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mercoledì 22 luglio 2020
martedì 27 marzo 2018
María Magdalena, de prostituta a apóstol de los apóstoles

JUAN G. BEDOYA (El Pais)
Ni Cervantes, ni Erasmo, ni Teresa de Ávila, ni Nikos Kazantzakis, ni José Saramago, ni Pedro Miguel Lamet, por citar escritores serios, le faltaron al respeto a María, la de Magdala, un pueblecito junto al lago de Galilea, la Magdalena, cuando imaginaron a la mujer más citada en los Evangelios, por delante de la madre María. Es una gran figura bíblica que, sin embargo, la Iglesia católica tachó durante siglos, sin misericordia, de prostituta, adúltera, pecadora, poseída por siete demonios, llorona. Tampoco sale mal parada Magdalena en novelas extravagantes pero exitosas, como ‘El Código da Vinci, de Dan Brown, que la retrata como la esposa de Jesucristo, o en el cine menos riguroso.
Ni Cervantes, ni Erasmo, ni Teresa de Ávila, ni Nikos Kazantzakis, ni José Saramago, ni Pedro Miguel Lamet, por citar escritores serios, le faltaron al respeto a María, la de Magdala, un pueblecito junto al lago de Galilea, la Magdalena, cuando imaginaron a la mujer más citada en los Evangelios, por delante de la madre María. Es una gran figura bíblica que, sin embargo, la Iglesia católica tachó durante siglos, sin misericordia, de prostituta, adúltera, pecadora, poseída por siete demonios, llorona. Tampoco sale mal parada Magdalena en novelas extravagantes pero exitosas, como ‘El Código da Vinci, de Dan Brown, que la retrata como la esposa de Jesucristo, o en el cine menos riguroso.
Entre todos, han forzado al Vaticano a rectificar los infundios sobre la Magdalena, a remolque también de los movimientos feministas, Desde junio de 2016 es santa en el calendario romano con el nombre de Santa María Magdalena. Lo acordó la Pontificia Congregación para el Culto Divino por deseo del papa Francisco. Su fiesta litúrgica es el 22 de julio de cada año, para “ensalzar la importancia de esta mujer que mostró un gran amor a Cristo y que fue tan amada por Cristo, y para resaltar la especial misión de esta mujer, ejemplo y modelo para toda mujer en la Iglesia”. Así sentencio el Vaticano hace apenas dos años. La prostituta se alza desde entonces como apostola apostolurum, “la apóstol de los apóstoles”.
“Algunos dijeron que Jesús había expulsado siete demonios de mis entrañas, pero tampoco eso es verdad. Lo que Jesús hizo, sí, fue despertar los siete ángeles que dormían dentro de mi alma esperando a que él viniera a pedirme socorro: Ayúdame”, escribió Saramago como epílogo a una de sus grandes libros, El evangelio según Jesucristo, de 1991. El griego Kazantzakis había publicado muchos años antes, en 1953, una de esas novelas que merecen un Nobel. La tituló La última tentación de Cristo. Cuando en 1988, Martin Scorsese la llevó al cine, con el mismo título, decenas de miles de católicos integristas intentaron boicotearla manifestándose con gran estruendo ante los locales donde se exhibía. Incluso acudieron a los tribunales acusando al director de “ultraje a la religión”. También expresaron su irritación incontables obispos, escandalizados por unas escenas en las que se veía a Jesús pasando la noche en la cama de Magdalena, siguiendo el bello relato de Kazantzakis. El papel de Jesús lo interpretaba Willem Dafoe, María Magdalena era Barbara Hershey.
La literatura y el cine se han ocupado mil veces de la figura de la Magdalena en las muchas versiones que se han escrito o realizado sobre la vida de Jesús. El francés Jean-Luc Godard causó gran revuelo con Je vous salue Marie, de 1985, y también la corrosiva La vida de Brian (1979) de los Monty Python. El ateo Pier Paolo Pasolini rodó en 1964 El evangelio según san Mateo, según el Vaticano la mejor película sobre su fundador, en la que los protagonistas eran algunos de los familiares o amigos del director, gran parte comunistas como él: su madre hacía de María; el hermano y sobrino de Elsa Morante, la esposa de Alberto Moravia, interpretaban a José y Juan; el poeta marxista Alfonso Gatto era Andrés; el filósofo Giorgio Agamben, Felipe, y la escritora Natalia Ginzburg hizo de María de Betania.
La última película sobre la Magdalena bíblica se ve estas semanas en las pantallas españoles, dirigida por el australiano Garth Davis, con el título María Magdalena, Rooney Mara como Magdalena y Joaquin Phoenix en el papel de Jesús. No es una película de Semana Santa, al estilo de Rey de reyes o Los diez mandamientos. Se presenta a una Magdalena de prestigio y, en contra de los tiempos del nacionalcatolicismo, no se atiene al tópico cine bíblico que gustaba a los jerarcas eclesiásticos para estas fechas, censura mediante, al estilo Cecil B. DeMille en Rey de Reyes(1927), donde una prostituta del mismo nombre se convertía en rica cortesana sobre un carro tirado por cebras. El último éxito lo protagonizó el buenismo del exitoso Jesucristo Superstar, que en España cantaron en 1973, angelicalmente, Camilo Sesto como Jesucristo y Ángela Carrasco como María Magdalena.
¿Cuándo perdió el papel que tuvo María Magdalena al lado de Jesús y en las primeras décadas de la secta judía finalmente convertida en Iglesia? ¿Por qué se torció su buen nombre en una Iglesia que en sus primeros pasos fue sobre todo una iglesia de mujeres? Los católicos poco enterados se sorprenden todavía cuando, sin mayores explicaciones, ven elevada a los altares e idealizada como “la apóstol de los apóstoles” a quien aún consideran prostituta o un demonio de vicios.
“Aquélla a quien el evangelista Lucas llama la mujer pecadora es la María de la cual son expulsados los siete demonios, y qué significan esos siete demonios, si no todos los vicios”, proclamó el papa Gregorio Magno, el año 591. Tomen nota del adjetivo. El Magno. Solo otros dos pontífices romanos han merecido ese título, entre los 266 que, según una historia muy discutida, se han sentado en la silla de Pedro. Como suele decirse, si el prior opina eso de Magdalena, qué no pensará la comunidad. En la memoria cristiana perduran opiniones de este tipo: "El marido ama a la mujer porque es su esposa, pero la odia porque es mujer" (San Agustín). O "la mujer es una burra tozuda, un gusano terrible en el corazón del hombre, hija de la mentira, centinela del infierno" (San Juan Damasceno). O la opinión de Santo Tomás de Aquino, “el doctor angélico” del que beben los obispos cuando están perdidos: “La mujer es un varón equivocado y fracasado”.
Fue el apóstol Pedro quien puso la primera piedra de tales maledicencias. María Magdalena financió y sostuvo, junto a otras muchas mujeres, los tres años de campaña por Palestina del fundador cristiano. “Ayudó con sus bienes al Maestro", dice el evangelio de Lucas. Cuando fueron creciendo como secta judía, antes de hacer la romería (a Roma), para hacerse grandes hasta sustituir al Imperio romano, es probable que la temperamental mujer de Magdala quiso imponer su autoridad como compañera predilecta de Jesús y la mejor amiga de la madre, María. Pedro ya había expresado su enojo por cómo era tratada, con qué cariño y deferencia. Para acabar con su prestigio, pronto se empezó a decir que había sido prostituta, o que estuvo poseída por el demonio, o que no tenía la fuerza necesaria para mandar…
Cabe imaginar la escena. No está en película alguna, pero imaginemos. Magdalena, la amiga de María y la más amada por Jesús, no ha huido cuando detuvieron y crucificaron al jefe y es la primera a la que se aparece el Resucitado. En cambio, Pedro, señalado por el fundador como la piedra sobre la que se edificaría la Iglesia, huyó y negó al maestro tres veces por miedo insuperable. Antes, Pedro había criticado a María Magdalena en presencia de Jesús, por metomentodo y parlanchina. El Maestro la defendió con aplomo. No es imaginación. El conflicto aparece en varios evangelios, oficiales o no. Por ejemplo, en el de Tomás. “Las discusiones entre la Magdalena y Pedro aparece en más lugares, también en el Evangelio de María, que data seguramente del siglo II. Ahí se muestra a Leví, discípulo de Jesús, replicándole a Pedro cuando este critica a Magdalena: ‘Si el Salvador la ha hecho digna, ¿quién eres tú entonces para despreciarla? Con seguridad el Salvador la conoce bien; por eso la amó más que a nosotros”. Lo escribe Diarmaid MacCulloch en su imponente Historia de la Cristiandad.
