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sabato 30 maggio 2020
venerdì 29 maggio 2020
VIGILIA DE PENTECOSTES 2020: CARTA DE KIKO.

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PALABRAS DE KIKO PARA PENTECOSTÉS 2020
«Pero ya los profetas habían dicho que en el tiempo del Mesías, Dios no escribiría más sobre piedras su Ley, el camino de la felicidad y de la vida, sino que Dios mismo habría mandado su Espíritu sobre los hombres y este Espíritu habría escrito la Torá, el camino de la vida, en el corazón del hombre. Por eso, los hebreos se reúnen el día de Pentecostés para conmemorar la fiesta de la Torá, la fiesta de la Ley. Todos los hebreos se reúnen esta noche en Israel para celebrar la fiesta de la Torá, del rollo de la Ley, haciendo una procesión con el rollo. Los hebreos ponen en un armario en la sinagoga los rollos de la Torá, como nosotros ponemos la Biblia».
«Cuando los apóstoles estaban celebrando en el Cenáculo, con la Virgen, la bajada del Señor sobre el Sinaí y la entrega de la Torá, sabéis que un viento impetuoso ha movido las ventanas y de repente han aparecido como lenguas de fuego sobre sus cabezas y ha descendido sobre ellos el Espíritu Santo, el Espíritu mismo de Dios, que es el autor en nosotros de todo bien.
El Espíritu Santo nos hace hijos de Dios, nos hace amigos de Dios, nos hace santos, nos permite poder amar en la dimensión de Dios, como Dios ama. Nosotros hombres amamos de una forma limitada, porque por el miedo que tenemos a la muerte, cuando el otro con sus defectos nos hace mal, nos mata, no podemos amarlo, tenemos que hacer una violencia contra él: no le hablamos, le golpeamos, nos enfadamos, no podemos soportar que nos esté destruyendo. No podemos. Entonces la gente que se enfada, si están casados, se divorcian, porque no pueden tolerar esta prepotencia en su vida».
«La gran novedad del cristianismo, que ha hecho Jesucristo, es que no se resiste al mal, sino que toma sobre sí los pecados y esto aparece como un tipo de amor nuevo, algo sorprendente. Nadie sabía que aquel hombre crucificado fuera el mismo Dios, que Él estaba tomando sobre sí el ser rechazado, lo acepta y va a morir en la cruz, y el mal que le están infligiendo, lo ofrece al Padre como rescate. El Padre ama mucho al Hijo y no puede ver que el Hijo sufra, pero el Hijo ofrece este sufrimiento por los mismos que le están matando, de forma que del rechazo, del pecado, Dios saca la salvación: el rechazo de Dios lo transforma en nuestra salvación».
«Cristo dice al Padre: “¡Padre, no les tengas en cuenta este pecado! ¡Perdónales! te ofrezco mi sufrimiento, mi muerte en rescate por ellos, pero tú perdónales!”. Este amor sublime que aparece sobre la tierra y que antes no existía en nuestro planeta, Dios ha querido dárnoslo. Este amor en el fondo es el cumplimiento de la Torá, porque la Torá había profetizado ya este amor, había anunciado ya que esto es la felicidad, la vida eterna. Dios es esto».
«Nosotros, en esta noche, esperamos que Dios nos dé este amor, porque si no tienes este amor -cuando el otro, por ejemplo, en tu casa tu hermano te hace algo, toma algo que es tuyo y tú no tienes paciencia, no eres capaz de no resistirse al mal, nosotros no somos corderos- pero si tienes este amor es distinto. Dice San Pablo que los cristianos son todos los días como ovejas llevadas al matadero, es decir, que todos los días nos encontramos con acontecimientos, con hechos pequeños o grandes en los cuales tenemos que ofrecer nuestro cuello como una oveja en el matadero. Si hoy hemos tenido un litigio, algún problema, para amar al otro hemos tenido que morir a nosotros mismos.
Nosotros no podemos amar sin el Espíritu, para amar tenemos necesidad del Espíritu Santo. ¿Por qué podemos tener este amor? Porque el Espíritu Santo nos da la victoria sobre la muerte, el misterio Pascual se realiza en nosotros. Dice San Pablo que “cuando nosotros morimos el otro recibe la vida, llevando siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús”, la forma de morir de Cristo, la cruz, para que se vea en nosotros que Cristo está vivo. Si Cristo no viviera en nosotros no podríamos aceptar ser matados todos los días.
La cruz de Cristo es la forma de amor por la que Cristo está vivo y resucitado, ha subido al cielo, porque Él ha amado así. No es con un esfuerzo nuestro, con nuestros puños como podemos tener este Espíritu, sino que todos esperamos que Dios nos dé este amor que nos hace santos. Ésta es la santidad, amar así es la santidad: el Espíritu nos hace santos, hace de nuestra vida una liturgia. Esta noche no podemos ser cristianos sin alimentar, sin recibir el Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo lo podemos perder. El Espíritu Santo es un caballero, digamos así, es muy educado, muy bueno, basta que tú, en tu libertad, quieras portarte mal y Él te deja libre, tu casa se queda vacía, te vuelves colérico, enfadado, porque el Espíritu Santo no puede participar de nuestras maldades.
Esto es un problema grande en nuestra vida, por eso nuestra vida es una cosa muy seria, porque somos libres y podemos condenarnos. El Espíritu Santo no nos quita la libertad, absolutamente, es más te hace todavía más libre para pecar, para hacer el mal. En cualquier momento podemos hacer cosas horribles, en nuestra libertad. Pero para eso El Espíritu Santo viene con sus dones, el don de la sabiduría para tener discernimiento y poder descubrir las trampas del demonio. A todos nosotros el demonio nos puede engañar, dándonos sobre todo la descomunión, que en el fondo nos hace dudar de que Dios nos ame, tomando ocasión de los sufrimientos de la cruz. Toma la cruz y le da una luz oscura, mientras que el Espíritu Santo ilumina nuestra cruz, la hace gloriosa. El don de inteligencia y de ciencia para entender quiénes somos y dónde vamos, el don de consejo para poder hacer la voluntad de Dios, el don de piedad para poder tener gusto por las cosas de Dios, tener amor a Dios. Sin el don de la piedad, la liturgia te parece un aburrimiento. Piedad significa amor a las cosas santas, a las cosas divinas, un amor que nos viene dado desde el cielo. El pecado te quita el gusto por las cosas divinas, porque te lleva a amar al mundo. El don de fortaleza y de temor de Dios, el santo temor, es decir, entender que somos libres y que podemos pecar gravemente. El don de temor te da horror al pecado. Nosotros tenemos estos dones del cielo, el Espíritu Santo viene con los dones necesarios para nuestra salvación».
«Y con los dones nos da también sus frutos, de los que habla San Pablo en la carta a los Gálatas 5,22: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí”.
Ofrecer tu cuello como Isaac: “Aparecerá en el cielo un cordero degollado”, frente a los hombres».
«Es la obediencia. Obediencia siempre significa darse: esto es el cristianismo. No hay nada más sublime sobre la tierra, es la verdadera felicidad. Aparentemente parece que no, pero si Dios te da el Espíritu Santo, la capacidad de amar a tu marido, donándote, perdiendo un poco la vida, allí encontrarás la verdadera felicidad, que es la vida eterna».
«Nosotros sabemos que cada pecado que cometemos, de egoísmo de violencia, etc. quita su raíz a nuestra fuente de felicidad, entonces tenemos necesidad de más televisión, etc. y cada vez tenemos menos felicidad.
«Por eso, ánimo, tenemos todos necesidad del Espíritu Santo, ésta es una fiesta grande, fiesta de la Iglesia, es la fiesta del nacimiento de la Iglesia. Gracias a la Iglesia vosotros habéis encontrado al Señor, sin la Iglesia no estaríamos aquí».
«Ésta es la fiesta más grande, la vigilia de Pentecostés es un fruto de la Pascua: Cristo ha subido al cielo, ha ofrecido al Padre sus llagas gloriosas y el Padre ha mandado su Espíritu Santo».
«Es un misterio maravilloso también lo que se cumple en nosotros, porque ¿qué es el Camino Neocatecumenal? El Espíritu Santo nos está donando la comunión, haciendo que estemos juntos durante tantos años, todos con el mismo lenguaje, la misma comunión. Éste es el gran milagro, porque ha llegado el Mesías sobre la tierra. El Señor ha hecho verdaderamente milagros con nosotros, verdaderamente: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”, que nos ha sacado de nuestra Babilonia. Sabéis que Babel, Babilonia, significa “confusión de las lenguas”, es decir, significa que no hay comunión; como en nuestra sociedad en donde no hay comunión, los jóvenes no encuentran un lenguaje interno que les sacie.
Nosotros hemos visto, sin embargo, qué bueno ha sido el Señor con nosotros, que nos ha dado de su Espíritu, que nos ha dado la comunión: viejos y jóvenes. Tenemos todos una comunión nueva que no es un fruto psicológico, sino una obra del Espíritu Santo en medio de nosotros».
«¡Los designios del amor de Dios para nosotros! Como comunidad nos ha salvado; es algo bellísimo, impresiona muchísimo ver una comunidad unida; es decir sois un testimonio».
