempi che convoglia l’attenzione all’uditorio. Se l’esempio tocca l’ordinario o il vissuto storico dell’ascoltatore, quest’ultimo balza dentro le mie parole, si sente capito e mi vuole capire, perché in un istante gli sono diventato intimo, coinvolgendolo con un esempio in cui lui si muove bene.

Tutto il mio intervento sarebbe a buon fine se solo questa idea passasse: quando si comunica, metà del valore della comunicazione sta negli esempi impiegati, che non vanno solo preparati. L’esempio più efficace è quello che la presenza, il magnetismo dell’uditorio stesso provoca in chi annunzia la Parola.

Come salvarsi dalle comunicazioni moraliste di vario stampo? Dobbiamo ricordare che il moralismo, questo senso latente di esigenza che preme sull’ascoltatore, deriva buona parte delle sue polveri da una sopravvalutazione della volontà. L’imperativo categorico kantiano perde ogni partita contro un altro elemento pure tanto fedele alla nostra tradizione cristiana: il desiderio. Quanto predico posso presentarlo come giusto o come bello. Il bello avrà la meglio in ogni caso. Allora il tema patristico del ‘fascinans’ torna quanto mai proficuo in un mondo narcisista ed estetizzante come il nostro. Mi preme quindi di trovare meno la doverosità di quanto predico e molto di più la bellezza di quanto propongo.

Proporre una scalata di una montagna per imparare l’abnegazione del sacrificio fisico ha pessimo gioco se confrontato col proporre la scalata della stessa montagna per il gusto dell’avventura, per la bellezza del paesaggio, per l’obbiettivo di arrivare alla meta e via dicendo. Quante volte l’annuncio si snoda verso un terreno molto più interessante quando semplicemente si introducono domande: ma perché fare questo? Cosa c`è di bello in questo? A cosa mi può servire? Questa, eminentemente, è tecnica sapienziale-didascalica.

Alla fin fine possiamo dividere i vari difetti della predicazione nei due poli della comunicazione, il predicatore e l’ascoltatore, e identificare teologismo astratto, fissità da slogan catechetico o da mancanza di creatività e tono monocorde come polarizzazioni eccessive sul predicatore il quale difetta nel varcare la soglia della propria autocomprensione, e disattende ogni realtà che non sia il contenuto che vuole comunicare. Questo contenuto è il suo assoluto, e, ahimé, in un modo o in un altro vive in uno sterile autismo comunicativo.
Dall’altra parte, moralismo di qualsivoglia guisa e sentimentalismo sono avventure predicatorie tutte disegnate sull’ascoltatore che è ora sottoposto ad esigenza schiacciante, ora strumentalizzato dalla melassa sentimentale.

Questi difetti comunicativi possono essere risolti da un linguaggio didascalico che si snodi per analogie, ma vorrei fornire due ulteriori elementi costruttivi per questo scopo.

È assolutamente urgente imparare ed insegnare, o perlomeno portare alla coscienza formativa, il fattore della musica delle parole usate.
Per insegnare ad alcuni collaboratori a cambiare musica alcune volte li ho traumatizzati costringendoli a riascoltare una registrazione di una propria predicazione. Io stesso, se mi riascolto, mi trovo inascoltabile, ed è una piccola sofferenza a cui ogni tanto mi sottopongo per avere ben presente i miei difetti comunicativi, le mie lentezze, le mie ingenuità, le mie esagerazioni, le mancanze di mordente, i toni mosci e quant’altro. In questo senso bisogna pervenire ad una sorta di comunicazione uditiva, ove il primo ricettore della predicazione è proprio il predicatore.

Questo essere seduti davanti a se stessi ad ascoltarsi, questo dire le cose come vorremmo sentircele dire ci può insegnare un ulteriore livello qualitativo, quello in cui la comunicazione non è del tutto pre-determinata ma definita, nella sua realizzazione concreta, dall’olfatto dell’assemblea, una sorta di fiuto che permette di capire chi si ha davanti e cosa possa recepire.