El teólogo Xavier Pikaza subraya cómo la iglesia fue instituyéndose como una religión de varones. “Al principio no fue así. Todavía a mediados del siglo II, a pesar del ascenso imparable de una visión jerárquica y patriarcal de los ministerios cristianos, una parte considerable de las iglesias cristianas se hallaban dirigidas por mujeres. La iglesia oficial ha podido tener miedo ante María Magdalena y ha preferido destacar el papel de María, la madre de Jesús. Pero las dos mujeres van juntas, las dos son esenciales en la primera iglesia. Magdalena no pudo ser obispo o papa en la iglesia que triunfó desde el siglo II-III, pero podría haberlo sido en una iglesia no jerárquica ni patriarcalista del futuro”.
venerdì 16 marzo 2018
Il Vangelo dalla parte della Maddalena

La Repubblica
(Vito Mancuso) La simpatia del cardinal Martini per Maria Maddalena appare evidente dalla prima all' ultima parola degli esercizi spirituali da lui tenuti in Israele tra la fine del 2006 e l' inizio del 2007, come evidente è la sua simpatia per le consacrate dell' Ordo Virginum della diocesi di Milano per le quali aveva preparato gli esercizi e alle quali diceva: «Vi riconosco nella vostra bellezza interiore ed esteriore, perché quando l' anima rimane nella sua costante proposta di servizio a Dio, rimane bella e questa bellezza si diffonde». Io penso sia proprio così, e penso che Martini sia stato a sua volta un esempio di questa misteriosa connessione tra etica ed estetica avvertita già dagli antichi greci con l' ideale della kalokagathía, perché il morbo di Parkinson contro cui già allora combatteva, e che l' avrebbe portato alla morte il 31 agosto 2012, non giunse mai a privarlo della sua originaria e nobile bellezza. Cosa siano gli esercizi spirituali lo spiega lo stesso Martini dicendo che non sono un corso di aggiornamento, né una lettura spirituale della Bibbia, né un' occasione di preghiera; sono invece "un ministero dello Spirito Santo", nel senso che "è lo Spirito Santo che parla al mio cuore per dirmi ciò che vuole da me adesso". Gli esercizi spirituali sono quindi un tempo di ascolto e di raccoglimento per capire la propria situazione qui e ora, e come tali prevedono «un silenzio assoluto a tavola e anche negli altri momenti», perché, avverte Martini, «soltanto una parola detta qua e là disturba tutti». Maria Maddalena è «il segno dell' eccesso cristiano, il segno dell' andare al di là del limite, il segno del superamento»: nell' eccedere della sua vita travagliata ma sempre dominata dall' amore, si dà per Martini la chiave privilegiata per «essere introdotti nel cuore di Dio». Il cuore di Dio. Mediante la storia della Maddalena, Martini giunge a parlare di Dio, e parlando di Dio giunge a illuminare la logica e il ritmo dell' essere, cogliendo nell' amore il suo segreto più profondo: «Dio è tutto dono, è tutto al di là del dovuto e questo è il segreto della vita». Individuare "il cuore di Dio" significa quindi per Martini individuare "il segreto della vita". In questa prospettiva egli illumina magistralmente il paradosso dell' esistenza segnalando la dinamica profonda secondo cui ci si compie superandosi, ci si arricchisce svuotandosi, si raggiunge l' equilibrio perdendolo. È la pazzia evangelica. La quale però, in quanto verità dell' essere, è universale, e quindi è avvertita anche al di là del cristianesimo, per esempio già da Platone che coglieva la medesima logica di eccedenza scrivendo che «la mania che proviene da un dio è migliore dell' assennatezza che proviene dagli uomini» ( Fedro 244 d). Maniaca in senso platonico, la Maddalena è definita da Martini "amante estatica", cioè letteralmente "fuori di sé" e in questo modo è indicata quale via privilegiata per accedere al cuore di Dio. Per lui è infatti evidente che «non può comprendere Dio chi cerca solo ragioni logiche», mentre lo può comprendere «chi vive qualche gesto di uscita da sé, di dedizione al di fuori di sé, al di fuori del dovuto», perché Dio, simbolo concreto del mistero dell' essere, "è uscita da sé", "dono di sé". In questa prospettiva la Maddalena, perfetta esemplificazione della logica evangelica, fa capire che "solo l' eccesso salva". Per "eccesso" Martini intende "uno squilibrio dell' esistenza". E proprio questo è il punto: che la vita si alimenta di tale squilibrio. Il nostro universo non viene forse da un eccesso, cioè dalla rottura di simmetria all' origine del Big Bang? E la vita non è a sua volta squilibrio, essendo la morte, come disse Erwin Schrödinger nelle lezioni al Trinity College di Dublino, "equilibrio termico"? E cosa sono l' innamoramento e le passioni di cui si nutre la nostra psiche, se non, a loro volta, squilibrio? Afferma Martini: «Quando definisco me stesso, mi definisco di fronte al mistero di Dio e mi definisco come qualcuno che è destinato a trovarsi nel dono di sé e tutto questo si dà perché Dio è dono di sé». Prosegue dicendo che molti non capiscono Dio perché non lo collegano a questa dinamica di uscita da sé, visto che «soltanto quando accettiamo di entrare in questa dinamica della perdita, del dare in perdita, possiamo metterci in sintonia con il mistero di Dio». In questa prospettiva Martini giunge a parlare di Dio secondo una teologia della natura che avrebbe fatto felice il confratello gesuita Pierre Teilhard de Chardin, riferendosi a «quella forza che potremmo dire trascendente, perché è in tutta la natura fisica, morale, spirituale ed è la forza che tiene insieme il mondo... la forza che si può concepire come una lotta continua contro l' entropia e il raffreddamento». Anche il voto di verginità delle consacrate alle quali rivolgeva i suoi esercizi appare a Martini un segno di quell' eccesso di amore che fa sì che nel mondo non vi sia solo la forza di gravità che tira verso il basso, ma anche «una forza che tira verso l' alto, verso la trasparenza, la complessità e anche verso una comprensione profonda di sé e degli altri fino ad arrivare a quella trasparenza che è la rivelazione di ciò che saremo». Ovvero, conclude Martini, "la vita eterna".
giovedì 19 ottobre 2017
Maria di Magdala secondo Papa Francesco.

Entrare nel mistero
(Antonella Lumini) Dopo altri volumi usciti presso l’editore Castelvecchi, che raccolgono, secondo un criterio tematico, le meditazioni, le omelie, le udienze e altri documenti di Papa Francesco, Apostola degli Apostoli. Maria di Magdala nelle parole del Papa (Roma, Castelvecchi, 2017, pagine 126, euro 14,50), recentemente pubblicato, presenta i testi relativi a Maria Maddalena, la cui memoria, che ricorre il 22 luglio, con decreto del 3 giugno 2016, proprio per desiderio di Papa Francesco, è stata elevata al grado di Festa al pari di quella degli Apostoli.
Il libro assume una particolare forza in quanto, sviluppandosi intorno al tema della risurrezione, e allo sconcerto che l’evento straordinario suscita nei testimoni oculari, va subito a stabilire uno stretto nesso fra possibilità di credere e conoscenza d’amore, mettendo in risalto la componente mistica del cristianesimo. Attraverso le intense parole del Papa si aprono brecce su quello che è il fulcro della fede. Credere all’annuncio non può essere un fatto intellettuale, ideologico, richiede di entrare nel mistero: «Entrare nel mistero significa capacità di stupore, contemplazione; capacità di ascoltare il silenzio e ascoltare il sussurro di un filo di silenzio sonoro in cui Dio ci parla […] Per entrare nel mistero ci vuole umiltà, l’umiltà di abbassarsi, di scendere dal piedistallo del nostro io tanto orgoglioso […] ci vuole abbassamento che è impotenza, svuotamento dalle proprie idolatrie […] Tutto questo ci insegnano le donne discepole di Gesù. Esse vegliarono quella notte […] alle prime luci dell’alba uscirono, portando in mano i loro unguenti e con il cuore unto d’amore. Uscirono e trovarono il sepolcro aperto. Ed entrarono. Vegliarono, uscirono ed entrarono nel mistero». Non ci si può misurare con l’evento della risurrezione razionalmente, esso può essere solo contemplato ed esperito partecipando della sua potenza d’attrazione che tocca l’intimo. Questo insegnano le donne, che non cercano di capire, ma si lasciano prendere, entrano nel mistero.
Da questi pochi spunti esce subito un quadro fortemente significativo. L’importanza delle donne, il loro ruolo all’interno della Chiesa riguarda il senso profondo della fede, della testimonianza, quindi della missione salvifica stessa. I curatori del libro, Giuseppe dell’Orto e Alessandra Peri, in apertura della loro prefazione, citano a tale proposito una eloquente affermazione del cardinale Kasper: «La risposta ai segni dei tempi in definitiva non arriverà da Roma, né dalla conferenza episcopale, la risposta saranno donne profetiche, carismatiche, sante, che speriamo che Dio ci donerà». Donne di questo tipo ce ne sono sempre state ed è auspicabile che ne sorgano anche oggi, il punto è però che i loro carismi siano valorizzati per l’elevazione comune, che la loro modalità di approccio al vangelo entri a pieno titolo nel patrimonio teologico e spirituale della Chiesa. La prospettiva femminile costituisce uno sguardo diverso con cui porsi davanti alle verità di fede. Come afferma il Papa: «lo sguardo di fede ha sempre bisogno dello sguardo semplice e profondo dell’amore». L’attenzione verso la misericordia messa al centro del pontificato di Francesco, va senza dubbio in questa direzione. La carità s’impone sul rigore e sul giudizio quando fiorisce quella docilità del cuore aperto al mistero, quella tenerezza umile che matura attraverso la vita contemplativa in cui opera lo Spirito Santo che è amore. Lasciandoci amare dall’amore impariamo a conoscere la misericordia e solo allora possiamo divenire misericordiosi. Proprio questa trasformazione interiore è segno di risurrezione: «Dio ancora ci viene incontro per stabilire e consolidare un tempo nuovo, il tempo della misericordia […] rallègrati perché la tua vita nasconde un germe di resurrezione, un’offerta di vita che attende il risveglio». Da queste parole si comprende bene come la risurrezione sia una realtà dinamica in atto che agisce nel qui ed ora, nella vita di tutti i giorni più ci lasciamo «condurre dallo Spirito» perché il «Signore è Vivo. E vuole risorgere in tanti volti che hanno seppellito la speranza».