«Individualmente, quizás, sois un desastre, pero unidos, como comunidad, sois un espectáculo. Un espectáculo porque un grupo que se mantiene unido es dificilísimo, porque somos todos distintos y es facilísimo destruir la comunión, hay divisiones, envidias o se hace una comunión ficticia de aquellos que se reúnen para cenar, etc. pero con el tiempo siempre acaba deteriorándose».
«Los Papas han dicho que el Camino Neocatecumenal viene del cielo para la salvación de la Iglesia: tienen este carisma de discernimiento».
«Nosotros somos todos privilegiados porque Dios ha mostrado en nosotros esta obra, que no es nuestra, porque la comunión la construye Jesucristo, constantemente, gracias al Espíritu Santo, por lo que nos da esta lengua única que es la comunión de los santos, que es maravillosa y que nos permite perdonarnos».
«“Amaos como yo os he amado”, es decir, aceptando que el otro tenga sus defectos, como Cristo ha aceptado nuestros pecados y los ha perdonado».
«El mundo no puede perdonar, le parece una locura perdonar, porque si se perdona se continúa a hacer el mal y no soporta que exista el mal, está escandalizado».
«Ved la situación del mundo hoy, en tiempo de la pandemia del coronavirus: como una mujer en parto, grita, jadea, lleno de sufrimiento. Pero el Señor destruye estas tinieblas con su aparición, con su resurrección, el Señor ha mostrado los signos de su amor. ¡Ánimo! Que Dios tiene para vosotros signos todavía más grandes, todavía os mostrará cosas mayores. Habéis visto que de Pentecostés en Pentecostés, Dios está bendiciendo vuestra comunidad. No miréis a vuestra debilidad, sino al proyecto, al diseño que Dios tiene para la salvación de esta generación».
«Esperemos que todos recibamos la potencia del Espíritu Santo: esta lengua de fuego sobre la cabeza que no nos hace estar tranquilos, pensando que tanta gente no conoce a Jesucristo, gente sola, tantísima gente que está en el infierno. Nosotros tenemos este don inmenso de haber encontrado al Señor. El que ha encontrado al Señor Jesucristo y tiene el Espíritu Santo dentro, no está nunca solo; aunque una mujer se quede viuda está unida al Señor: dos en una sola carne.
Si estáis angustiados, si tenéis una pena, el Espíritu Santo os consuela. ¡Llamad al Espíritu Santo! ”Al que me llama, le abro, y vendré a él”».
«Te llama Dios y te invita a amar. Sabemos que Él es Amor. Es impresionante que Dios siendo amor, te invite a ti a que ames tú, o sea, a que participes en lo más grande que existe en la vida, que es el amor».

sabato 16 maggio 2020
mercoledì 23 maggio 2018
Kiko Arguello. Inno allo Spirito Santo

| Lo Spirito Santo è il giogo soave e leggero. Spirito pieno di comprensione e misericordia con le nostre mancanze, di tenerezza e compassione, di amore senza limiti. Abitando nell'uomo ci perdona sempre, spera sempre, tutto comprende, scusa tutto. La sua bontà si spande come un profumo che tutto inonda. Fa sentire la sua presenza e ci dà coraggio mentre ci rende testimonianza dell'amore totale di Dio per noi. Conferma al nostro spirito che il dono più grande è l'unione con Dio e che il vero male e la vera sofferenza è il peccato. Per questo è pieno di compassione per il peccatore: non lo giudica, lo rialza e lo aiuta a camminare di nuovo. Ci mostra sempre il Cristo crocefisso come Sacerdote eterno per tutti gli uomini. È paziente, benigno, è il sommo Bene, è il dono di Dio, è la garanzia della Vita Eterna. Lui, il "Paraclito", ci difende sempre e ci insegna ad essere pazienti con noi stessi e con i nostri peccati. Ci dice chi siamo, dove andiamo, qual è il cammino, e perché soffriamo. Ci mostra la Croce gloriosa di Cristo e ci invita a salire su di essa come il luogo del vero riposo. Ci dice che tutto è santo, che la nostra storia è santa, e ci conduce soavemente all'abbandono totale in Cristo crocefisso: In Lui, nulla si pretende, nulla si esige, si accetta tutto, si sopporta tutto, perché assomigliare al Signore sulla croce, è il nostro vanto la nostra gloria la verità, la salvezza, la santità, è ciò che è nostro, essere cristiano. Come non evangelizzare, perché gli uomini trovino l'unico Dio vero, il suo Figlio amato, e ricevano lo Spirito Santo? Spirito divino, perla preziosa, in Lui amiamo il Padre come Lui ama io suo Figlio e amiamo il suo Figlio come lo ama il Padre. Spirito Santo, che ci fa persona, è più me che me stesso, è più noi che noi stessi, è tutto in tutti, è nella Chiesa la Santa Koinonia, é l'amore perfetto, è Dio. Padre carissimo, come non benedirti, esaltarti, lodarti, cantarti, tu che ci hai chiamato al ministero sacerdotale, che ci hai riempito del dono dei doni, che ci hai dato te stesso, che ci hai rivelato il mistero dell'universo: il tuo totale amore per noi fino a morire: Croce gloriosa, vittoria sulla morte, umiltà perfetta, santa Comunione Chiesa di Dio. |
martedì 24 aprile 2018
Ritorno al Kerygma!
Lo Spirito del Signore fu su Gesù di Nazareth soprattutto perchè predicasse il lieto annunzio che il Regno di Dio era arrivato. Oggi lo Spirito Santo è sulla Chiesa ( e su coloro che la Chiesa manda ad evangelizzare), per lo stesso scopo: perchè proclami il lieto annunzio che Gesù, crocifisso e risorto, è il Signore. E' questa la vera "spada dello Spirito", e questa spada ci serve ancora, anzi oggi più che mai: essa soltanto infatti può trapassare la spessa coltre di incredulità che è scesa sul mondo e sul cuore stesso di molti cristiani. Attenzione però: se uno usa la spada o il coltello o qualsiasi altra lama, di piatto anzichè di taglio o di punta, essa non ferisce nessuno; così è della predicazione della Chiesa: se diciamo mille cose, tra cui anche "Gesù è il Signore", quest'ultima cosa non "trafigge il cuore", come si legge che avvenne quando Pietro proclamò, dopo la Pentecoste: "Voi avete ucciso Gesù di Nazareth; Dio lo ha risuscitato. Pentitevi!" (At. 2, 37).
E' stato scritto: "All'inizio era il Kerygma" (Dibelius): questa frase vuol dire che la Chiesa è nata dal Kerygma. Se è vero che la nostra situazione odierna è tornata ad essere più vicina a quella della Chiesa delle origini (quando il cristianesimo agiva in un mondo pagano ad esso estraneo e ostile), che non alla situazione post-costantiniana, l'appello che ci viene dall'esperienza della Chiesa primitiva è di tornare a ripristinare il Kerygma apostolico che servì ad annunciare la fede al mondo pagano e intorno a cui si formò la prima comunità, distinguendolo da ogni altra cosa, perfino dalla catechesi. Bisogna che questo annuncio fondamentale sia proposto nitidamente NON solo ai catecumeni, ma a tutti, dal momento che la maggioranza dei credenti di oggi non è passata attraverso il catecumenato. La proclamazione di Gesù come Signore dovrebbe trovare il suo posto d'onore in tutti i momenti forti della vita cristiana: nel battesimo degli adulti, nel culto eucaristico, nel rinnovamento delle promesse battesimali, nelle conversioni individuali, all'inizio di scuole di catechesi, di gruppi biblici e di preghiera, in occasione di esercizi spirituali o di missioni al popolo, nella celebrazione dei funerali... Sembra che Dio stia suscitando di nuovo fame e sete di questo annuncio, che costituisce la più radicale alternativa ai falsi idoli e alla falsa sapienza del mondo. In ogni città Cristo dice agli annunciatori del Vangelo ciò che disse a Paolo quando giunse a Corinto: Non aver paura, ma continua a parlare e non tacere... perchè io ho un popolo numeroso in questa città (At. 18, 9s): un popolo numeroso, ma ancora nascosto che aspetta anch'esso di uscire dal grande utero dell'ignoranza e trasalire alla luce della Verità!
La domanda più seria però è questa: quanti sono pronti a proclamare questo annuncio "!nello Spirito Santo", cioè da veri credenti, correndo il rischio, se occorre, dell'inferiorità culturale di fronte ai difensori della pura ragione e di fronte a coloro che hanno come obiettivo principale quello di rispondere alle attese del mondo; quanti cioè sono pronti a ripetere con Paolo: "La mia parola e il mio messaggio non si basano su discorsi persuasivi di sapienza, ma sulla manifestazione dello dello Spirito e della sua potenza" (1Cor. 2, 4). Nessuno può dire: Gesù è il Signore!, se non sotto l'azione dello Spirito Santo, cioè se non è lui stesso in stato di confessione. Se lo dice non "sotto l'azione dello Spirito Santo", ma anzi nel peccato o nella miscredenza o nell' abitudine, resta un dire umano che non contagia nessuno; il contagio avviene in presenza di uno che ha la malattia, non di uno che parla della malattia! Ho toccato io stesso con mano la forza per così dire autogena che si sprigiona dall' annuncio del Kerygma: ho visto accendersi sguardi, drizzarsi orecchi e come un brivido correre tra chi ascoltava, segno di una potenza misteriosa racchiusa in quella Parola e resa operante dallo Spirito Santo.