In tal senso, ben inteso, l’uditore non può determinare il contenuto, altrimenti l’oratore é un comunicatore subdolo, ipocrita o senza personalità, ma l’uditore deve determinare la forma della comunicazione, almeno in parte. Di certo la musica delle mie parole la devo saper mutare secondo il contesto.

E arriviamo all’ultimo elemento: noi comunichiamo sempre attraverso generi letterari. Voglio ricordare una legge della lettura dei testi che diventa proficua coordinata comunicativa al momento di emettere un testo, anche solo parlato: nei testi il contenuto si rinviene costantemente nella rottura del genere letterario. Mi spiego, e forse non è azione necessaria per chi ha avuto lo stomaco di ascoltarmi finora: ogni comunicazione ha il suo latente genere letterario di riferimento. Se io parlassi rispettando seccamente, pedissequamente, il genere letterario, la mia comunicazione risulterebbe la più noiosa possibile. Infatti i generi letterari sono schemi inconsapevoli che noi usiamo nella comunicazione come strutture prefabbricate atte a fornire uno schema, uno scheletro alle nostre articolazioni comunicative. Ma se vengono rispettati del tutto, essendo convenzioni comuni, sono assolutamente prevedibili.

Quando analizzo un racconto di miracolo, ad esempio, cerco la violazione dello schema, l’imprevedibile del testo, l’elemento fuori genere, perché è proprio li che risiede la comunicazione.

Allora è quanto mai efficace divenire gestori consapevoli di cotanta legge della trasmissione del senso: la rottura del genere letterario è necessaria alla comunicazione, la rottura dello schema permette l’ascolto. Si deve sempre dire, paradossalmente, il contrario di quanto si dice, ossia: devo usare uno schema che faccia da sfondo di contrasto a quanto voglio dire.

Non dimentichiamo che il Signore Gesù si è incarnato in una cultura semitica, e di questa cultura ha assunto una caratteristica, e l’ha sposata forse come nessuno: il linguaggio paradossale. Impossibile leggere i Vangeli se non si è disposti ad affrontare i paradossi. Quando si leggono i Vangeli, fra le molte cose a cui si può essere portati, di certo si è portati a pensare. Tocca restarci con la testa su. Gesù, per quello che ci resta della sua comunicazione, ci costringe ad ascoltarlo. Era un maestro. Un didàscalo. E parlava in parabole, ossia con analogie. E rompeva gli schemi comunicativi. Questo è saper parlare!

giovedì 9 gennaio 2020

KIKO COMPIE 81 ANNI!

OGGI, 9 GENNAIO 2020, KIKO ARGUELLO COMPIE 81 ANNI. TANTISSIMI AUGURI E.... AD MULTOS ANNOS!

Dalla Convivenza della Merkaba 2014 a Porto San Giorgio, per l'occasione, riprendo questo canto meraviglioso...

venerdì 20 dicembre 2019

PADRE RANIERO CANTALAMESSA - TERZA PREDICA DI AVVENTO 2019: "MARIA NEL NATALE".