Emerge con particolare evidenza che, per Francesco, ogni reale possibilità di credere all’annuncio è mossa dal cuore, quindi dall’amore. «Le prime testimoni della Risurrezione furono le donne […] Le donne sono spinte dall’amore e sanno accogliere questo annuncio con fede: credono e subito lo trasmettono, non lo tengono per sé». La conoscenza che scaturisce dall’amore provoca una gioia traboccante, si riversa all’esterno. Non potendo essere contenuta spinge fuori, dà il coraggio di “uscire” a portare l’annuncio. «Gli Apostoli e i discepoli fanno più fatica a credere. Le donne no». Seppure secondo la legge giudaica non potessero rendere testimonianza, «nei Vangeli, invece le donne hanno un ruolo primario, fondamentale». Dio non sceglie secondo i criteri umani, «per Dio conta il cuore, quanto siamo aperti a Lui».
Venendo a Maria di Magdala, possiamo ancora meglio mettere a fuoco gli elementi mistico/contemplativi che caratterizzano l’anima femminile. Il fondersi in lei, come in unica persona, di diverse figure evangeliche, tradizione che lo stesso Francesco sembra accogliere, non dipende forse solo da errate sovrapposizioni, bensì risponde alla necessità di evidenziare un percorso spirituale. La peccatrice che cosparge di olio profumato i piedi di Gesù (Luca 7, 36-50), Maria di Betania che ripete lo stesso gesto (Giovanni 12, 1-8) e Maria di Magdala dalla quale erano usciti sette demoni (Luca 8, 1-3), presente sotto la croce e al sepolcro (Giovanni 19, 25; Matteo 27, 57-61; 28, 1-10; Marco15, 42-47; 16, 1-8) e prima testimone della Risurrezione (Marco 16, 9-11; Giovanni 20, 1-18), rappresentano i tasselli di un unico itinerario il cui filo aureo è l’amore. Dalle parole di Francesco, sembra emergere proprio questo.
L’ombra della peccatrice non offusca la tersità dell’apostola degli apostoli, perché proprio di lei Gesù ha detto «che ha amato molto e per questo i suoi tanti peccati le sono stati perdonati». Quello che diviene centrale è il cambiamento che opera l’incontro: «Gesù ha fatto una trasformazione […] ha cambiato tutto da dentro. Ha cambiato con una ri-creazione […] È qualcosa che intuì la Maddalena quando andò da lui, pianse e lavò i piedi con le sue lacrime. Intuì che quell’uomo poteva guarire non il corpo ma la piaga dell’anima: poteva ri-crearla». Il suo essere ri-creata la rende affine all’amore dell’amato, al suo stesso Spirito. Di nuovo piange di fronte al sepolcro vuoto, le lacrime sciolgono il dolore del cuore predisponendolo alla visione: «a volte nella nostra vita gli occhiali per vedere Gesù sono le lacrime». La comunione d’amore vince ogni barriera di separazione, si spinge oltre il solco della morte. La sconcertante apparizione, con i suoi smarrimenti, avviene all’interno di questa comunione d’amore. Come osservano i curatori, il testo giovanneo mette in evidenza una sequenza nel vedere, dovuta anche all’uso di verbi diversi. Con gli occhi naturali Maria Maddalena vede (blépei) la tomba vuota. Dopo, voltandosi indietro, attraverso la conversione dello sguardo che si apre ai segni e al mistero, vede (theoréi) Gesù, ma non lo riconosce, rimane confusa. È solo quando si sente chiamare per nome, che lo riconosce. Sono gli occhi del cuore pieno di amore che vedono. Ad un certo punto il disorientamento diviene certezza: «Ho visto (eóraka) il Signore». Qui l’itinerario mistico della fede si conclude aprendo alla testimonianza.
Osserva Francesco che «per il Quarto vangelo, credere è ascoltare e allo stesso tempo vedere. L’ascolto della fede avviene secondo la forma di conoscenza propria dell’amore». Credere richiede un’esperienza sensibile che scava e purifica perché la fede è «un cammino dello sguardo in cui gli occhi si abituano a vedere in profondità». Maria Maddalena crede perché invasa da uno stupore gioioso che viene da dentro, «da un cuore immerso nella fonte di questa gioia», aperto all’amore che emana dal Risorto. «Chi fa questa esperienza diventa testimone della Risurrezione perché in un certo senso è risorto lui stesso». Parole potenti. Credere implica una fede incarnata che si dischiude attraverso l’esperienza dell’amore. Un’ottica distante anni luce da un credere ideologico che rischia di trasformare il cristianesimo in credenza. Quello che fa di Maria Magdala la prima testimone, è dunque la forza dell’amore perché l’amore che la unisce all’amato è indissolubile. «Come può essere che l’amore sia morto?». Questa la grande domanda che Francesco immagina premere nel cuore di Maria Maddalena e delle donne, risvegliandole al «palpitare del Risorto», perché la via dell’amore è come un canale aperto in cui la vita fluisce al di là di ogni barriera.
L'Osservatore Romano
lunedì 2 ottobre 2017
Maria di Magdala

Maria di Magdala
L'Osservatore Romano, donne chiesa mondo
(Marinella Perroni*) In punta di piedi e a piccoli passi: in questi anni Maria di Magdala ha recuperato un po’ di terreno anche nella Chiesa d’occidente. È stato Giovanni Paolo II che, nell’omelia di una domenica di Pasqua, ha gridato al mondo che è stata lei la prima testimone del risorto. E, finalmente, se ne è fatta eco la stampa, è diventata notizia, sembrava la scoperta del secolo. In pochi si sono posti la domanda del perché ci sono voluti secoli e secoli perché quanto narrato nel vangelo di Giovanni da quasi duemila anni venisse recepito per come era stato scritto. Ma non importa, la breccia ormai era stata aperta. Papa Francesco ha poi decretato che la celebrazione di Maria di Magdala fosse elevata da memoria obbligatoria a festa liturgica e, da due anni, nella messa del 22 luglio viene utilizzato il proprio degli apostoli.
Testimone, apostola. Sembrano finalmente archiviate tutte quelle istantanee che l’imponente produzione iconografica occidentale, oltre a tanta letteratura e recentemente anche tanta cinematografia, ha contribuito a fissare nell’immaginario di generazioni di cristiani facendoli fantasticare sulla sua sensualità di prostituta, di amante, di moglie.
Dopo tante leggende, Maria è stata finalmente restituita alla sobrietà delle narrazioni evangeliche. Da tempo, in realtà, studiose e studiosi avevano provato a farlo, ma ci voleva l’autorevolezza di due Pontefici per cominciare a purificare la memoria della Chiesa latina. Non così per le Chiese d’oriente che, da sempre, nella terza domenica dopo Pasqua, celebrano la festa delle mirofore, cioè di quel piccolo gruppo di donne con a capo Maria di Magdala che, portando la mirra per ungere il corpo del maestro morto, vanno al sepolcro e, per prime, ricevono l’annuncio della risurrezione. Per la Chiesa d’occidente era invece necessario superare un equivoco che per millecinquecento anni ha segnato profondamente la storia della spiritualità, soprattutto delle donne. Un equivoco che viene da molto lontano, dal successo di un’omelia di san Gregorio Magno nella quale, di tre donne evangeliche, si fa un’unica “Maria”. Per il grande Papa, la peccatrice anonima del vangelo di Luca che lava i piedi a Gesù con le sue lacrime (7, 36-50), Maria di Betania che, secondo Giovanni, unge profeticamente il capo del maestro nella notte del tradimento (Giovanni 12, 1-8) e quella Maria di cui il maestro rifiuta l’abbraccio la mattina di Pasqua (Giovanni 20, 11-18) coincidono e creano così il prototipo della donna alla sequela di Cristo, la prostituta penitente, la figlia di Eva finalmente riscattata dal peccato che ogni donna, per il fatto solo di essere tale, immette nel mondo e nella storia. Il binomio Eva-Maddalena ha, d’altro canto, radici antichissime perché è presente già in antichi scrittori cristiani come Ippolito, in Padri di tradizione greca come Gregorio di Nissa o, più tardi, di tradizione latina come Ilario di Poitiers o Ambrogio.
Fin dai primi secoli i grandi Padri si sono tutti interrogati su questa figura, soprattutto perché era molto difficile per loro accettare che il risorto avesse voluto riservare un’apparizione individuale proprio a lei: nessun evangelista riferisce infatti di un’apparizione a Pietro, anche se un’eco di essa c’è alla fine del racconto sui due discepoli di Emmaus (Luca 24, 34). Della sua esperienza della risurrezione si parla invece diffusamente in tutti e quattro i vangeli. In quello di Marco, che contiene il più antico racconto della passione, e negli altri due sinottici, Maria è sotto la croce (Marco 15, 40-41; Matteo 27, 55-56; Luca 23, 49), alla sepoltura (Marco 15, 47; Matteo 27, 61; Luca 23, 55-56) e, la mattina di Pasqua, al sepolcro vuoto dove le discepole galilee ricevono il primo annuncio della risurrezione (Marco 16, 1-8; Matteo 28, 1-10; Luca 24, 1-11). Nel più recente dei vangeli, quello di Giovanni, Maria è sotto la croce (19, 25) e, soprattutto, è la destinataria dell’unica apparizione individuale del risorto (20, 1-2.11-18). Né si può dimenticare che Luca la menziona accanto ai Dodici e come leader del piccolo gruppo di discepole al seguito di Gesù durante il suo ministero in Galilea (8, 1-3).