Come all'inizio della Chiesa, anche oggi, ciò che può scuotere il mondo dal torpore dell'incredulità e convertirlo al Vangelo non sono le apologie, i trattati teologici o le discussioni interminabili; è l'annuncio semplice, ma forte della fortezza stessa di Dio, che "Gesù è il Signore!".
LO SPIRITO CREATORE E LA MISERICORDIA DIVINA
P. Raniero Cantalamessa, ofmcap.
LO SPIRITO CREATORE E LA MISERICORDIA DIVINA
Novara, Cattedrale 4 Marzo 2016
Guardando con attenzione la locandina con il programma degli eventi quaresimali della vostra diocesi, mi è sembrato di capire che il tema di fondo è quello scritto a lettere cubitali nel frontespizio: “Veni creator Spiritus”. Una riflessione dunque sullo Spirito Santo creatore; ma una riflessione che si svolge nell’anno della misericordia e che non vuole prescindere da questo contesto. Questo, penso, vuol significare l’immagine del ritorno del figliol prodigo di Marc Chagall riprodotta nella stessa locandina. Mi sforzerò di rispondere a questa duplice attesa svolgendo con voi una riflessione prima sullo Spirito Santo come creatore e poi sulla sua relazione con la misericordia. Con ciò spero di rispondere, indirettamente, anche al titolo specifico dato a questo incontro: “Va’ e ripara la mia Chiesa”.
1. L’esperienza dello Spirito come creatore Il testo da cui partire per una riflessione sullo Spirito creatore è Genesi 1, 1-3: “In principio Dio creò il cielo e la terra. La terra era informe e deserta e le tenebre ricoprivano l'abisso e lo Spirito di Dio aleggiava sulle acque. Dio disse: Sia la luce! E la luce fu”. A proposito di questo testo, Sant’Ambrogio fa questa osservazione illuminante: “Quando lo Spirito cominciò ad aleggiare su di esso, il creato non aveva ancora alcuna bellezza. Invece, quando la creazione ricevette l’operazione dello Spirito, ottenne tutto questo splendore di bellezza che la fece rifulgere come ‘mondo’ ”1 . In altre parole, il creato era vuoto, tenebra, caos, finché lo Spirito di Dio non cominciò ad aleggiare su di esso. È solo grazie a lui che tutto prende forma e la confusione cede il posto all’armonia e all’ordine: la luce è distinta dalle tenebre, l’acqua dalla terra ferma, e così via. L’azione creatrice dello Spirito è all’origine dunque della perfezione del creato; egli non è tanto colui che fa passare il mondo dal nulla all’essere, quanto colui che lo fa passare dall’essere informe all’essere formato e perfetto. In altre parole, lo Spirito Santo è colui che fa passare il creato, dal caos, al cosmo, che fa di esso qualcosa di bello, di ordinato, pulito: un “mondo” appunto, secondo il significato originario di questa parola e della parola greca cosmo. Questo non vuol dire che Dio Padre aveva creato un mondo caotico che aveva bisogno di essere corretto, perché, spiegava già san Basilio nel IV secolo, era proprio questa la volontà del Padre e cioè creare il mondo per mezzo del Figlio e portarlo alla perfezione mediante lo Spirito Santo2 . Ora la conseguenza pratica di tutto ciò. Noi sappiamo che l’azione creatrice di Dio non è limitata all’istante iniziale, come si pensava nella visione deista o meccanicista dell’universo. Dio non “è stato” una volta, ma sempre “è” creatore. E non solo nel senso debole che “conserva” l’essere e che governa con la sua Provvidenza il mondo, ma anche nel senso forte che sostiene, comunica continuamente essere ed energia, spinge, anima e rinnova la creazione. “Creare è fare continuamente nuovo”3 . Che significa tutto ciò applicato allo Spirito Santo? Significa che egli è sempre colui che fa passare dal caos al cosmo, cioè: dal disordine all’ordine, dalla confusione all’armonia, dalla deformità alla bellezza, dalla vetustà alla novità. Non, s’intende, meccanicamente e di colpo, ma nel senso che è all’opera e guida a un fine preciso la sua stessa evoluzione del cosmo. “La creazione –scrive san Paolo - è stata sottoposta alla caducità - non per sua volontà, ma per volontà di colui che l'ha sottoposta - nella speranza che anche la stessa creazione sarà liberata dalla schiavitù della corruzione per entrare nella libertà della gloria dei figli di Dio. Sappiamo infatti che tutta insieme la creazione geme e soffre le doglie del parto fino ad oggi” (Rom 8, 20-22).
La scelta del titolo di creatore permette così di dare oggi un fondamento, non solo strategico e morale, ma squisitamente teologico e spirituale, al problema dell’ecologia e della salvaguardia del creato che papa Francesco ha proposto all’attenzione del mondo con la sua enciclica “Laudato si”. Il creato, ci dice, è l’opera dello Spirito creatore; deturparlo, è offendere e contristare il suo autore. Il salmo che canta gli splendori della creazione (del mare, dei monti, delle sorgenti) e che assegna a ogni creatura il suo posto e il suo spazio, è anche quello che attribuisce tutto questo allo Spirito Santo, con le parole: “Se togli loro il tuo spirito, muoiono, e ritornano alla loro polvere. Mandi il tuo Spirito, sono creati, e rinnovi la faccia della terra” (Sal 104, 29 s.). Quello che avviene nel macrocosmo, avviene anche nel microcosmo che è ogni singolo uomo. Applichiamo infatti tutto questo al “piccolo mondo” che è il nostro stesso cuore. “Le tenebre - si legge in Genesi- ricoprivano l’abisso” (Gen 1,2). Ma anche il cuore dell’uomo, dice la Scrittura, è un “baratro e un abisso” (cf. Sal 64, 7). C’è un caos esteriore e un caos interiore. Il nostro caos è quello del buio che c’è in noi; dei desideri, progetti, propositi, rimpianti contrastanti e in lotta tra di loro. Un autore spirituale del medio evo descriveva in questi termini il suo stato spirituale (e si tratta di un monaco certosino che viveva nella più alta contemplazione!): “Mi accorgo, Signore, che la terra del mio spirito è ancora inconsistente e vuota, che le tenebre ricoprono la superficie dell’abisso...Essa è infatti nella confusione come in una specie di caos spaventoso e oscuro, ignorando sia il suo fine che la sua origine e il modo della sua natura... Così è la mia anima, Dio mio, così è la mia anima. Una terra deserta e vuota, invisibile e informe, e le tenebre sono sulla superficie dell’abisso...Ma l’abisso del mio
Lo Spirito di Dio, che era in azione sopra e dentro il caos primordiale, è ancora operante nel mondo. Intonando il Veni creator, noi diciamo: “Vieni, Spirito Santo, aleggia e soffia anche sul mio caos, rischiara le mie tenebre (cf. Sal 18, 29), fa anche di me davvero un microcosmo, un piccolo mondo, una cosa bella, armoniosa, pura: una nuova creazione”. Noi portiamo in noi stessi un vestigio del caos primordiale: il nostro inconscio. Quello che la psicanalisi moderna ha espresso come passaggio dall’inconscio alla coscienza, dall’”Es” al “Super io”, è un aspetto di questa creazione che deve continuare a compiersi in noi, del passaggio dall’informe al formato. Lo Spirito Santo vuole aleggiare anche sul caos del nostro inconscio in cui si agitano forze oscure, impulsi contrastanti, in cui si annidano angosce e nevrosi, ma anche possibilità inesplorate. “Lo Spirito scruta ogni cosa...” (1 Cor 2, 10). A chi ha problemi con il proprio inconscio (e chi non ne ha?) non si può dare migliore consiglio che quello di coltivare una particolare devozione allo Spirito Santo e di invocarlo spesso nella sua qualità di creatore. Egli è il migliore psicanalista e psichiatra del mondo. La devozione allo Spirito Santo non induce necessariamente a far meno degli aiuti umani in tale campo, ma certamente li completa e li sorpassa. Prima di passare alla seconda parte, cantiamo la prima strofa del Veni creator, ora che abbiamo intravisto la sua ricchezza e profondità di significato.