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I « passi » che stiamo compiendo sulle orme di Maria corrispondono, abbastanza fedelmente, allo svolgersi anche storico della vita di lei, come esso risulta dai Vangeli. La meditazione su Maria « piena di fede » ci ha riportato al mistero dell’Annunciazione; quella sul Magnificat, al mistero della Visitazione, e ora quella di Maria « Madre di Dio » al Natale. Fu nel Natale, infatti, nel momento in cui diede alla luce il suo figlio primogenito (Lc 2, 7), non prima, che Maria divenne veramente e pienamente Madre di Dio.
Nel parlare di Maria, la Scrittura mette costantemente in risalto due elementi, o momenti, fondamentali, che corrispondono, del resto, a quelli che anche la comune esperienza umana considera essenziali perché si abbia una vera e piena maternità. Essi sono: concepire e partorire. Ecco – dice l’angelo a Maria – concepirai nel seno e partorirai un figlio (Lc 1, 31). Questi due momenti sono presenti anche nel racconto di Matteo: Quel che è « generato » in lei, è dallo Spirito Santo ed essa « partorirà » un figlio (cf Mt 1, 20 s). La profezia di Isaia, in cui tutto ciò era stato preannunciato, si esprimeva allo stesso modo: Una vergine concepirà e partorirà un figlio (Is 7, 14). Ecco perché dicevo che solo a Natale, quando dà alla luce Gesù, Maria diventa, in senso pieno, Madre di Dio.
Dei due momenti, il titolo in uso nella Chiesa latina « Genitrice di Dio » (Dei Genitrix) mette più in rilievo il primo momento, quello relativo alla concezione; il titolo Theotókos, in uso nella Chiesa greca, mette più in rilievo il secondo momento, il partorire (tíkto significa infatti, in greco, partorisco). Il primo momento (fuori del caso unico di Maria) è comune sia al padre che alla madre, mentre il secondo, il partorire, è esclusivo della madre.
Madre di Dio è il titolo che esprime uno dei misteri e, per la ragione, uno dei paradossi più alti del cristianesimo. È il più antico e importante titolo dogmatico della Madonna, essendo stato definito dalla Chiesa nel Concilio di Efeso nel 431, come verità di fede da credersi da tutti i cristiani. È il fondamento di tutta la grandezza di Maria. È il principio stesso della mariologia. Per esso, Maria non è, nel cristianesimo, solo oggetto di devozione, ma anche di teologia; entra cioè nel discorso stesso su Dio, perché Dio è direttamente implicato nella maternità divina di Maria.
Uno sguardo storico al formarsi del dogma
Nel Nuovo Testamento non troviamo esplicitamente il titolo « Madre di Dio » dato a Maria. Vi troviamo però delle affermazioni che, nella riflessione della Chiesa, sotto la guida dello Spirito Santo, mostreranno, in seguito, di contenere già, in nuce, tale verità. Di Maria si dice che ha concepito e generato un figlio, il quale è Figlio dell’Altissimo, santo e Figlio di Dio (cf Lc 1, 31-32.35). Dai Vangeli risulta, dunque, che Maria è la madre di un figlio, di cui si sa che è il Figlio di Dio. Ella è chiamata correntemente nei Vangeli: la madre di Gesù, la madre del Signore (cf Lc 1, 43), o semplicemente « la madre » e « sua madre » (cf Gv 2, 1-3).
Bisognerà che la Chiesa, nello sviluppo della sua fede, chiarisca a se stessa chi è Gesù, prima di sapere di chi è madre Maria. Maria non comincia certo a essere Madre di Dio nel concilio di Efeso del 431, come Gesù non comincia a essere Dio nel concilio di Nicea del 325, che lo definì tale. Lo era anche prima. Quello è piuttosto il momento in cui la Chiesa, nello svilupparsi ed esplicitarsi della sua fede, sotto la spinta dell’eresia, prende piena coscienza di questa verità e prende posizione a suo riguardo. Avviene come nella scoperta di una nuova stella: essa non nasce nel momento in cui la sua luce giunge sulla terra ed è vista dall’osservatore, ma esisteva già da prima, forse da migliaia di anni luce. La definizione conciliare è il momento in cui la lucerna viene messa sul candelabro che è il credo della Chiesa.