Paolo Invece, benché per lui la vicenda del galileo si concentri tutta nei fatti di Pasqua, sembra non sappia nulla di questa testimone della risurrezione. Anzi, proprio Paolo fa da cassa di risonanza a un’antica formula di fede in cui Maria e le altre discepole galilee sono espunte dalla lista dei testimoni della risurrezione: all’origine del kèrygma pasquale ci sarebbero stati solo un numero crescente di discepoli a cui è apparso il risorto, tutti rigorosamente maschi (1 Corinzi 15, 3-7). La deformazione della memoria comincia, insomma, molto presto e, purtroppo, a ben poco servirà il recupero delle antiche tradizioni narrative sui fatti di Pasqua che insistono sul protagonismo delle discepole da parte di tutti e quattro gli evangelisti.
Invece, è proprio dai racconti evangelici che deve prendere le mosse il riscatto della memoria. Perché Gesù di Nazaret non è riducibile a uno dei tanti miti soteriologici che hanno accompagnato gli ultimi tempi di un impero che andava sgretolandosi, né a un’ideologia potente che consente a quell’impero di ricomporsi in una nuova unità. Gesù è «nato da donna», e a fondamento di ogni riflessione cristologica deve essere posto l’interrogativo dei suoi compaesani: «Costui non è forse Gesù, il figlio di Giuseppe? Di lui non conosciamo il padre e la madre?» (Giovanni 6, 42). Lo stesso vale per i suoi discepoli e per le sue discepole che non sono tutte figure letterarie, personaggi fittizi che abitano piccoli racconti mitici su un profeta carismatico, ma sono uomini e donne che hanno creduto in lui mentre chiamava a raccolta l’intero Israele perché il Regno era ormai tanto vicino da essere già presente, si sono messi alla sua sequela e, dopo la sua morte hanno creduto che il Padre lo ha risuscitato dai morti.
I discepoli e le discepole, insomma, hanno vissuto concretamente il difficile passaggio che va dal discepolato del nazareno alla sequela del risorto, ed è proprio qui, in questo passaggio, che Maria di Magdala gioca un ruolo decisivo. La testimonianza degli evangelisti è, al riguardo, inequivocabile. Solo a partire dai testi, allora, è possibile ricostruire l’immagine autentica, libera cioè da secoli di fraintendimenti e di manipolazioni, della Maria discepola, testimone e apostola.
Se tutti e quattro gli evangelisti canonici concordano nel riconoscere a Maria un ruolo di spicco per la genesi della fede pasquale, è anche vero però che i sinottici e Giovanni modulano questo dato storico servendosi di registri teologici diversi. A dimostrazione della creatività con cui è stata conservata e tramandata la memoria di questa discepola e, quindi, del valore fondativo che essa ha avuto per la costituzione delle diverse Chiese protocristiane.
La tradizione sinottica, sia pure con sfumature diverse, attribuisce alla figura di Maria e delle altre discepole galilee un chiaro carattere kerigmatico: queste donne sono strettamente collegate all’annuncio cristiano e alla sua diffusione, prima come testimoni della morte, della sepoltura e dell’avvenuta risurrezione, poi come prime destinatarie dell’annuncio pasquale e poi, a loro volta, come messaggere della buona notizia. Non può stupire se, all’interno di due culture patriarcali come quella giudaica e quella greco-romana, il loro protagonismo viene cautamente stemperato con il motivo dell’incredulità da parte dei discepoli (Marco 16, 11; Luca 24, 11). In realtà, esso viene invece rafforzato. Infatti, che nessuna preoccupazione apologetica abbia potuto espungerlo dai racconti pasquali è riprova del suo radicamento nelle più antiche tradizioni storiche: a poco tempo di distanza dagli avvenimenti, chi avrebbe potuto tacere su particolari che dovevano essere, evidentemente, di dominio pubblico? Anzi, se nella seconda conclusione del vangelo di Marco, aggiunta in seguito, viene ripreso il motivo dell’apparizione del risorto a Maria di Magdala, ciò non fa che confermare quanto fosse importante per le chiese nascenti conservare la memoria di questa discepola come leader del gruppo delle donne che seguivano e servivano Gesù.
È però soprattutto il vangelo di Giovanni a profilare con grande forza il ruolo apostolico di Maria di Magdala. In realtà, all’interno della narrazione giovannea sono proprio le figure femminili — la donna di Samaria, Marta, Maria di Betania e Maria di Magdala e, per ben due volte, la madre di Gesù — a giocare un ruolo decisivo. Una tale strategia narrativa, che fa intervenire i personaggi femminili nei momenti cruciali per la rivelazione di Dio da parte di Gesù, non può essere casuale ed è quindi lecito pensare che, all’interno delle comunità giovannee, le donne credenti fossero particolarmente importanti anche per quanto riguarda l’elaborazione della fede cristologica. Assolutamente in linea con il resto del vangelo, il protagonismo pasquale di Maria di Magdala non può allora sorprendere.
Si dovrebbe dare maggiore risalto alla presenza sotto la croce, accanto a Maria di Nazareth e al discepolo amato, di Maria di Magdala testimone della scena della “consegna” da cui ha inizio la vita della comunità di coloro che credono nel risorto. Sotto la croce la discepola galilea, in silenzio, è testimone dell’ultima volontà di Gesù nei confronti della nuova comunità discepolare: la comunità del discepolo amato deve accogliere con sé Maria, deve cioè restare fedele all’incarnazione, accettando che colui che è stato esaltato è colui che è nato da donna (19, 25-27). Per Giovanni, la sua partecipazione alla morte di Gesù non ha quindi il valore di testimonianza oculare, come per i sinottici, ma è piuttosto propedeutica all’investitura apostolica che riceverà «il primo giorno della settimana» nel giardino dove Giuseppe di Arimatea e Nicodemo avevano sepolto il corpo di Gesù (19, 38-42).
Infatti, poco dopo, in quel giardino della sepoltura, sarà lei a dover accettare, per prima, di non restare ancorata al ricordo del maestro morto, e a farsi discepola di colui che, ormai, è asceso al Padre. Per Maria l’esperienza del risorto comporterà il passaggio dall’una all’altra conoscenza, dalla conoscenza del maestro alla conoscenza del risorto, e sarà investita dal risorto stesso del ruolo di annunciare ai discepoli la qualità del tutto nuova del rapporto che l’esaltazione di Gesù ha stabilito sia tra il risorto e i suoi, sia dei discepoli tra loro (20, 17-18). Maria di Magdala, insomma, racchiude in sé la sintesi della cristologia giovannea, così fortemente caratterizzata dalla polarità incarnazione-esaltazione.
L’interrogativo allora si impone: a cosa si deve l’amnesia che ha portato la tradizione successiva a far scivolare Maria di Magdala dalla storia di Gesù e della sua comunità discepolare prima e dopo Pasqua al susseguirsi di infinite leggende che, pur conservandone il ricordo, lo hanno alterato e lo hanno reso comunque insignificante per la storia della grande Chiesa? Anche solo uno sguardo alle tradizioni cosiddette apocrife lascia capire che all’interno di alcune comunità marginali, invece, il ruolo di questa donna viene riconosciuto e rispettato. In realtà, anche nella tradizione della grande Chiesa si è levata ogni tanto qualche voce che metteva in luce l’importanza di Maria di Magdala. Basta ricordare le parole di Rabano Mauro quando afferma che Cristo elesse Maria di Magdala «apostola della sua ascensione, premiando con una degna ricompensa di grazia e di gloria, e con privilegio di onore colei che per i suoi meriti degnamente era la guida di tutte le sue cooperatrici, la quale poco prima aveva istituito evangelista della resurrezione».
La voce di questo abate di Fulda e arcivescovo di Magonza degli inizi del ix secolo è rimasta, però, come quella di molti altri, solo una voce marginale. Possiamo solo sperare che non accada altrettanto a due Papi come Giovanni Paolo II e Francesco che hanno restituito alla Chiesa latina la Maria di Magdala evangelica, discepola di Gesù, testimone della risurrezione e, per questo, come l’ha definita Papa Francesco nella catechesi del 17 maggio 2017, «apostola della nuova e più grande speranza».
* Insegna Nuovo Testamento al Pontificio ateneo Sant’Anselmo di Roma, ed è anche professore invitato presso la Facoltà teologica Marianum. Dopo aver fondato il Coordinamento teologhe italiane (2003), ne è stata presidente dal 2004 al 2013. Dal 2013 è vicepresidente e membro del comitato scientifico di Biblia. Pubblicazioni recenti: Le donne di Galilea. Presenze femminili nella prima comunità cristiana (Edb, 2015), Maria di Magdala. Una genealogia apostolica (con Cristina Simonelli, Aracne, 2016) e Dio nessuno l’ha mai visto. Una guida al vangelo di Giovanni, (con Pius-Ramon Tragan, San Paolo, 2017).