2. Lo Spirito Santo e la misericordia Dopo aver riflettuto sullo Spirito Santo e la creazione, passiamo ora, come promesso, a riflettere sul rapporto tra lo Spirito Santo e la misericordia divina. Lo Spirito Santo appare inseparabilmente unito al tema della misericordia fin dall’inizio del ministero pubblico di Gesú. Tornato nella sua patria, a Nazareth, dopo il battesimo nel Giordano, Gesù applicò solennemente a se stesso le parole di Isaia 61,1-2: “Lo Spirito del Signore è sopra di me, perciò mi ha unto per evangelizzare i poveri; mi ha mandato per annunciare la liberazione ai prigionieri e il ricupero della vista ai ciechi; per rimettere in libertà gli oppressi, per proclamare l'anno di grazia del Signore” (Lc 4,18-19). Era grazie all’unzione dello Spirito Santo che Gesù predicava la buona novella, guariva i malati, consolava gli afflitti, e compiva tutte le sue opere di misericordia. “Lo Spirito Santo, scrive san Basilio, fu il compagno inseparabile di Gesù in tutte le sue opere” 5 . Lo Spirito Santo, che nella Trinità è l’amore personificato, è anche la misericordia di Dio personificata; è il “contenuto” stesso della misericordia divina. Senza lo Spirito Santo, misericordia sarebbe una parola vuota. Il nome di Paraclito lo indica chiaramente. Gesù annunciando la sua venuta, dice: “Il Padre vi darà un altro Consolatore che sarà con voi per sempre” (Gv 14, 16): “un altro”, s’intende, dopo avervi dato me. Lo Spirito Santo è dunque colui attraverso il quale Gesù continua, da risorto, la sua opera di “passare beneficando e risanando tutti” (At 10, 38). Le parole: “Egli (il Paraclito) prenderà del mio e ve lo annunzierà” (Gv 16, 14) si applicano anche alla misericordia: lo Spirito Santo aprirà ai credenti di tutti i tempi i tesori della misericordia di Gesù. Farà che la misericordia di Gesù non sia soltanto ricordata, ma anche sperimentata.
Il Paraclito è all’opera, anzitutto, nel sacramento della misericordia che è la confessione. “Lui stesso è la remissione di tutti i peccati”, dice una preghiera della Chiesa 6 . Per questo, prima di conferire l’assoluzione al penitente, il confessore pronuncia le parole: “Dio, Padre di misericordia, che ha riconciliato a sé il mondo nella morte e risurrezione del suo Figlio, e ha effuso lo Spirito Santo per la remissione dei peccati, ti conceda, mediante il ministero della Chiesa, il perdono e la pace”. Un’opera essenziale dello Spirito Santo nei confronti della misericordia è anche quella di cambiare, nel cuore degli uomini, l’immagine che essi hanno di Dio, in seguito al peccato. Una delle cause, forse la principale, dell’alienazione dell’uomo moderno dalla religione e dalla fede, dicevo sopra, è l’immagine distorta che esso ha di Dio. Questa è anche la causa di un cristianesimo spento, senza slancio e senza gioia, vissuto più come dovere che come dono, per costrizione, anziché per attrazione.
Qual è infatti l’immagine “predefinita” di Dio nell’inconscio umano collettivo, che opera automaticamente (nel linguaggio dei computer, si direbbe come default)? Basta, per scoprirlo, porsi questa domanda: “Quali idee, quali parole, quali sentimenti sorgono spontaneamente in te, prima di ogni riflessione, quando, nella recita del Padre nostro, arrivi alle parole: “sia fatta la tua volontà”? In genere, chi lo dice china interiormente la testa rassegnato, come preparandosi al peggio. Inconsciamente, si collega la volontà di Dio a tutto ciò che è spiacevole, doloroso, a ciò che, in un modo o nell’altro, può essere visto come mutilante la libertà e lo sviluppo individuali. È un po’ come se Dio fosse il nemico di ogni festa, gioia, piacere. Non si pensa che la volontà di Dio è chiamata nel Nuovo Testamento eudokia (Ef 1,9; Lc 2, 14), cioè volontà buona, benevolenza, per cui dire “sia fatta la tua volontà” è come dire: “si compia in me, o Padre, il tuo disegno d’amore”. Così Maria disse il suo “fiat” e così lo disse Gesú. Dio è visto in genere come l’Essere supremo, l’Onnipotente, il Signore del tempo e della storia, cioè come un’entità che si impone all'individuo dall'esterno; nessun particolare della vita umana gli sfugge. La trasgressione della Legge, cioè la disobbedienza alla volontà divina, introduce inesorabilmente un disordine nell’ordinamento voluto da Dio da tutta l’eternità. Di conseguenza, l’infinita sua giustizia esige una riparazione: bisognerà dare a Dio qualcosa, al fine di ristabilire, nella creazione, l’ordine perturbato. Questa riparazione sarà costituita da una privazione, un sacrificio. Non potendo però mai avere la certezza che la “soddisfazione” sia adeguata, nasce l’angoscia di trovarsi di fronte alla morte e al giudizio. Dio è un padrone che esige di essere pagato fino in fondo! Certo, non si è mai ignorata la misericordia di Dio! Ma ad essa si è affidata soltanto l’incombenza di moderare gli irrinunciabili rigori della giustizia. Era un correttivo, un’eccezione, non la regola. Anzi, nella pratica, si sono fatti dipendere spesso l’amore e il perdono di Dio dall’amore e dal perdono che si dona agli altri: se perdoni chi ti reca l’offesa, Dio potrà, a sua volta, perdonarti. È venuto fuori con Dio un rapporto di mercanteggiamento. Non si dice che bisogna accumulare meriti per guadagnare il Paradiso? E non si attribuisce grande rilevanza agli sforzi da fare, alle messe da far celebrare, alle candele da accendere, alle novene da fare? Tutto questo, avendo permesso a tanta gente in passato di dimostrare a Dio il proprio amore, non può essere gettato alle ortiche, va rispettato. Dio fa sbocciare i suoi fiori in ogni clima e i suoi santi in ogni stagione. Non si può negare però che c’è il rischio di cadere in una religione utilitaria, del “do ut des”. Alla base di tutto c’è il presupposto che il rapporto con Dio dipenda dall’uomo. L’uomo pretende inconsciamente di “pagare a Dio il suo prezzo” (Sal 48,8), non vuole essere debitore, ma creditore di Dio. Da dove viene questa idea deformata di Dio? Lasciamo da parte i motivi contingenti e individuali dovuti a un cattivo rapporto con il proprio padre terreno che pure incidono, in alcuni casi, sul rapporto con Dio Padre. Il motivo fondamentale che spiega quella terribile immagine “predefinita” di Dio appare chiaramente da quanto si è detto: è la legge. Finché l’uomo vive nel regime di peccato, sotto la legge, Dio gli appare un padrone severo, uno che si oppone al soddisfacimento dei suoi desideri terreni con quei perentori: “Tu devi.., tu non devi” che sono i comandamenti: non devi desiderare la roba d’altri, la donna d’altri...In questo stato l’uomo carnale accumula nel fondo del cuore un sordo rancore contro Dio, lo vede come un avversario della sua felicità e se, dipendesse da lui, sarebbe ben felice che non esistesse 7.
La prima cosa che fa lo Spirito Santo, venendo in noi, è quella di mostrarci un diverso volto di Dio. Ce lo fa scoprire come alleato, amico, come colui che, per noi, “non ha risparmiato il proprio Figlio” (Rom 8, 32); insomma, come Padre tenerissimo che ci ha dato la legge per proteggere, non per soffocare, la nostra libertà. Sboccia allora il sentimento filiale che si traduce spontaneamente nel grido: Abbà, Padre! Come dire: “Io non ti conoscevo, o ti conoscevo solo per sentito dire; ora ti conosco, so chi sei, so che mi vuoi bene davvero, che mi sei favorevole”. Il figlio ha preso il posto dello schiavo, l’amore quello del timore. È così che avviene, sul piano soggettivo ed esistenziale, la “rinascita dallo Spirito” (cf. Gv 3, 5.8). Sarebbe un frutto magnifico dell’anno della misericordia se esso servisse a restituirci la vera immagine di Dio Padre che Gesù è venuto sulla terra a rivelarci. Lo Spirito Santo non ci parla solo della misericordia di Dio verso di noi, ma apre tutto un campo di azione alla misericordia degli uni verso gli altri. Uno dei suoi titoli con cui esso viene promesso da Cristo è il titolo di Paraclito. Paraclito è una parola greca che tradotta nelle nostre lingue vuol dire due cose sempre unite: difensore e consolatore. Questo titolo contiene tutto un programma; è una parenesi, cioè una esortazione. Bisogna, in altre parole, diventare noi stessi dei paracliti! Se è vero che il cristiano deve essere un alter Christus, un altro Cristo, è altrettanto vero che deve essere un “altro Paraclito”. Mediante lo Spirito Santo, è stato effuso nei nostri cuori l’amore di Dio (cf. Rom 5,5); cioè, sia l’amore con cui siamo amati da Dio, sia l’amore con cui siamo resi capaci di amare, a nostra volta, Dio e il prossimo. Applicata alla misericordia -che è la forma che l’amore prende davanti alla sofferenza e al peccato della persona amata-, quella parola dell’Apostolo viene a dirci una cosa importantissima: che il Paraclito non solo ci consola, ma ci spinge a consolare e ci rende capaci di consolare e di essere misericordiosi. San Paolo scrive: “Sia benedetto Dio, Padre del Signore nostro Gesù Cristo, Padre misericordioso e Dio di ogni consolazione, il quale ci consola in ogni nostra tribolazione perché possiamo anche noi consolare quelli che si trovano in qualsiasi genere di afflizione con la consolazione con cui siamo consolati noi stessi da Dio” (2 Cor 1, 2-4). La parola greca da cui deriva il nome Paraclito (parakaleo) ritorna ben cinque volte, ora come verbo ora come sostantivo, in questo testo. Esso contiene l’essenziale per una teologia della consolazione. La consolazione viene da Dio che è il “Padre di ogni consolazione”. Viene su chi è nell’afflizione. Ma non si arresta in lui; il suo scopo ultimo è raggiunto quando chi ha sperimentato la consolazione se ne serve, a sua volta, per consolare altri. Ma consolare come? Qui sta l’importante. Con la consolazione stessa con cui lui è stato consolato da Dio; con una consolazione divina, non umana. Non contentandosi di ripetere sterili parole di circostanza che lasciano il terreno che trovano (“coraggio, non avvilirti; vedrai che tutto si risolverà per il meglio”!), ma trasmettendo l’autentica “consolazione che viene dalle Scritture”, capace di “tener viva la speranza” (cf. Rom 15,4). Così si spiegano i miracoli che una semplice parola o un gesto, posti in clima di preghiera, sono capaci di operare accanto al capezzale di un ammalato. È Dio che sta consolando attraverso di te. In un certo senso, lo Spirito Santo ha bisogno di noi, per essere Paraclito. Egli vuole consolare, difendere, esortare; ma non ha bocca, mani, occhi per “dare corpo” alla sua consolazione. O meglio, ha le nostre mani, i nostri occhi, la nostra bocca. Come l’anima agisce, si muove, sorride, attraverso le membra del nostro corpo, così lo Spirito Santo fa con le membra del “suo” corpo che è la Chiesa e che siamo noi. “Consolatevi a vicenda”, raccomandava san Paolo ai primi cristiani (1 Ts 5,11) e tradotto alla lettera il verbo vuole dire “fatevi paracliti” gli uni degli altri. Se la consolazione e la misericordia che riceviamo dallo Spirito non passa da noi ad altri, se vogliamo trattenerla egoisticamente solo per noi, essa ben presto si corrompe. (I due mari della Palestina).