In questo processo che porta alla proclamazione solenne di Maria Madre di Dio, possiamo distinguere tre grandi fasi. All’inizio e per tutto il periodo dominato dalla lotta contro l’eresia gnostica e docetista, la maternità di Maria viene vista quasi solo come maternità fisica. Questi eretici negavano che Gesù avesse un vero corpo umano, o, se l’aveva, che questo corpo umano fosse nato da una donna, o, se era nato da una donna, che fosse tratto veramente dalla carne e dal sangue di lei. Contro di essi bisognava dunque affermare con forza che Gesù era figlio di Maria e « frutto del suo grembo » (Lc 1, 42), e che Maria era vera e naturale Madre di Gesù.
La maternità di Maria, in questa fase più antica, serve, più che altro, a dimostrare la vera umanità di Gesù. Fu in questo periodo e in questo clima che si formò l’articolo del credo: « Nato (o incarnato) per opera dello Spirito Santo da Maria Vergine ». Esso, all’origine, voleva dire semplicemente che Gesù è Dio e uomo: Dio, in quanto generato secondo lo Spirito, cioè da Dio, e uomo in quanto generato secondo la carne, cioè da Maria.
In questa fase antica, già con Origene, fa la sua comparsa il titolo di Theotókos. D’ora in poi, sarà proprio l’uso di questo titolo a condurre la Chiesa alla scoperta di una maternità divina più profonda. Avvenne durante l’epoca delle grandi controversie cristologiche del V secolo, quando il problema centrale, intorno a Gesù Cristo, non è più quello della sua vera umanità, ma quello dell’unità della sua persona. La maternità di Maria non viene più vista solo in riferimento alla natura umana di Cristo, ma, com’è più giusto, in riferimento all’unica persona del Verbo fatto uomo. E siccome quest’unica persona che Maria genera secondo la carne non è altro che la persona divina del Figlio, di conseguenza, ella appare vera « Madre di Dio ».
Tra Maria e Cristo non c’è più solo una relazione di ordine fisico, ma anche di ordine metafisico, e questo la colloca a una altezza vertiginosa, creando un rapporto singolare anche tra lei e il Padre. Con il Concilio di Efeso, questa cosa diventa per sempre una conquista della Chiesa. In un testo da esso approvato si dice:
« Se qualcuno non confessa che Dio è veramente l’Emmanuele e che perciò la Santa Vergine, avendo generato secondo la carne il Verbo di Dio fatto carne, è la Theotókos, sia anatema» .
Fu un momento di grande giubilo per tutto il popolo di Efeso, che aspettò i Padri fuori dell’aula conciliare e li accompagnò, con fiaccole e canti, alle loro dimore. Tale proclamazione determinò una esplosione di venerazione verso la Madre di Dio che non venne meno mai più, né in Oriente né in Occidente, e che si tradusse in feste liturgiche, icone, inni e nella costruzione di innumerevoli chiese a lei dedicate. Fu in questo clima che fu costruita la Basilica di Santa Maria Maggiore a Roma.
Ma anche questo traguardo non era definitivo. C’era un altro livello da scoprire nella maternità divina di Maria, dopo quello fisico e quello metafisico. Nelle controversie cristologiche, il titolo di Theotókos era valorizzato più in funzione della persona di Cristo che di quella di Maria, pur essendo un titolo mariano. Da tale titolo non si tiravano ancora le conseguenze logiche riguardanti la persona di Maria e, in particolare, la sua santità unica. Theotókos rischiava di divenire un’arma di battaglia tra opposte correnti teologiche, anziché l’espressione della fede e della pietà della Chiesa verso Maria.