L'Osservatore Romano
venerdì 22 luglio 2016
Maria di Magdala, apostola apostolorum
Osservatore Romano
21 luglio 2016
di ENZO BIANCHI
21 luglio 2016
di ENZO BIANCHI
Maria di Magdala è una delle figure femminili più intriganti per il lettore. Presente in tutti i vangeli insieme alle altre discepole di Gesù, donne di Galilea, è da Giovanni particolarmente evidenziata come donna vicina a Gesù e come prima testimone della sua resurrezione. Significativamente, nel quarto vangelo appare presso la croce insieme alla madre di Gesù, alla sorella della madre, a Maria di Cleopa e al discepolo amato da Gesù. Nell’ora di Gesù, nell’ora dell’innalzamento del Figlio dell’uomo (cf. Gv 3,14; 8,28) e della sua glorificazione (cf. Gv 12,23), sotto la croce sono presenti gli amici del Signore, quelli legati a lui da amore e ora chiamati a diventare la comunità di Gesù, nella scandalosa assenza dei discepoli, meno uno.
Ora Maria di Magdala è là sotto la croce, nell’ora estrema della vita di Gesù (cf. Gv 19,25), mentre tutti gli altri discepoli sono fuggiti abbandonandolo. Proprio lei e il discepolo amato sono gli unici testimoni della morte di Gesù e della sua resurrezione. Alla croce non dice e non fa nulla, ma il terzo giorno dopo la morte, cioè nel primo giorno della settimana ebraica, di buon mattino, mentre è ancora buio, Maria viene al sepolcro (cf. Gv 20,1-2.11-18). Secondo Giovanni la sua è un’iniziativa personale, ma di fatto in quel suo andare alla tomba, quale figura tipica ed esemplare rappresenta anche le altre donne che, secondo i sinottici, vi erano andate con lei; ecco perché parla al plurale, anche a nome loro: “Non sappiamo dove l’abbiano posto”.
Perché Maria, passato il sabato, appena possibile, va alla tomba? Il quarto vangelo non ci fornisce il motivo: non va per ungere il cadavere di Gesù (cf. Mc 16,1; Lc 24,1), né per osservare la tomba (cf. Mt 28,1), ma in modo totalmente gratuito. Possiamo solo dire che in lei c’è un desiderio di stare vicino al corpo morto di Gesù: colui che Maria ha amato è morto, ora il suo corpo è là nella tomba e Maria vuole stargli semplicemente vicino. È come torturata dall’“ardente intimità dell’assenza” cantata da Rainer Maria Rilke. Giunta alla tomba, vede la pietra rimossa e allora fa una corsa, va da Pietro e dal discepolo amato e dice loro: “Hanno portato via il Signore dal sepolcro, e non sappiano dove l’abbiano posto”. All’udire ciò, i due discepoli corrono subito al sepolcro, e in quella corsa c’è una vera e propria con-correnza: il discepolo amato è più veloce e giunge per primo, poi arriva anche Pietro, che entra, vede le bende che giacciono a terra e il sudario avvolto in modo ordinato. Pietro è nell’aporia (cf. Gv 20,3-7), mentre il discepolo amato, entrato pure lui nel sepolcro, “vide e credette” (Gv 20,8).
Mentre attorno a Maria avviene tutto questo, ella, come se non se ne accorgesse, continua a piangere e, chinatasi verso il sepolcro, “scorge due angeli in bianche vesti, seduti l’uno dalla parte del capo e l’altro presso i piedi, dove giaceva il corpo di Gesù”. Maria non fa molto caso neppure ai due angeli, che pure erano una manifestazione divina e avrebbero dovuto destare in lei timore (cf. Mt 16,5 e par.). No, Maria cerca Gesù, il suo Signore e – si potrebbe dire – degli angeli non sa che farsene. Proprio come Bernardo di Clairvaux che, commentando il Cantico dei cantici, esprime così la sua ricerca di Gesù: “Rifiuto le visioni e i sogni, … mi infastidiscono anche gli angeli. Perché il mio Gesù li supera di molto con la sua bellezza e il suo splendore. Non altri, dunque, sia angelo, sia uomo, ma lui prego di baciarmi con i baci della sua bocca (cf. Ct 1,2)!” (Sermoni sul Cantico dei cantici II,1). Gli angeli luminosi le chiedono: “Donna, perché piangi?”, ma Maria continua ad affermare in modo ossessivo la sua ricerca di Gesù, che definisce “il mio Signore”. Gesù è il Signore, il Kýrios della chiesa, ma è da lei chiamato “il mio Signore”. C’è qualcosa di straordinario in questo amore persistente al di là della morte, che induce Maria a cercarlo, a soffrire per il suo non sapere dove sia il suo corpo morto… Il pianto testimonia il suo dolore reso eloquente da tutto il corpo: è la Maddalena, con tutto il suo essere, corpo, mente e cuore, che cerca il corpo di Gesù, il corpo dell’amato. A Maria non bastano né il ricordo, né le sue parole, né il sepolcro che è un memoriale (mnemeîon, così il sepolcro è definito in tutti i vangeli): vuole stare accanto al corpo di Gesù. Ricerca amorosa, fedele, perseverante, che fatica ad accettare la realtà della fine di un rapporto, perché per lei Gesù significava tutto.
Maria la madre di Gesù certamente viveva per Gesù, Maria di Magdala invece viveva grazie a Gesù. A lei è stato dato di fare quell’esperienza che alcuni nella propria vita fanno per straordinaria grazia: risalire, grazie a qualcuno, dall’ombra di morte, dal non senso, dall’essere preda del nulla, a una vita che conosce l’essere amati e l’amare. La Maddalena, infatti, è amata da Gesù e ama a sua volta Gesù, verso il quale si sente debitrice. Ecco perché il suo pianto è quello dell’amata-amante che ha perduto il suo amato-amante, come avviene nel Cantico dei cantici, dove la ragazza di notte cerca il suo amato, si alza, con audacia vaga nel buio per cercarlo, interroga le guardie notturne, e poi finalmente lo trova nel suo giardino (cf. Ct 3,1-4). E così avviene in quell’aurora primaverile, sul monte degli aromi (cf. Ct 2,17; 8,14), là dove c’era un giardino, luogo della sepoltura di Gesù.
Tra le lacrime, Maria risponde ai due angeli che l’hanno interrogata sul suo pianto: “‘Hanno portato via il mio Signore, e non so dove l’abbiano posto’. Detto questo, si voltò indietro (estráphe eis tà opíso)”, dando inizio al dialogo con un altro personaggio, questa volta umano. Il suo voltarsi indietro ha un valore simbolico: Maria rilegge tutta la sua vita con Gesù, fa anamnesi del suo rapporto carico di amore con lui e quindi continua a piangere anche per la nostalgia per ciò che è stato e non potrà più ritornare. Nel suo dolore, si volta indietro, non guarda più la tomba né gli angeli, ma scorge un uomo, il quale le pone la medesima domanda: “Donna, perché piangi?”. Come Gesù pianse per Lazzaro morto (cf. Gv 11,35), così Maria piange per Gesù morto. Piange per amore e per dolore dell’amore, e non affatto i suoi peccati: Maria è la sola che piange per Gesù! È solo Pietro l’icona evangelica che piange i suoi peccati, la sua orrenda viltà, il suo amore breve come la rugiada del mattino (cf. Os 6,4). Pietro non piange su Gesù ma su di sé, per aver tradito l’amico (cf. Mc 14,72 e par.). Sì, Pietro dovrebbe essere icona del pentimento cristiano e Maria Maddalena icona dell’amore per Gesù!
Maria, pensando che colui che ora ha di fronte sia il giardiniere, il custode di quel giardino in cui Gesù era stato seppellito da Giuseppe di Arimatea e da Nicodemo, gli risponde: “Signore, se lo hai portato via tu, dimmi dove l’hai posto, e io andrò a prenderlo”. Ma quell’uomo, che è Gesù, le chiede anche: “Chi cerchi?”, domanda analoga a quella da lui posta ai due discepoli del Battista: “Che cosa cercate?” (Gv 1,38: le sue prime parole nel quarto vangelo!). In questo interrogativo c’è qualcosa che per Maria non è nuovo, perché è la domanda essenziale che Gesù poneva a chiunque volesse diventare suo discepolo: cercare è la condizione specifica del discepolo. A quel punto Gesù, con il suo volto contro il volto di Maria, le dice: “Mariám!”, la chiama per nome, e subito lei, “voltandosi” (strapheîsa) nuovamente verso di lui, il Gesù glorificato, è pronta a riconoscerlo e a dirgli: “Rabbunì, mio maestro!”. Quante volte era avvenuto quel dialogo tra lei e Gesù: lei, la pecora perduta ma ritrovata da Gesù (cf. Mt 18,12-14; Lc 15,4-7), chiamata per nome, riconosce la voce del pastore (cf.Gv 10,3-4). “Maria!”, una nuova chiamata, e, subito dopo, un invito: “Cessa di toccarmi”, cioè stacca le tue mani da me, perché non c’è più possibilità di incontro tra corpi come prima, essendo ormai il corpo di Gesù risorto nel seno del Padre. Maria, che poteva dire di essere tra quelli che “avevano udito, visto con i loro occhi, contemplato e toccato con le loro mani la Parola della vita” (cf. 1Gv 1,1), ora deve credere e amare Gesù in modo altro: il suo amore non muore, non verrà meno, ma altro è il modo in cui ora Maria deve amare Gesù! Si era voltata indietro verso il suo passato, ma ora, chiamata da Gesù, si volta verso di lui, il Risorto, senza più nostalgia del tempo precedente il suo esodo da questo mondo al Padre (cf. Gv 13,1).