3. Solo la misericordia può salvare il mondo Sono ben note e spesso ripetute le parole che Dostoevskij pone in bocca a uno dei personaggi a lui più cari, l’Idiota: “Il mondo sarà salvato dalla bellezza”. Ma, a quella affermazione, egli fa seguire subito una domanda: “Quale bellezza salverà il mondo?” 8 . È chiaro, anche per lui, che non ogni bellezza salverà il mondo; c’è una bellezza che può salvare il mondo e una bellezza che può perderlo. Di qui la sua conclusione: “Al mondo esiste un solo essere assolutamente bello, il Cristo, ma l’apparizione di questo essere infinitamente bello è di certo un infinito miracolo”9 . La bellezza di Gesú è la sua misericordia ed è essa che salverà il mondo. “La misericordia, scrive, san Giacomo, avrà la meglio nel giudizio” (Gc 2, 13). Egli parla probabilmente della misericordia praticata dall’uomo, ma la frase è vera a maggior ragione se applicata alla misericordia di Dio. Sarà essa che, alla fine, avrà la meglio su tutte le ingiustizie e le mancanze umane di misericordia. Ma non è solo in questo senso escatologico che la misericordia salverà il mondo. Essa è l’unica cosa che può salvare il mondo presente, sconvolto da tante lotte. Qual è la legge ferrea che regola di fatto i rapporti tra le persone e le nazioni? È ancora quella del taglione: “Occhio per occhio, dente per dente”. Gesú è venuto a spezzare questa catena. Alla regola: “Quello che gli altri fanno a te, tu fallo a loro”, ha sostituito la regola: “Quello che Dio ha fatto a te, tu fallo agli altri”. Gesú, sulla croce, “ha distrutto in se stesso l’inimicizia” (Ef 2, 16): ha distrutto l’inimicizia, non il nemico; l’ha distrutta in se stesso, non negli altri. Ha insegnato che anche noi dobbiamo distruggere l’inimicizia, non il nemico.
È ora di renderci conto che l’opposto della misericordia non è la giustizia, ma è la vendetta. Gesú non ha opposto la misericordia alla giustizia, ma alla legge del taglione: “occhio per occhio, dente per dente”. Dio, perdonando i peccati, non rinuncia alla giustizia, rinuncia alla vendetta, cioè a volere la morte del peccatore. Gesú sulla croce non ha chiesto al Padre di vendicare la sua causa; gli ha chiesto di perdonare i suoi crocifissori. L’appello che dobbiamo lanciare al mondo è: demitizzare la vendetta! La vendetta è diventata un mito pervasivo che contagia tutto e tutti, a cominciare dai bambini. La maggioranza dei film, delle storie portate sullo schermo e dei giochi elettronici esaltano la vendetta, spacciandola per “vittoria del bene” o “trionfo dell’eroe buono”. Metà, se non più, della sofferenza che c’è nel mondo (quando non si tratta di mali naturali) dipende dal desiderio di vendetta. La misericordia che salva il mondo, salva anche la cosa più preziosa e più fragile che c’è in questo momento nel mondo, il matrimonio e la famiglia. Avviene nel matrimonio qualcosa di simile a quello che, abbiamo visto, è avvenuto nei rapporti tra Dio e l’umanità, che la Bibbia descrive infatti con l’immagine di uno sposalizio. All’inizio di tutto, dicevamo, c’è l’amore, non la misericordia; questa interviene soltanto dopo la creazione e la ribellione umana. Così avviene nel matrimonio.
All’inizio non c’è, tra marito e moglie, la misericordia; c’è l’amore e un amore spesso travolgente. Ma poi, dopo anni, o mesi di vita insieme, emergono i limiti reciproci, i problemi, di salute o di finanze, interviene la routine…Quello che può salvare un matrimonio dallo scivolare in una china senza risalita è la misericordia, intesa nel senso biblico che abbiamo visto, e cioè non solo come perdono delle offese, ma anche come compassione e tenerezza. All’eros si aggiunte l’agape, all’amore erotico, l’amore di dedizione e di sofferenza, senza, tuttavia che vada perduto l’eros che dovrebbe perdurare sempre tra gli sposi. Il matrimonio risente oggi della mentalità corrente dell’“usa e getta”. Se un apparecchio o uno strumento subisce qualche danno o una piccola ammaccatura, non si pensa a ripararlo (sono scomparsi ormai quelli che facevano questi mestieri), ma si pensa subito a sostituirlo. Si vuole la cosa nuova di zecca. Applicata al matrimonio, questa mentalità risulta del tutto errata e micidiale. Il matrimonio non è come un vaso di porcellana che si può solo sciupare con il passare del tempo, mai migliorare, e una volta che ha avuto un piccolo screzio, anche se incollato, perde metà del suo pregio. Il matrimonio appartiene all’ambito della vita e ne segue la legge. Come si mantiene e si sviluppa la vita? Forse mantenendola staticamente sotto una campana di vetro, al riparo da urti, cambiamenti e agenti atmosferici? La vita è fatta di continue perdite che l’organismo impara a riparare quotidianamente, di attacchi di agenti e virus di ogni tipo che l’organismo intelligentemente prevede e sconfigge, facendo entrare in azione i propri anticorpi. Almeno finché esso è sano. Il matrimonio dovrebbe essere come il vino che, invecchiando, migliora, non peggiora. Solo la misericordia reciproca è capace di operare questo miracolo. Che cosa suggerire ai coniugi che vorrebbero almeno tentare questa strada? Una cosa semplicissima: riscoprire un’arte dimenticata in cui eccellevano le nostre nonne e mamme: il rammendo! Alla mentalità dell’“usa e getta” bisogna sostituire quella dell’“usa e rammenda”. Non c’è bisogno di spiegare cosa significa rammendare gli strappi nella vita di coppia. San Paolo dava ottimi consigli a questo riguardo: “Non tramonti il sole sopra la vostra ira e non date occasioni al diavolo”, “sopportatevi a vicenda, perdonandovi se qualcuno abbia di che lamentarsi dell’altro”, “ portate i pesi gli uni degli altri” (cfr. Ef 4, 26-27; Col 3, 13; Gal 6, 2). Non bisogna permettere che il nemico inserisca un cuneo tra sé e l’altro. La cosa importante da capire è che in questo processo di strappi e di ricuciture, di crisi e di superamenti, il matrimonio, non si sciupa, ma cresce, si affina, migliora. Appunto, come la vita. Il segreto è saper ricominciare sempre da capo. Come la vita ricomincia ogni mattina e ad ogni istante. Sapere che nonostante tutto, proprio tutto, è possibile, volendolo insieme tutti e due, ripartire da capo, azzerare il passato, cominciare una storia nuova. Gesù fece il suo primo miracolo, a Cana di Galilea, per salvare la felicità dei due sposi. Cambiò l’acqua in vino, e tutti alla fine si trovarono d’accordo nel dire che il vino servito per ultimo era stato il migliore. Credo che Gesù sia pronto anche oggi, se lo si invita alle proprie nozze, a operare questo miracolo e far sì che il vino ultimo – l’amore e l’unità degli anni della maturità e della vecchiaia – sia migliore di quello della prima ora. Gesú continua a operare il miracolo di Cana attraverso lo Spirito Santo. È lui il vino nuovo che egli offre agli sposi cristiani. L’atto costitutivo del matrimonio è il donarsi reciproco, il fare dono del proprio corpo (cioè, nel linguaggio biblico, di tutta la persona) al coniuge. Ora noi sappiamo che lo Spirito Santo è per sua natura il dono, o meglio il donarsi reciproco del Padre e del Figlio nella Trinità. Egli è il dono fatto persona. Dove arriva lui, rinasce la capacità di farsi dono, rinasce e si rigenera l’amore coniugale. Egli non è presente solo al momento di contrarre le nozze, ma in ogni istante e in ogni gesto di donazione reciproca, compreso il più intimo di essi. Terminiamo recitando la parte finale della preghiera di papa Francesco per il giubileo della misericordia. In essa viene messo in luce proprio quello che ha costituito il tema della nostra catechesi e cioè il rapporto tra lo Spirito Santo e la misericordia:
Manda, Signore, il tuo Spirito e consacraci tutti con la sua unzione perché il Giubileo della Misericordia sia un anno di grazia del Signore e la tua Chiesa, con rinnovato entusiasmo, possa portare ai poveri il lieto messaggio, proclamare ai prigionieri e agli oppressi la libertà e ai ciechi restituire la vista. Lo chiediamo per intercessione di Maria, Madre della Misericordia, a te che vivi e regni con il Padre e lo Spirito Santo per tutti i secoli dei secoli. Amen.