Fu questo il grande apporto degli autori latini e in particolare di sant’Agostino. La maternità di Maria è vista come una maternità nella fede, come maternità anche spirituale. Siamo all’epopea della fede di Maria. A proposito della parola di Gesù: Chi è mia Madre…, Agostino risponde attribuendo a Maria, in grado sommo, quella maternità spirituale che viene dal fare la volontà del Padre:
« Forse che non fece la volontà del Padre la Vergine Maria, che per fede credette, per fede concepì, che fu scelta perché da lei nascesse per gli uomini la salvezza, che fu creata da Cristo, prima che in essa venisse creato Cristo? Certo che fece la volontà del Padre santa Maria e perciò è cosa più grande per Maria essere stata discepola di Cristo, che essere stata Madre di Cristo» .
La maternità fisica di Maria e quella metafisica vengono ora coronate dal riconoscimento di una maternità spirituale, o di fede, che fa di Maria la prima e la più santa figlia di Dio, la prima e più docile discepola di Cristo, la creatura della quale – scrive ancora sant’Agostino – «per l’onore dovuto al Signore, non si deve neppure far menzione quando si parla del peccato » . La maternità fisica o reale di Maria, con l’eccezionale e unico rapporto che crea tra lei e Gesù e tra lei e la Trinità tutta intera resta, da un punto di vista oggettivo, la cosa più grande e il privilegio ineguagliabile, ma essa è tale proprio perché trova un riscontro soggettivo nell’umile fede di Maria. Per Eva costituiva certo un privilegio unico essere la « madre di tutti i viventi »; ma poiché non ebbe fede, a nulla le giovò e anziché beata, divenne sventurata.
Madre di Dio, titolo ecumenico
Maria è l’unica, nell’universo, a poter dire, rivolta a Gesù, ciò che dice a lui il Padre celeste: « Tu sei mio figlio; io ti ho generato! » (cf Sal 2, 7; Eb 1, 5). Sant’Ignazio d’Antiochia dice, con tutta semplicità, quasi senza accorgersi in che dimensione sta proiettando una creatura, che Gesù è « da Dio e da Maria » . Quasi come noi diciamo di un uomo che è figlio del tale e della tale. Dante Alighieri ha racchiuso il duplice paradosso di Maria che è « Vergine e Madre » e « madre e figlia », in un solo verso: « Vergine Madre, figlia del tuo Figlio! »
Il titolo « Madre di Dio » basta da solo a fondare la grandezza di Maria e a giustificare l’onore a lei tributato. Si rimprovera talvolta ai cattolici di esagerare nell’onore e nell’importanza attribuiti a Maria e a volte bisogna riconoscere che il rimprovero era giustificato, almeno per il modo e lo spirito con cui ciò avveniva. Ma non si pensa a ciò che ha fatto Dio. Dio si è portato talmente avanti nell’onorare Maria facendola Madre di Dio, che nessuno può dire di più, “anche se avesse tante lingue quante sono le foglie d’erba .
Il titolo di « Madre di Dio » è anche oggi il punto d’incontro e la base comune a tutti i cristiani, da cui ripartire per ritrovare l’intesa intorno al posto di Maria nella fede. Esso è l’unico titolo ecumenico, non solo di diritto, perché definito in un Concilio ecumenico, ma anche di fatto perché riconosciuto da tutte le Chiese. Lutero ha scritto: «L’articolo che afferma che Maria è Madre di Dio è vigente nella Chiesa fin dagli inizi e il Concilio di Efeso non l’ha definito come nuovo, perché è già una verità sostenuta nel Vangelo e nella Sacra Scrittura… Queste parole (Lc 1, 32; Gal 4, 4) con molta fermezza sostengono che Maria è veramente la Madre di Dio» .
Un altro iniziatore della Riforma, Zuinglio, scrive: « Maria è giustamente chiamata, a mio giudizio, Genitrice di Dio, Theotókos». Egli chiama altrove Maria «la divina Theotókos, eletta prima ancora di avere la fede» . Calvino, a sua volta, scrive: « La Scrittura ci dichiara esplicitamente che colui che dovrà nascere dalla Vergine .Maria sarà chiamato Figlio di Dio (Lc 1, 32) e che la Vergine stessa è Madre del nostro Signore » .