Questa pagina giovannea risulta molto “affettiva”, nel senso che è piena di sentimenti e, come tale, ispira anche la nostra immaginazione nel pensare il rapporto d’amore con il Signore Gesù. È una pagina che ha chiaramente in sottofondo il già ricordato Cantico dei cantici, nel quale in un giardino avviene un dialogo d’amore tra i due partner (cf. Ct 4,16; 5,1; 6,2), che si perdono, si cercano e si ritrovano (cf. Ct 3,1-4; 5,1-8). Come la donna del Cantico, Maria di Magdala è donna del desiderio, un desiderio talmente forte e tenace che consente solo a lei, rimasta al sepolcro per cercare Gesù, di poterlo vedere. Ma ciò che in particolare mi preme mettere in evidenza è il fatto che questa ricerca, questa perseveranza, questa individuazione della presenza del corpo sono tratti tipicamente femminili, essenziali nell’amicizia tra uomini e donne. Nello stesso tempo, questa pagina giovannea è dangereuse, pericolosa, per chi non sa capire l’amore con occhi puri, fino a essere indotto a molte fantasie sul rapporto tra Gesù e la Maddalena. Si tratta di una reazione non nuova, già avvenuta nella storia e testimoniata in testi apocrifi, soprattutto nel vangelo di Filippo: deriva dovuta al prurito di chi non sa se non attribuire a Gesù i propri modesti desideri!
In quell’incontro con il Risorto, Maria di Magdala è subito resa apostola, inviata ai discepoli, ai fratelli di Gesù, per portare loro l’annuncio pasquale. Ed essa, in piena obbedienza, dichiara: “Ho visto il Signore” e riferisce ciò che egli le ha detto. Sì, all’origine della fede pasquale vi è innanzitutto Maria di Magdala (e le donne discepole da lei rappresentate), una donna che ha creduto nel Signore Gesù e lo ha amato. Purtroppo però in occidente Maria ha conosciuto una triste ma non strana vicenda ed è stata sottoposta a una serie di equivoci: è diventata anche la peccatrice, la prostituta di Luca, anche Maria di Betania, e la si è dipinta nell’atto di piangere i suoi peccati, dei quali nessun vangelo ha mai parlato. Infatti, che Gesù “avesse scacciato da lei sette demoni” (cf. Mc 16,9; Lc 8,2) indica solo il suo essere liberata da una grave situazione di malattia (sette è un numero che indica pienezza, dunque malattia grave), non i suoi peccati! L’incontro con Gesù aveva significato per lei guarigione, liberazione da queste forze oppressive, rinascita e possibilità di una vita nuova, sensata: da donna “morta” quale era, era stata rialzata e riportata da Gesù alla vita piena, quella in cui si vivono affetti, relazioni, amore, comunione, gioia, insieme alla fatica del duro mestiere di vivere.
Va però riconosciuto che, se è vero che Maria di Magdala ha beneficiato in oriente del titolo di “iso-apostola”, uguale agli apostoli, e in occidente di quello di “apostola degli apostoli”, in realtà non le sono mai stati riconosciuti nessun valore ecclesiale e nessuna qualità ministeriale. Siamo ben lontani dall’aver preso sul serio le parole di Rabano Mauro, un monaco e vescovo vissuto tra l’VIII e il IX secolo, il quale nella sua biografia di Maria di Magdala commenta l’apparizione a lei di Gesù risorto, mettendo in risalto come tale evento conferisca una decisiva funzione ecclesiale a questa donna discepola:
Maria crede al Cristo, attingendo la fede in lui dall’ascolto della desiderata voce del Signore, e dalla sua stessa presenza così desiderabile … Credette fermamente che il Cristo Figlio di Dio, che lei vedeva risorto, era vero Dio, colui che ella aveva amato da vivo; che veramente era risuscitato dai morti colui che aveva visto morire … Il Salvatore, persuaso che quello di Maria era purissimo amore, … la elesse apostola della sua ascensione … come poco prima l’aveva istituito evangelista della resurrezione … Ella, innalzata a tanta e così alta dignità d’onore e di grazia, dallo stesso Figlio di Dio e Salvatore nostro, … non indugiò a esercitare il ministero di apostola del quale era stata onorata … Maria, con i suoi co-apostoli, annunciò il Vangelo della resurrezione di Cristo con le parole: “Ho visto il Signore” (Gv 20,18), e profetizzò la sua ascensione con le parole: “Ascendo al Padre mio e Padre vostro” (Gv 20,17).
Pubblicato su: Osservatore Romano
giovedì 21 luglio 2016
Testimone della divina misericordia

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catholicactionforum.org
Leggendo il Decreto della Congregazione per il Culto divino e la disciplina dei Sacramenti del 3 giugno scorso col quale la memoria liturgica di Santa Maria Maddalena è stata elevata a “festa” e le motivazioni che sono anzitutto da ricercare nel desiderio di Papa Francesco (cf.), il nostro pensiero non può che correre alla Maddalena del Giardino dove avevano sepolto Gesù, a quel suo “ Rabbunì” pieno di fede e gioia al momento del riconoscimento di Colui che lei ancora cercava fra i morti. (...)
[Text: Français, English, Español]*** (Rober Sarah, Cardinale prefetto dellaCongregazione per il culto divino e ladisciplina dei sacramenti) Il 22 luglio, per decisione di Papa Francesco e nell’anno della misericordia, celebriamo santa Maria Maddalena come festa liturgica. Il nuovo prefazio, intitolato De apostolorum apostola (“apostola degli apostoli”), seguendo Rabano Mauro e san Tommaso d’Aquino, presenta la santa amata dal Signore come testis divinae misericordiae (“testimone della divina misericordia”), prima messaggera che annunciò agli apostoli la risurrezione del Signore (cfr. Giovanni Paolo II, Mulieris dignitatem, n. 16).
Voglio soffermarmi su due atteggiamenti della santa che sono il cuore del nuovo prefazio e dei testi della messa e che possono aiutare tutti i cristiani, uomini e donne, ad approfondire il nostro compito come seguaci di Cristo: l’adorazione e la missione. Nel prefazio si presenta la Maddalena che amò appassionatamente Cristo finché era in vita, lo vide morire sulla croce, lo cercò quando giaceva nel sepolcro e fu la prima ad adorarlo risuscitato dai morti.
Il testo mette poi in rilievo che la santa, onorata con la missione di essere apostola degli apostoli, annuncia la buona novella di Cristo vivente agli apostoli, che a loro volta avrebbero diffusa questa notizia fino ai confini della terra. È l’amore ciò che caratterizza la vita di Maria Maddalena. Amore appassionato, come ricordano le due possibili letture della messa: «Ho cercato l’amore dell’anima mia; l’ho cercato, ma non l’ho trovato. Mi alzerò e farò il giro della città per le strade e per le piazze; voglio cercare l’amore dell’anima mia» (Cantico dei cantici, 3, 1-2), perché «l’amore del Cristo ci possiede» (2 Corinzi, 5, 14). Un amore che porta a cercare il Signore, come cantano il salmo responsoriale e il prefazio della festa: «O Dio, tu sei il mio Dio, all’aurora io ti cerco, ha sete di te l’anima mia, desidera te la mia carne in terra arida, assetata senz’acqua» (Salmi, 63, 2). Per questo, dilexerat viventem e quaesierat in sepulcro iacentem (“lo amò mentre viveva” e “lo cercò quando giaceva nel sepolcro”). Infatti, «si recò al sepolcro di mattino, quando era ancora buio» (Giovanni, 20, 1). È l’amore che deve caratterizzare la nostra vita di cristiani, di veri amici di Gesù. Un amore che ci porta a cercare il Signore.
È questo l’unico programma valido per la Chiesa, come ricordava Giovanni Paolo II: «Non si tratta, allora, di inventare un “nuovo programma”. Il programma c’è già: è quello di sempre, raccolto dal Vangelo e dalla viva Tradizione. Esso si incentra, in ultima analisi, in Cristo stesso, da conoscere, amare, imitare, per vivere in lui la vita trinitaria, e trasformare con lui la storia fino al suo compimento nella Gerusalemme celeste. È un programma che non cambia col variare dei tempi e delle culture, anche se del tempo e della cultura tiene conto per un dialogo vero e una comunicazione efficace. Questo programma di sempre è il nostro per il terzo millennio» (Novo millenio ineunte, n. 29). Cercare Cristo per amarlo, come fece Maria Maddalena. A questo ci aiutano le parole di Papa Francesco quando ci confida: «Che dolce è stare davanti a un crocifisso, o in ginocchio davanti al Santissimo, e semplicemente essere davanti ai suoi occhi! Quanto bene ci fa lasciare che egli torni a toccare la nostra esistenza e ci lanci a comunicare la sua nuova vita! Dunque, ciò che succede è che, in definitiva, “quello che abbiamo veduto e udito, noi lo annunciamo” (1 Giovanni, 1, 3)» (Evangelii gaudium, n. 264). Cercare Cristo per amarlo e darlo agli altri. È il programma per la Chiesa e per ciascuno dei suoi figli. Santa Maria Maddalena cerca il Signore e quando lo trova lo adora. È la prima ad adorare il Signore, come canta il prefazio: quaesierat in sepulcro iacentem, ac prima adoraverat a mortuis resurgentem. Al primo posto, l’adorazione.