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1 S. Ambrogio, Sullo Spirito Santo, II, 32.
2 S. Basilio, Sullo Spirito Santo, XVI, 38 (PG 32, 136).
3 Lutero, Risoluzioni sulle indulgenze (WA, I, p.563).
4 Guigo II, Meditazione V (SCh 163, pp. 148-150).
5 S. Basilio, Sullo Spirito Santo, XVI, 39 (PG 32, 140)
6 Messale Romano, Martedì dopo la Pentecoste.
7 Cf. Lutero, Sermone di Pentecoste (WA, 12, p. 568 s.).
8 F. Dostoevskij, L’Idiota, parte III, cap.5., Ed. Garzanti Milano 1983, pp. 478-479.
9 Lettera alla nipote Sonja Ivànova, in L’Idiota, ed. cit. p. XII.
lunedì 5 giugno 2017
Meditazione di padre Raniero Cantalamessa al Circo Massimo — Testo completo

Di seguito la meditazione tenuta da padre Raniero Cantalamessa OFMCap ai partecipanti alla veglia di preghiera di Pentecoste al Circo Massimo, organizzata sabato 3 giugno a Roma in occasione del 50° del Rinnovamento Carismatico Cattolico.
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Dagli Atti degli apostoli, capitolo secondo:
“Abitavano allora a Gerusalemme Giudei osservanti, di ogni nazione che è sotto il cielo. A quel rumore, la folla si radunò e rimase turbata, perché ciascuno li udiva parlare nella propria lingua. Erano stupiti e, fuori di sé per la meraviglia, dicevano: «Tutti costoro che parlano non sono forse Galilei? E come mai ciascuno di noi sente parlare nella propria lingua nativa? Siamo Parti, Medi, Elamiti, abitanti della Mesopotamia, della Giudea e della Cappadòcia, del Ponto e dell’Asia, della Frìgia e della Panfìlia, dell’Egitto e delle parti della Libia vicino a Cirene, Romani qui residenti, Giudei e prosèliti, Cretesi e Arabi, e li udiamo parlare nelle nostre lingue delle grandi opere di Dio». Tutti erano stupefatti e perplessi, e si chiedevano l’un l’altro: «Che cosa significa questo?» (Atti 2, 5-13).
Questa scena si rinnova oggi tra noi. Siamo venuti anche noi “da ogni nazione che è sotto il cielo” e siamo qui per proclamare insieme “le grandi opere di Dio”.
C’è un importante messaggio da scoprire in questa parte del racconto di Pentecoste. Fin dall’antichità si è capito che l’autore degli Atti – cioè, in primo luogo, lo Spirito Santo! – con questa insistenza sul fenomeno delle lingue ha voluto farci capire che a Pentecoste avviene qualcosa che rovescia quello che era avvenuto a Babele. Questo spiega perché il racconto di Babele di Genesi 11 è inserito tradizionalmente tra le letture bibliche della vigilia di Pentecoste.
I costruttori di Babele non erano, come si pensava un tempo, degli empi che intendevano sfidare Dio, una specie di corrispettivo dei titani della mitologia greca. No, erano degli uomini pii e religiosi. La torre che volevano costruire era un tempio alla divinità, uno di quei templi a terrazze sovrapposte, chiamate ziggurat, di cui restano ancora rovine in Mesopotamia.
Dov’era allora il loro peccato? Ascoltiamo cosa dicono tra loro nel mettersi all’opera: “Dissero: “Venite, costruiamoci una città e una torre, la cui cima tocchi il cielo, e facciamoci un nome, per non disperderci su tutta la terra” (Gen 11, 4). Martin Lutero fa un’osservazione illuminante a proposito di queste parole:
“Costruiamoci una città e una torre”: costruiamo per noi – non per Dio […]. “Facciamoci un nome”: facciamolo per noi. Non si danno premura che sia glorificato il nome di Dio, essi sono preoccupati di fare grande il proprio nome”[1].
In altre parole, Dio è strumentalizzato; deve servire alla loro volontà di potenza. Pensavano, secondo la mentalità del tempo, che offrendo sacrifici da una altezza maggiore potevano strappare alla divinità vittorie sui popoli vicini. Ecco perché Dio è costretto a confondere le loro lingue e mandare all’aria il loro progetto.
Questo porta di colpo la vicenda di Babele e dei suoi costruttori vicinissima a noi. Quanta parte delle divisioni tra i cristiani era dovuta al segreto desiderio di farci un nome, di elevarci al di sopra degli altri, di trattare con Dio da una posizione di superiorità rispetto agli altri! Quanta parte era dovuta al desiderio di farsi un nome, o di farlo a quello della propria Chiesa, più che a Dio! Di qui la nostra Babele!
Passiamo ora a Pentecoste. Anche qui vediamo un gruppo di uomini, gli apostoli, che si accingono a costruire una torre che va dalla terra al cielo, la Chiesa. A Babele si parlava ancora una sola lingua e a un certo punto nessuno comprende più l’altro; qui parlano tutti lingue diverse eppure tutti capiscono gli apostoli. Perché? È che lo Spirito Santo ha operato in essi una rivoluzione copernicana.
Prima di questo momento anche gli apostoli erano preoccupati di farsi un nome e per questo discutevano spesso “chi tra loro fosse il più grande”. Ora lo spirito Santo li ha decentrati da se stessi e ricentrati su Cristo. Il cuore di pietra è andato in frantumi e al suo posto batte il “cuore di carne” (Ez 36, 26). Sono stati “battezzati nello Spirito Santo”, come aveva promesso Gesú prima di lasciarli (Atti 1, 8), cioè completamente sommersi dall’oceano dell’amore di Dio effuso su di loro (cf. Rom 5,5).
Sono abbagliati dalla gloria di Dio. Il loro parlare in lingue diverse si spiega anche con il fatto che parlavano con la lingua, con gli occhi, con il volto, con le mani, con lo stupore di chi ha visto cose che non si possono ridire. “Li udiamo proclamare nelle nostre lingue le grandi opere di Dio”. Ecco perché tutti li comprendono: non parlano più di se stessi, ma di Dio!
Dio ci chiama ad attuare nella nostra vita la stessa conversione: da noi stessi a Dio, dalla piccola unità che è la nostra parrocchia, il nostro movimento, la nostra stessa Chiesa, alla grande unità che è quella dell’intero corpo di Cristo, anzi dell’intera umanità. È il passo ardito che papa Francesco sta spingendo noi cattolici a fare e che i rappresentanti di altre Chiese qui convenuti mostrano di volere condividere.
Già san’Agostino aveva messo in chiaro che la comunione ecclesiale si realizza per gradi e può avere diversi livelli: da quello più alto che consiste nel condividere sia i sacramenti esterni che la grazia interiore dello Spirito Santo, a quello meno completo che consiste nel condividere lo stesso Spirito Santo. San Paolo abbracciava nella sua comunione “tutti quelli che in ogni luogo invocano il nome del Signore nostro Gesù Cristo, Signore nostro e loro” (1 Cor 1,2). Una formula che dobbiamo forse riscoprire e tornare a valorizzare. Essa ci permette di estendere la nostra comunione anche ai fratelli Ebrei messianici.
Il fenomeno pentecostale e carismatico ha una vocazione e una responsabilità particolari, nei confronti dell’unità dei cristiani. La sua vocazione ecumenica appare ancora più evidente, se ripensiamo a ciò che avvenne all’inizio della Chiesa. Come fece il Risorto per spingere gli apostoli ad accogliere i pagani nella Chiesa? Dio mandò lo Spirito Santo su Cornelio e la sua casa nello stesso modo e con le stesse manifestazioni con cui lo aveva inviato all’inizio sugli apostoli. Sicché a Pietro non rimase che tirare la conclusione: “Se dunque Dio ha dato a loro lo stesso dono che a noi per aver creduto nel Signore Gesù Cristo, chi ero io per porre impedimento a Dio?” (At 11,17). Al concilio di Gerusalemme, Pietro ripeté questo stesso argomento: “Dio non ha fatto discriminazione tra noi e loro” (At 15, 9).