Madre di Dio, Theotókos, è dunque il titolo al quale bisogna sempre ritornare, distinguendolo da tutta l’infinita serie di altri nomi e titoli mariani. Se esso fosse preso sul serio da tutte le Chiese e valorizzato di fatto, oltre che riconosciuto di diritto in sede dogmatica, basterebbe a creare una fondamentale unità intorno a Maria ed ella, anziché occasione di divisione tra i cristiani, diventerebbe, dopo lo Spirito Santo, il più importante fattore di unità ecumenica, colei che, con il suo carisma materno, aiuta a « riunire tutti i figli di Dio che sono dispersi» (cf Gv 11, 52).
Madri di Cristo: l’imitazione della Madre di Dio
Il nostro modo di procedere, in questo cammino verso Natale sulle orme di Maria, consiste nel contemplare i singoli «passi» da lei compiuti per poi imitarli nella nostra vita. Ma come imitare questo tratto della Madonna di essere Madre di Dio? Può Maria essere « figura della Chiesa », cioè suo modello, anche in questo punto?
Non solo ciò è possibile, ma ci sono stati uomini, come Origene, sant’Agostino, san Bernardo, i quali sono arrivati a dire che, senza questa imitazione, il titolo di Maria sarebbe inutile per me: « Che giova a me – dicevano – che Cristo sia nato una volta da Maria a Betlemme, se non nasce anche per fede nella mia anima? » .
Dobbiamo richiamare alla mente che la maternità divina di Maria si realizza su due piani: su un piano fisico e su un piano spirituale. Maria è Madre di Dio non solo perché l’ha portato fisicamente nel grembo, ma anche perché l’ha concepito prima nel cuore con la fede. Noi non possiamo, naturalmente, imitare Maria nel primo senso, generando di nuovo Cristo, ma possia-mo imitarla nel secondo senso, che è quello della fede. Gesù stesso iniziò questa applicazione alla Chiesa del titolo di « Madre di Cristo », quando dichiarò: Mia madre e miei fratelli sono coloro che ascoltano la parola di Dio e la mettono in pratica (Lc 8, 21; cf Mc 3, 31 s; Mt 12, 49).
Nella tradizione, questa verità ha conosciuto due livelli di ap¬plicazione complementari tra di loro. In un caso, si vede realizzata questa maternità, nella Chiesa presa nel suo insieme, in quanto « sacramento universale di salvezza »; nell’altro, tale maternità si vede realizzata in ogni singola persona o anima che crede. Il Concilio Vaticano II si colloca nella prima prospettiva quando scrive: « La Chiesa… diventa essa pure madre, poiché con la predicazione e il battesimo genera a una vita nuova e immortale i figlioli, concepiti ad opera dello Spirito Santo e nati da Dio» .
Ma ancora più chiara è, nella tradizione, l’applicazione personale ad ogni anima: « Ogni anima che crede, concepisce e genera il Verbo di Dio… Se secondo la carne una sola è la Madre di Cristo, secondo la fede, tutte le anime generano Cristo quando accolgono la parola di Dio» . Un altro Padre fa eco dall’oriente: « Il Cristo nasce sempre misticamente nell’anima, prendendo carne da coloro che sono salvati e facendo dell’anima che lo genera una madre vergine» .
Come concepire e partorire di nuovo Cristo
Concentriamoci sull’applicazione del titolo Madre di Dio che ci riguarda anche singolarmente. Proviamo a vedere come si diventa, in concreto, madre di Gesù. Come ci dice Gesù che si diventa sua madre? Attraverso due operazioni: ascoltando la Parola e mettendola in pratica. Ripensiamo, per capire, a come divenne madre Maria: concependo Gesù e partorendolo.