La Maddalena ci ricorda la necessità di recuperare il primato di Dio e il primato dell’adorazione nella vita della Chiesa e nella celebrazione liturgica. Era questo un obiettivo fondamentale del concilio Vaticano II e continua a esserlo ora. Dio deve occupare il primo posto, ma ciò non si può dare per scontato. Giovanni Paolo II, nel venticinquesimo anniversario della Sacrosanctum concilium, ricordava: «Niente di tutto ciò che facciamo noi nella liturgia può apparire come più importante di quello che invisibilmente, ma realmente fa il Cristo per l’opera del suo Spirito. La fede viva per la carità, l’adorazione, la lode al Padre e il silenzio di contemplazione, saranno sempre i primi obiettivi da raggiungere per una pastorale liturgica e sacramentale» (Vicesimus quintus annus, n. 10). Adorare Dio, come afferma il vescovo di Roma, in «ogni cerimonia liturgica», ciò che «è più importante è l’adorazione» e non «i canti e i riti», per quanto belli: «Tutta la comunità riunita guarda l’altare dove si celebra il sacrificio e adora. Ma io credo, umilmente lo dico, che noi cristiani forse abbiamo perso un po’ il senso dell’adorazione. E pensiamo: andiamo al tempio, ci raduniamo come fratelli, ed è buono, è bello. Ma il centro è lì dov’è Dio. E noi adoriamo Dio» (22 novembre 2013). Il Papa ci domanda: «Tu, io, adoriamo il Signore? Andiamo da Dio solo per chiedere, per ringraziare, o andiamo da lui anche per adorarlo? Che cosa vuol dire allora adorare Dio? Significa imparare a stare con lui, a fermarci a dialogare con lui, sentendo che la sua presenza è la più vera, la più buona, la più importante di tutte» (14 aprile 2013).
A mezzo secolo dalla Sacrosanctum concilium è ancora il Pontefice a ricordarci la necessità di dare a Dio il primo posto: «Non serve disperdersi in tante cose secondarie o superflue, ma concentrarsi sulla realtà fondamentale, che è l’incontro con Cristo, con la sua misericordia, con il suo amore e l’amare i fratelli come lui ci ha amato. Un incontro con Cristo che è anche adorazione, parola poco usata: adorare Cristo» (14 ottobre 2013). Maria Maddalena è il primo testimone di questo duplice atteggiamento, adorare Cristo e farlo conoscere. Come dice ancora il prefazio, seguendo il vangelo del giorno: prima adoraverat a mortuis resurgentem, et eam apostolatus officio coram apostolis honoravit ut bonum novae vitae nuntium ad mundi fines perveniret. «Va’ dai miei fratelli e di’ loro: “Salgo al Padre mio e Padre vostro, Dio mio e Dio vostro”. Maria di Magdala andò ad annunciare ai discepoli: “Ho visto il Signore!” e ciò che le aveva detto» (Giovanni, 20, 17-18). Si tratta in definitiva di incentrare la nostra vita su Cristo e sul suo Vangelo. Sulla volontà di Dio, spogliandoci dei nostri progetti per poter dire con san Paolo: «Non vivo più io, ma Cristo vive in me» (Galati, 2, 20).
L’apostola degli apostoli, Maria Maddalena esce da se stessa per andare da Cristo con l’adorazione e la missione. In questa stessa linea afferma Papa Francesco: «Questo “esodo” da se stessi è mettersi in un cammino di adorazione e di servizio. Un esodo che ci porta a un cammino di adorazione del Signore e di servizio a lui nei fratelli e nelle sorelle. Adorare e servire: due atteggiamenti che non si possono separare, ma che devono andare sempre insieme. Adorare il Signore e servire gli altri, non tenendo nulla per sé» (8 maggio 2013).
L'Osservatore Romano
Meditazioni su Maria Maddalena apostola

(Enzo Bianchi) Maria di Magdala è una delle figure femminili più intriganti per chi legge la Scrittura. Presente in tutti i vangeli insieme alle altre discepole di Gesù, donne di Galilea, è da Giovanni particolarmente evidenziata come donna vicina al Signore e come prima testimone della sua risurrezione. Significativamente, nel quarto vangelo appare presso la croce insieme alla madre di Gesù, alla sorella della madre, Maria di Cleopa e al discepolo amato dal Signore. Nell’ora di Gesù, nell’ora dell’innalzamento del Figlio dell’uomo (cfr. Giovanni, 3, 14; 8, 28) e della sua glorificazione (cfr. Giovanni, 12, 23), sotto la croce sono presenti gli amici del Signore, quelli legati a lui da amore e ora chiamati a diventare la comunità di Gesù, nella scandalosa assenza di tutti i discepoli, meno uno.
Ora Maria di Magdala è là sotto la croce, nell’ora estrema della vita di Gesù (cfr. Giovanni, 19, 25), mentre tutti gli altri discepoli sono fuggiti abbandonandolo. Proprio lei e il discepolo amato sono gli unici testimoni della morte di Gesù e della sua risurrezione. Alla croce non dice e non fa nulla, ma il terzo giorno dopo la morte, cioè nel primo giorno della settimana ebraica, di buon mattino, mentre è ancora buio, Maria viene al sepolcro (cfr. Giovanni, 20, 1-2.11-18). Secondo il quarto evangelista la sua è un’iniziativa personale, ma di fatto in quel suo andare alla tomba, quale figura tipica ed esemplare rappresenta anche le altre donne che, secondo i vangeli sinottici, vi erano andate con lei; ecco perché parla al plurale, anche a nome loro: «Non sappiamo dove l’abbiano posto».
Perché Maria, passato il sabato, appena possibile, va alla tomba? Il quarto vangelo non ci fornisce il motivo: non va per ungere il cadavere di Gesù (cfr. Marco, 16, 1; Luca, 24, 1), né per osservare la tomba (cfr. Matteo, 28, 1), ma in modo totalmente gratuito. Possiamo solo dire che in lei c’è un desiderio di stare vicino al corpo morto di Gesù: colui che Maria ha amato è morto, ora il suo corpo è là nella tomba e Maria vuole stargli semplicemente vicino. È come torturata da quell’«ardente intimità dell’assenza» che sarà cantata da Rainer Maria Rilke. Giunta alla tomba, vede la pietra rimossa e allora fa una corsa, va da Pietro e dal discepolo amato e dice loro: «Hanno portato via il Signore dal sepolcro, e non sappiano dove l’abbiano posto».
All’udire ciò, i due discepoli corrono subito al sepolcro, e in quella corsa c’è una vera e propria con-correnza: il discepolo amato è più veloce e giunge per primo, poi arriva anche Pietro, che entra, vede le bende che giacciono a terra e il sudario avvolto in modo ordinato. Pietro è nell’aporia (cfr. Giovanni, 20, 3-7), mentre il discepolo amato, entrato pure lui nel sepolcro, «vide e credette» (Giovanni, 20, 8). Mentre attorno a Maria avviene tutto questo, ella, come se non se ne accorgesse, continua a piangere e, chinatasi verso il sepolcro, «scorge due angeli in bianche vesti, seduti l’uno dalla parte del capo e l’altro presso i piedi, dove giaceva il corpo di Gesù». Maria non fa molto caso neppure ai due angeli, che pure erano una manifestazione divina e avrebbero dovuto destare in lei timore (cfr. Matteo, 16, 5 e paralleli). No, Maria cerca Gesù, il suo Signore e — si potrebbe dire — degli angeli non sa che farsene. Proprio come Bernardo di Clairvaux che, commentando il Cantico dei cantici, esprime così la sua ricerca di Gesù: «Rifiuto le visioni e i sogni, (...) mi infastidiscono anche gli angeli. Perché il mio Gesù li supera di molto con la sua bellezza e il suo splendore. Non altri, dunque, sia angelo, sia uomo, ma lui prego di baciarmi con i baci della sua bocca (cfr. Cantico dei cantici, 1, 2)!» (Sermoni sul Cantico dei cantici II, 1). Gli angeli luminosi le chiedono: «Donna, perché piangi?», ma Maria continua ad affermare in modo ossessivo la sua ricerca di Gesù, che definisce “il mio Signore”.
Gesù è il Signore, il kýrios della Chiesa, ma è da lei chiamato “il mio Signore”. C’è qualcosa di straordinario in questo amore persistente al di là della morte, che induce Maria a cercarlo, a soffrire per il suo non sapere dove sia il suo corpo morto. Il pianto testimonia il suo dolore reso eloquente da tutto il corpo: è la Maddalena, con tutto il suo essere, corpo, mente e cuore, che cerca il corpo di Gesù, il corpo dell’amato. A Maria non bastano né il ricordo, né le sue parole, né il sepolcro che è un memoriale (in greco mneméion, come il sepolcro è definito in tutti i vangeli): vuole stare accanto al corpo di Gesù. Ricerca amorosa, fedele, perseverante, che fatica ad accettare la realtà della fine di un rapporto, perché per lei Gesù significava tutto. Maria, la madre di Gesù, certamente viveva per Gesù, Maria di Magdala invece viveva grazie a Gesù. A lei è stato dato di fare quell’esperienza che alcuni nella propria vita fanno per straordinaria grazia: risalire, grazie a qualcuno, dall’ombra di morte, dal non senso, dall’essere preda del nulla, a una vita che conosce l’essere amati e l’amare.