Ora noi abbiamo visto ripetersi sotto i nostri occhi questo stesso prodigio, su scala, questa volta, mondiale. Dio ha effuso il suo Spirito Santo su milioni di credenti, appartenenti a quasi tutte le denominazioni cristiane e, affinché non ci fossero dubbi sulle sue intenzioni, lo ha effuso con le stesse identiche manifestazioni, inclusa la più singolare che è il parlare in lingue. Anche a noi non resta che tirare la stessa conclusione di Pietro: “Se dunque Dio ha dato a loro lo stesso dono che a noi, chi siamo noi per continuare a dire di altri credenti cristiani: non appartengono al corpo di Cristo, non sono dei veri discepoli di Cristo”?
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Dobbiamo vedere in che cosa consiste la via carismatica all’unità. San Paolo ha tracciato alla Chiesa questo programma: “Fare la verità con la carità” (Ef 4, 15). Quello che dobbiamo fare non è scavalcare il problema della fede e delle dottrine, per ritrovarci uniti sul fronte dell’azione comune dell’evangelizzazione. L’ecumenismo ha sperimentato, ai suoi inizi, questa via e ne ha costatato il fallimento. Le divisioni riemergono ben presto, inevitabilmente, anche sul fronte dell’azione. Non dobbiamo sostituire la carità alla verità, ma piuttosto tendere alla verità con la carità; cominciare ad amarci per meglio comprenderci.
La cosa straordinaria, circa questa via ecumenica basata sull’amore, e che essa è possibile subito, è tutta aperta davanti a noi. Non possiamo “bruciare le tappe” circa la dottrina, perché le differenze ci sono e vanno risolte con pazienza, nelle sedi appropriate. Possiamo però bruciare le tappe nella carità, ed essere uniti, fin d’ora.
E l’unico “debito” che abbiamo gli uni verso gli altri (cf. Rom 13, 8). Le differenze non possono essere una scusa per non farlo. Cristo non ci ha comandato di amare solo quelli che la pensano come noi, che condividono interamente il nostro credo. Se amate solo costoro, ci ha ammonito, che fate di speciale che non facciano anche i pagani? (cf. Mt 5, 46).
Noi possiamo accoglierci l’un l’altro perché quello che già ci unisce è infinitamente più importante di quello che ancora ci divide. Ci unisce la stessa fede in Dio Padre, Figlio e Spirito Santo; Gesù Signore, vero Dio e vero uomo; la comune speranza della vita eterna, il comune impegno per l’evangelizzazione, il comune amore per il corpo di Cristo che e la Chiesa.
Ci unisce anche un’altra cosa: la comune sofferenza e il comune martirio per Cristo. In tante parti del mondo, i credenti delle diverse Chiese stanno condividendo le stesse sofferenze, sopportando lo stesso martirio per Cristo. Essi non vengono perseguitati e uccisi perché cattolici, anglicani, pentecostali o altro, ma perché “cristiani”. Agli occhi del mondo noi siamo già una cosa sola, ed è una vergogna se non lo siamo davvero, anche nella realtà.
Come fare, in concreto, per mettere in pratica questo messaggio di unità e d’amore? Ripensiamo all’inno alla carità di san Paolo. Ogni sua frase acquista un significato attuale e nuovo, se applicata all’amore tra membri delle diverse Chiese cristiane, nei rapporti ecumenici:
“La carità è paziente…La carità non si vanta…La carità non manca di rispetto…Non cerca solo il suo interesse [sottinteso: ma anche quello delle altre Chiese] Non tiene conto del male ricevuto [sottinteso: da altri cristiani, ma piuttosto di quello fatto ad essi] ( l Cor 13,4 ss).”
“Beato quel servo – diceva san Francesco d’Assisi in una delle sue Ammonizioni – che si rallegra del bene che Dio fa per mezzo degli altri, come se lo facesse per mezzo suo”. Noi possiamo dire: Beato quel cristiano che è capace di rallegrarsi del bene che Dio fa per mezzo di altre Chiese, come per il bene che fa per mezzo della propria Chiesa.
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Il profeta Aggeo ha un oracolo che sembra scritto per noi in questo momento della storia. Il popolo d’Israele è appena ritornato dall’esilio, ma anziché ricostruire insieme la casa di Dio, ognuno si mette a ricostruire ed abbellire la propria casa. Dio manda allora il suo profeta con un messaggio di rimprovero:
Vi sembra questo il tempo di abitare tranquilli nelle vostre case ben coperte, mentre questa casa è ancora in rovina? Ora, così dice il Signore degli eserciti: Riflettete bene sul vostro comportamento! Avete seminato molto, ma avete raccolto poco. […] Riflettete bene sul vostro comportamento! Salite sul monte, portate legname, ricostruite la mia casa. In essa mi compiacerò e manifesterò la mia gloria – dice il Signore (Ag 1, 4-8).
Dobbiamo sentire come rivolto a noi questo stesso rimprovero di Dio e pentirci. Coloro che ascoltarono il discorso di Pietro il giorno di Pentecoste “si sentirono trafiggere il cuore e dissero a Pietro e agli altri apostoli: ‘Che dobbiamo fare, fratelli?” Pentitevi –fu la risposta dell’apostolo -, dopo riceverete il dono dello Spirito Santo” (Atti 2, 37 s.). Una rinnovata effusione di Spirito Santo non sarà possibile senza un corale movimento di pentimento da parte di tutti i cristiani. Sarà una delle intenzioni principali della preghiera che seguirà questo momento di condivisione.
Dopo che il popolo d’Israele si accinse a ricostruire il tempio di Dio, il profeta Aggeo fu inviato di nuovo al popolo, ma questa volta con messaggio di incoraggiamento e di consolazione:
Ora, coraggio, Zorobabele – oracolo del Signore -, coraggio, Giosuè, figlio di Iosadàk, sommo sacerdote; coraggio, popolo tutto del paese – oracolo del Signore – e al lavoro, perché io sono con voi […] Il mio spirito sarà con voi, non temete” (Ag 2, 4-5).
La stessa parola di consolazione è rivolta ora a noi cristiani e io ardisco farla risuonare in questo luogo, non come una semplice citazione biblica, ma come parola di Dio viva ed efficace che opera ora e qui quello che significa: “Coraggio, papa Francesco! Coraggio capi e rappresentanti di altre confessioni cristiane! Coraggio popolo tutto di Dio, e al lavoro perché io sono con voi, dice il Signore! Il mio Spirito sarà con voi”.
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NOTA
[1] Martin Lutero, In Genesin Enarrationes, WA, vol. 42, p. 411.
domenica 4 giugno 2017
Santa Messa presieduta da Papa Francesco nella Solennità di Pentecoste. Omelia e Regina Coeli
Santa Messa presieduta da Papa Francesco nella Solennità di Pentecoste. "Il perdono è il dono all’ennesima potenza, è l’amore più grande, quello che tiene uniti nonostante tutto, che impedisce di crollare, che rinforza e rinsalda. Il perdono libera il cuore e permette di ricominciare: il perdono dà speranza e senza perdono non si edifica la Chiesa"
Sala stampa della Santa Sede
Alle ore 10.30 di questa mattina, Domenica di Pentecoste, il Santo Padre Francesco celebra la Santa Messa in Piazza San Pietro. Concelebrano Cardinali, Vescovi e Sacerdoti.Omelia del Santo Padre
Si conclude oggi il tempo di Pasqua, cinquanta giorni che, dalla Risurrezione di Gesù alla Pentecoste, sono contrassegnati in modo speciale dalla presenza dello Spirito Santo. È lui infatti il Dono pasquale per eccellenza. È lo Spirito creatore, che realizza sempre cose nuove. Due novità ci vengono mostrate nelle Letture di oggi: nella prima, lo Spirito fa dei discepoli un popolo nuovo; nel Vangelo, crea nei discepoli un cuore nuovo.
Un popolo nuovo. Nel giorno di Pentecoste lo Spirito discese dal cielo, in forma di «lingue come di fuoco, che si dividevano e si posarono su ciascuno […], e tutti furono colmati di Spirito Santo e cominciarono a parlare in altre lingue» (At 2,3-4).
La Parola di Dio così descrive l’azione dello Spirito, che prima si posa su ciascuno e poi mette tutti in comunicazione. A ognuno dà un dono e tutti raduna in unità. In altre parole, il medesimo Spirito crea la diversità e l’unità e in questo modo plasma un popolo nuovo, variegato e unito: la Chiesa universale. Dapprima, con fantasia e imprevedibilità, crea la diversità; in ogni epoca fa infatti fiorire carismi nuovi e vari. Poi lo stesso Spirito realizza l’unità: collega, raduna, ricompone l’armonia: «Con la sua presenza e la sua azione riunisce nell’unità spiriti che tra loro sono distinti e separati» (Cirillo di Alessandria, Commento sul vangelo di Giovanni, XI, 11). Cosicché ci sia l’unità vera, quella secondo Dio, che non è uniformità, ma unità nella differenza.