Vi sono due maternità incomplete o due tipi di interruzione di maternità. Una è quella, antica e nota, dell’aborto. Essa avviene quando si concepisce una vita, ma non si partorisce, perché, nel frattempo, o per cause naturali o per il peccato degli uomini, il feto è morto. Fino a poco fa, questo era l’unico caso che si conosceva di maternità incompleta. Oggi se ne conosce un altro che consiste, all’opposto, nel partorire un figlio senza averlo concepito. Così avviene nel caso di figli con¬cepiti in provetta e immessi, in un secondo momento, nel seno di una donna, e nel caso desolante e squallido dell’utero dato in prestito per ospitare, magari a pagamento, vite umane concepite altrove. In questo caso, quello che la donna partorisce, non viene da lei, non è concepito « prima nel cuore che nel corpo ».
Purtroppo anche sul piano spirituale ci sono queste due tristi possibilità. Concepisce Gesù senza partorirlo chi accoglie la Parola, senza metterla in pratica, chi continua a fare un aborto spi¬rituale dietro l’altro, formulando propositi di conversione che vengono poi sistematicamente dimenticati e abbandonati a metà strada; chi si comporta verso la Parola come l’osservatore frettoloso che guarda il suo volto nello specchio e poi se ne va dimenticando subito com’era (cf Gc 1, 23-24). Insomma, chi ha la fede, ma non ha le opere.
Partorisce, al contrario, Cristo senza averlo concepito chi fa tante opere, anche buone, ma che non vengono dal cuore, da amore per Dio e da retta intenzione, ma piuttosto dall’abitudine, dall’ipocrisia, dalla ricerca della propria gloria e del proprio interesse, o semplicemente dalla soddisfazione che dà il fare. Insomma, chi ha le opere, ma non ha la fede.
Le cinque feste di Gesù Bambino
Abbiamo considerato il caso negativo della maternità incompleta o per mancanza di fede o per mancanza di opere. Consideriamo ora il caso positivo di una vera e completa maternità che ci fa somigliare a Maria. San Francesco d’Assisi ha una parola che riassume bene ciò che mi preme mettere in luce:
« Siamo madri di Cristo – dice – quando lo portiamo nel cuore e nel corpo nostro per mezzo del divino amore e della pura e sincera coscienza; lo generiamo attraverso le opere sante, che devono risplendere agli altri in esempio… Oh, come è santo e come è caro, piacevole, umile, pacifico, dolce, amabile e desiderabile sopra ogni cosa, avere un tale fratello e un tale figlio, il Signore Nostro Gesù Cristo!» .
Noi – viene a dire il santo – concepiamo Cristo quando lo amiamo in sincerità di cuore e con rettitudine di coscienza, e lo diamo alla luce quando compiamo opere sante che lo manifestano al mondo. E un’eco delle parole di Gesù: Così risplenda la vostra luce davanti agli uomini, perché vedano le vostre opere buone e rendano gloria al vostro Padre che è nei cieli (Mt 5, 16).
San Bonaventura, discepolo e figlio del Poverello, ha sviluppato questo pensiero in un opuscolo intitolato « Le cinque feste di Gesù Bambino » e spiega come fare per rivivere ognuna di esse nella propria vita. Le cinque feste sono: il concepimento, la nascita, la circoncisione, l’Epifania e la Presentazione al tempio.
Di queste cinque feste, ci interessano soprattutto le prime due: il concepimento e la nascita. Per san Bonaventura, l’anima concepisce Gesù quando, scontenta della vita che conduce, stimolata da sante ispirazioni e accendendosi di santo ardore, infine staccandosi risolutamente dalle sue vecchie abitudini e difetti, è come fecondata spiritualmente dalla grazia dello Spirito Santo e concepisce il proposito di una vita nuova. È avvenuta la concezione di Cristo! Una volta concepito, il benedetto Figlio di Dio nasce nel cuore, allorché, dopo aver fatto un sano discernimento, chiesto opportuno consiglio, invocato l’aiuto di Dio, l’anima mette immediatamente in opera il suo santo proposito, cominciando a realizzare quello che da tempo andava maturando, ma che aveva sempre rimandato per paura di non esserne capace.