La Maddalena, infatti, è amata da Gesù e ama a sua volta Gesù, verso il quale si sente debitrice. Ecco perché il suo pianto è quello dell’amata-amante che ha perduto il suo amato-amante, come avviene nel Cantico dei cantici, dove la ragazza di notte cerca il suo amato, si alza, con audacia vaga nel buio per cercarlo, interroga le guardie notturne, e poi finalmente lo trova nel suo giardino (cfr. 3, 1-4). E così avviene in quell’aurora primaverile, sul monte degli aromi (cfr. 2, 17; 8, 14), là dove c’era un giardino, luogo della sepoltura di Gesù. Tra le lacrime, Maria risponde ai due angeli che l’hanno interrogata sul suo pianto: «“Hanno portato via il mio Signore, e non so dove l’abbiano posto”. Detto questo, si voltò indietro (estráphe éis tà opíso)», dando inizio al dialogo con un altro personaggio, questa volta umano. Il suo voltarsi indietro ha un valore simbolico: Maria rilegge tutta la sua vita con Gesù, fa anamnesi del suo rapporto carico di amore con lui e quindi continua a piangere anche per la nostalgia per ciò che è stato e non potrà più ritornare. Nel suo dolore, si volta indietro, non guarda più la tomba né gli angeli, ma scorge un uomo, il quale le pone la medesima domanda: «Donna, perché piangi?».
Come Gesù pianse per Lazzaro morto (cfr. Giovanni, 11, 35), così Maria piange per Gesù morto. Piange per amore e per dolore dell’amore, e non affatto per i suoi peccati: Maria è la sola che piange per Gesù! È solo Pietro l’icona evangelica che piange i suoi peccati, la sua orrenda viltà, il suo amore breve come la rugiada del mattino (cfr. Osea, 6, 4). Pietro non piange su Gesù ma su di sé, per aver tradito l’amico (cfr. Marco, 14, 72 e paralleli). Sì, Pietro dovrebbe essere icona del pentimento cristiano e Maria Maddalena icona dell’amore per Gesù! Maria, pensando che colui che ora ha di fronte sia il giardiniere, il custode di quel giardino in cui Gesù era stato seppellito da Giuseppe di Arimatea e da Nicodemo, gli risponde: «Signore, se lo hai portato via tu, dimmi dove l’hai posto, e io andrò a prenderlo». Ma quell’uomo, che è Gesù, le chiede anche: «Chi cerchi?», domanda analoga a quella da lui posta ai due discepoli del Battista: «Che cosa cercate?» (Giovanni, 1, 38: le sue prime parole nel quarto vangelo!). In questo interrogativo c’è qualcosa che per Maria non è nuovo, perché è la domanda essenziale che Gesù poneva a chiunque volesse diventare suo discepolo: cercare è la condizione specifica del discepolo.
A quel punto Gesù, con il suo volto contro il volto di Maria, le dice: Mariám!, la chiama per nome, e subito lei, “voltandosi” (straphéisa) nuovamente verso di lui, il Gesù glorificato, è pronta a riconoscerlo e a dirgli: «Rabbunì, mio maestro!». Quante volte era avvenuto quel dialogo tra lei e Gesù: lei, la pecora perduta ma ritrovata da Gesù (cfr. Matteo, 18, 12-14; Luca, 15, 4-7), chiamata per nome, riconosce la voce del pastore (cfr. Giovanni, 10, 3-4). «Maria!», una nuova chiamata, e, subito dopo, un invito: «Cessa di toccarmi», cioè stacca le tue mani da me, perché non c’è più possibilità di incontro tra corpi come prima, essendo ormai il corpo di Gesù risorto nel seno del Padre. Maria, che poteva dire di essere tra quelli che «avevano udito, visto con i loro occhi, contemplato e toccato con le loro mani la Parola della vita» (cfr. 1 Giovanni, 1, 1), ora deve credere e amare Gesù in modo altro: il suo amore non muore, non verrà meno, ma altro è il modo in cui ora Maria deve amare Gesù! Si era voltata indietro verso il suo passato, ma ora, chiamata da Gesù, si volta verso di lui, il risorto, senza più nostalgia del tempo precedente il suo esodo da questo mondo al Padre (cfr. Giovanni, 13, 1).
Questa pagina giovannea risulta molto affettiva, nel senso che è piena di sentimenti e, come tale, ispira anche la nostra immaginazione nel pensare il rapporto d’amore con il Signore Gesù. È una pagina che ha chiaramente in sottofondo il già ricordato Cantico dei cantici, nel quale in un giardino avviene un dialogo d’amore tra i due partner (cfr. 4, 16; 5, 1; 6, 2), che si perdono, si cercano e si ritrovano (cfr. 3, 1-4; 5, 1-8). Come la donna del Cantico dei cantici, Maria di Magdala è donna del desiderio, un desiderio talmente forte e tenace che consente solo a lei, rimasta al sepolcro per cercare Gesù, di poterlo vedere. Ma ciò che in particolare mi preme mettere in evidenza è il fatto che questa ricerca, questa perseveranza, questa individuazione della presenza del corpo sono tratti tipicamente femminili, essenziali nell’amicizia tra uomini e donne. Nello stesso tempo, questa pagina giovannea è dangereuse, pericolosa, per chi non sa capire l’amore con occhi puri, fino a essere indotto a molte fantasie sul rapporto tra Gesù e la Maddalena.
Si tratta di una reazione non nuova, già avvenuta nella storia e testimoniata in testi apocrifi, soprattutto nel Vangelo di Filippo: deriva dovuta al prurito di chi non sa se non attribuire a Gesù i propri modesti desideri! In quell’incontro con il risorto, Maria di Magdala è subito resa apostola, inviata ai discepoli, ai fratelli di Gesù, per portare loro l’annuncio pasquale. Ed essa, in piena obbedienza, dichiara «ho visto il Signore» e riferisce ciò che egli le ha detto. Sì, all’origine della fede pasquale vi è innanzitutto Maria di Magdala (e le donne discepole da lei rappresentate), una donna che ha creduto nel Signore Gesù e lo ha amato. Purtroppo però in occidente Maria ha conosciuto una triste ma non strana vicenda ed è stata sottoposta a una serie di equivoci: è diventata anche la peccatrice, la prostituta del vangelo di Luca, anche Maria di Betania, e la si è dipinta nell’atto di piangere i suoi peccati, dei quali nessun evangelista ha mai parlato.
Infatti, che Gesù «avesse scacciato da lei sette demoni» (cfr. Marco, 16, 9; Luca, 8, 2) indica solo il suo essere liberata da una grave situazione di malattia (sette è un numero che indica pienezza, dunque malattia grave), non i suoi peccati! L’incontro con Gesù aveva significato per lei guarigione, liberazione da queste forze oppressive, rinascita e possibilità di una vita nuova, sensata: da donna “morta” quale era, era stata rialzata e riportata da Gesù alla vita piena, quella in cui si vivono affetti, relazioni, amore, comunione, gioia, insieme alla fatica del duro mestiere di vivere. Va però riconosciuto che, se è vero che Maria di Magdala ha beneficiato in oriente del titolo di isapostola, cioè “uguale agli apostoli”, e in occidente di quello di “apostola degli apostoli”, in realtà non le sono mai stati riconosciuti nessun valore ecclesiale e nessuna qualità ministeriale. Siamo ben lontani dall’aver preso sul serio le parole di Rabano Mauro, un monaco e vescovo vissuto tra l’VIII e il IX secolo, il quale nella sua biografia di Maria di Magdala (Vita di santa Maria Maddalena, 26-27) commenta l’apparizione a lei di Gesù risorto, mettendo in risalto come tale evento conferisca una decisiva funzione nella Chiesa a questa donna discepola: «Maria crede al Cristo, attingendo la fede in lui dall’ascolto della desiderata voce del Signore, e dalla sua stessa presenza così desiderabile (...) Credette fermamente che il Cristo figlio di Dio, che lei vedeva risorto, era vero Dio, colui che ella aveva amato da vivo; che veramente era risuscitato dai morti colui che aveva visto morire (...) Il Salvatore, persuaso che quello di Maria era purissimo amore, (...) la elesse apostola della sua ascensione (...) come poco prima l’aveva istituito evangelista della risurrezione (...) Ella, innalzata a tanta e così alta dignità d’onore e di grazia, dallo stesso figlio di Dio e salvatore nostro, (...) non indugiò a esercitare il ministero di apostola del quale era stata onorata (...) Maria, con i suoi co-apostoli, annunciò il Vangelo della risurrezione di Cristo con le parole: “Ho visto il Signore” (Giovanni, 20, 18), e profetizzò la sua ascensione con le parole: “Ascendo al Padre mio e Padre vostro” (Giovanni, 20, 17)».
L'Osservatore Romano
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