Ma è necessario insistere su una cosa: questo proposito di vita nuova deve tradursi, senza indugio, in qualcosa di concreto, in un cambiamento, possibilmente anche esterno e visibile, nella nostra vita e nelle nostre abitudini. Se il proposito non e messo in atto, Gesù è concepito, ma non è partorito. E uno dei tanti aborti spirituali. Non si celebrerà mai « la seconda festa » di Gesù Bambino che è il Natale! È uno dei tanti rinvii, di cui è forse stata punteggiata la nostra vita e che sono una delle ragioni principali per cui così pochi si fanno santi.
Se decidi di cambiare stile di vita ed entrare a far parte di quella categoria di poveri ed umili, che, come Maria, cercano solo di trovare grazia presso Dio, senza curarsi di piacere agli uomini, allora devi armarti di coraggio, perché ce ne sarà bisogno. Dovrai affrontare due tipi di tentazione. Ti si presenteranno dapprima – dice san Bonaventura – gli uomini carnali del tuo ambiente a dirti: « È troppo arduo ciò che intraprendi; non ce la farai mai, ti mancheranno le forze, ne andrà di mezzo la tua salute; queste cose non si addicono al tuo stato, comprometti il tuo buon nome e la dignità della tua carica… ».
Superato questo ostacolo, si presenteranno altri che hanno fama di essere e, forse, sono anche di fatto, persone pie religiose, ma che non credono veramente nella potenza di Dio e del suo Spirito. Queste ti diranno che, se cominci a vivere in questo modo – dando tanto spazio alla preghiera, evitando le chiacchiere inutili, facendo opere di carità -, sarai ritenuto presto un santo, un uomo devoto, spirituale, e poiché tu sai benissimo di non esserlo an¬cora, finirai per ingannare la gente ed essere un ipocrita, attirando su di te l’ira di Dio che scruta i cuori.
A tutte queste tentazioni, bisogna rispondere con fede: Non è divenuta troppo corta la mano del Signore da non poter salvare! (Is 59, 1) e, quasi adirandoci con noi stessi, esclamare, come Agostino alla vigilia della sua conversione: « Se questi e queste ce la fanno, perché non anch’io? Si isti et istae, cur non ego? » .
Abbiamo cercato, in queste tre meditazione di Avvento, di prepararci al Natale sotto la guida della Madre di Dio. Ora che siamo giunti alla fine non ci resta che unirci a lei nella contemplazione silenziosa ed estasiata del Dio fatto uomo per noi. La liturgia bizantina dei vespri della vigilia di Natale contiene una preghiera piena di santo orgoglio, che possiamo fare nostra davanti al presepio:
Che cosa possiamo offrirti in dono, o Cristo nostro Dio, per essere apparso sulla terra assumendo la nostra stessa umanità? Ognuna delle creature plasmate dalle tue mani ti offre qualcosa per renderti grazie: gli angeli ti offrono il loro canto, i cieli la stella, i magi i loro doni, i pastori il loro stupore, la terra una grotta, il deserto una mangiatoia. Ma noi ti offriamo una Madre vergine!
Santo Padre, Venerabili Padri, fratelli e sorelle, BUON NATALE A TUTTI.
1.S. Cirillo Alessandrino, Anatematismo I contro Nestorio, en Enchiridion Symbolorum, nr. 252.
2.S. Agostino, Discorsi 72 A (=Denis 25), 7 (Miscelánea Agustiniana, I, p. 162).
3.S. Agostino, De natura et gratia 36, 42 (CSEL 60, p. 263 s).
4.S. Ignazio d’Antiochia, Lettera agli Efesini 7, 2.
5.Dante Alighieri, Paradiso XXXIII, 1
6.Lutero, Commento al Magnificat (ed. Weimar 7, p. 572 s).
7.Lutero, Dei Concili della Chiesa (ed. Weimar, 50, p. 591 s).
8.H. Zwingli, Expositio fidei, en Zwingli Hauptschriften, der Theologe III, Zurigo 1948, p. 319.
9.Calvino, Institutiones II, 14, 4 .
10.Cfr. Origene, Commento al Vangelo di Luca, 22, 3 (SCh 87, p. 302).
11.Lumen Gentium 64
12.S. Ambrogio, Expositio in Lucam, II, 26.
13.S. Massimo Confessore, Commento al Padre nostro (PG 90, 889).
14.S. Francesco d’Assisi, Lettera a tutti i fedeli, 1 (Fonti Francescane nr. 178).
15.S. Bonaventura, De quinque festivitatibus Pueri Jesu (ed. Quaracchi 1949, pp. 207 ss).
16.S. Agostino, Confessioni, VIII, 8, 19