Per fare questo è bene aiutarci a evitare due tentazioni ricorrenti. La prima è quella di cercare la diversità senza l’unità. Succede quando ci si vuole distinguere, quando si formano schieramenti e partiti, quando ci si irrigidisce su posizioni escludenti, quando ci si chiude nei propri particolarismi, magari ritenendosi i migliori o quelli che hanno sempre ragione. Sono i cosiddetti 'custodi della verità'. Allora si sceglie la parte, non il tutto, l’appartenere a questo o a quello prima che alla Chiesa; si diventa “tifosi” di parte anziché fratelli e sorelle nello stesso Spirito; cristiani “di destra o di sinistra” prima che di Gesù; custodi inflessibili del passato o avanguardisti del futuro prima che figli umili e grati della Chiesa. Così c’è la diversità senza l’unità. La tentazione opposta è invece quella di cercare l’unità senza la diversità. In questo modo, però, l’unità diventa uniformità, obbligo di fare tutto insieme e tutto uguale, di pensare tutti sempre allo stesso modo. Così l’unità finisce per essere omologazione e non c’è più libertà. Ma, dice San Paolo, «dove c’è lo Spirito del Signore, c’è libertà» (2 Cor 3,17).
La nostra preghiera allo Spirito Santo è allora chiedere la grazia di accogliere la sua unità, uno sguardo che abbraccia e ama, al di là delle preferenze personali, la sua Chiesa, la nostra Chiesa; di farci carico dell’unità tra tutti, di azzerare le chiacchiere che seminano zizzania e le invidie che avvelenano, perché essere uomini e donne di Chiesa significa essere uomini e donne di comunione; è chiedere anche un cuore che senta la Chiesa nostra madre e nostra casa: la casa accogliente e aperta, dove si condivide la gioia pluriforme dello Spirito Santo.
E veniamo allora alla seconda novità: un cuore nuovo. Gesù Risorto, apparendo per la prima volta ai suoi, dice: «Ricevete lo Spirito Santo. A coloro a cui perdonerete i peccati, saranno perdonati» (Gv 20,22-23). Gesù non condanna i suoi, che lo avevano abbandonato e rinnegato durante la Passione, ma dona loro lo Spirito del perdono. Lo Spirito è il primo dono del Risorto e viene dato anzitutto per perdonare i peccati. Ecco l’inizio della Chiesa, ecco il collante che ci tiene insieme, il cemento che unisce i mattoni della casa: il perdono. Perché il perdono è il dono all’ennesima potenza, è l’amore più grande, quello che tiene uniti nonostante tutto, che impedisce di crollare, che rinforza e rinsalda. Il perdono libera il cuore e permette di ricominciare: il perdono dà speranza e senza perdono non si edifica la Chiesa.
Lo Spirito del perdono, che tutto risolve nella concordia, ci spinge a rifiutare altre vie: quelle sbrigative di chi giudica, quelle senza uscita di chi chiude ogni porta, quelle a senso unico di chi critica gli altri. Lo Spirito ci esorta invece a percorrere la via a doppio senso del perdono ricevuto e donato, della misericordia divina che si fa amore al prossimo, della carità come «unico criterio secondo cui tutto deve essere fatto o non fatto, cambiato o non cambiato» (Isacco della Stella, Discorso 31).
Chiediamo la grazia di rendere sempre più bello il volto della nostra Madre Chiesa rinnovandoci con il perdono e correggendo noi stessi: solo allora potremo correggere gli altri nella carità.
Chiediamolo allo Spirito Santo, fuoco d’amore che arde nella Chiesa e dentro di noi, anche se spesso lo copriamo con la cenere delle nostre colpe: “Spirito di Dio, Signore che sei nel mio cuore e nel cuore della Chiesa, tu che porti avanti la Chiesa, plasmandola nella diversità, vieni. Per vivere abbiamo bisogno di Te come dell’acqua: scendi ancora su di noi e insegnaci l’unità, rinnova i nostri cuori e insegnaci ad amare come Tu ci ami, a perdonare come Tu ci perdoni. Amen”.
Il Regina Coeli di Papa Francesco. Parole al termine della Santa Messa nella solennità della Pentecoste. Preghiere per le vittime di Londra
Cari fratelli e sorelle,
oggi, festa di Pentecoste, viene pubblicato il mio Messaggio per la prossima Giornata Missionaria Mondiale, che si celebra ogni anno nel mese di ottobre. Il tema è: La missione al cuore della fede cristiana.
Lo Spirito Santo sostenga la missione della Chiesa nel mondo intero e dia forza a tutti i missionari e le missionarie del Vangelo.
Lo Spirito doni pace al mondo intero; guarisca le piaghe della guerra e del terrorismo, che anche questa notte, a Londra, ha colpito civili innocenti: preghiamo per le vittime e i familiari.
Saluto tutti voi, pellegrini provenienti dall’Italia e da tante parti del mondo, che avete partecipato a questa celebrazione. In particolare, i gruppi del Rinnovamento carismatico cattolico, che festeggia il 50° di fondazione, e anche i fratelli e le sorelle di altre confessioni cristiane che si uniscono alla nostra preghiera.
Saluto le Figlie di Maria Ausiliatrice dei Paesi latinoamericani.
Saluto e ringrazio il coro e l’orchestra dei ragazzi di Carpi, che hanno eseguito alcuni canti durante questa Santa Messa, in collaborazione con la Cappella Sistina.
Invochiamo ora la materna intercessione della Vergine Maria. Ella ci ottenga la grazia di essere fortemente animati dallo Spirito Santo, per testimoniare Cristo con franchezza evangelica.
Sala stampa della Santa Sede
Alle ore 10.30 di questa mattina, Domenica di Pentecoste, il Santo Padre Francesco celebra la Santa Messa in Piazza San Pietro. Concelebrano Cardinali, Vescovi e Sacerdoti.Omelia del Santo Padre
Si conclude oggi il tempo di Pasqua, cinquanta giorni che, dalla Risurrezione di Gesù alla Pentecoste, sono contrassegnati in modo speciale dalla presenza dello Spirito Santo. È lui infatti il Dono pasquale per eccellenza. È lo Spirito creatore, che realizza sempre cose nuove. Due novità ci vengono mostrate nelle Letture di oggi: nella prima, lo Spirito fa dei discepoli un popolo nuovo; nel Vangelo, crea nei discepoli un cuore nuovo.
Un popolo nuovo. Nel giorno di Pentecoste lo Spirito discese dal cielo, in forma di «lingue come di fuoco, che si dividevano e si posarono su ciascuno […], e tutti furono colmati di Spirito Santo e cominciarono a parlare in altre lingue» (At 2,3-4).
La Parola di Dio così descrive l’azione dello Spirito, che prima si posa su ciascuno e poi mette tutti in comunicazione. A ognuno dà un dono e tutti raduna in unità. In altre parole, il medesimo Spirito crea la diversità e l’unità e in questo modo plasma un popolo nuovo, variegato e unito: la Chiesa universale. Dapprima, con fantasia e imprevedibilità, crea la diversità; in ogni epoca fa infatti fiorire carismi nuovi e vari. Poi lo stesso Spirito realizza l’unità: collega, raduna, ricompone l’armonia: «Con la sua presenza e la sua azione riunisce nell’unità spiriti che tra loro sono distinti e separati» (Cirillo di Alessandria, Commento sul vangelo di Giovanni, XI, 11). Cosicché ci sia l’unità vera, quella secondo Dio, che non è uniformità, ma unità nella differenza.
Per fare questo è bene aiutarci a evitare due tentazioni ricorrenti. La prima è quella di cercare la diversità senza l’unità. Succede quando ci si vuole distinguere, quando si formano schieramenti e partiti, quando ci si irrigidisce su posizioni escludenti, quando ci si chiude nei propri particolarismi, magari ritenendosi i migliori o quelli che hanno sempre ragione. Sono i cosiddetti 'custodi della verità'. Allora si sceglie la parte, non il tutto, l’appartenere a questo o a quello prima che alla Chiesa; si diventa “tifosi” di parte anziché fratelli e sorelle nello stesso Spirito; cristiani “di destra o di sinistra” prima che di Gesù; custodi inflessibili del passato o avanguardisti del futuro prima che figli umili e grati della Chiesa. Così c’è la diversità senza l’unità. La tentazione opposta è invece quella di cercare l’unità senza la diversità. In questo modo, però, l’unità diventa uniformità, obbligo di fare tutto insieme e tutto uguale, di pensare tutti sempre allo stesso modo. Così l’unità finisce per essere omologazione e non c’è più libertà. Ma, dice San Paolo, «dove c’è lo Spirito del Signore, c’è libertà» (2 Cor 3,17).
La nostra preghiera allo Spirito Santo è allora chiedere la grazia di accogliere la sua unità, uno sguardo che abbraccia e ama, al di là delle preferenze personali, la sua Chiesa, la nostra Chiesa; di farci carico dell’unità tra tutti, di azzerare le chiacchiere che seminano zizzania e le invidie che avvelenano, perché essere uomini e donne di Chiesa significa essere uomini e donne di comunione; è chiedere anche un cuore che senta la Chiesa nostra madre e nostra casa: la casa accogliente e aperta, dove si condivide la gioia pluriforme dello Spirito Santo.
E veniamo allora alla seconda novità: un cuore nuovo. Gesù Risorto, apparendo per la prima volta ai suoi, dice: «Ricevete lo Spirito Santo. A coloro a cui perdonerete i peccati, saranno perdonati» (Gv 20,22-23). Gesù non condanna i suoi, che lo avevano abbandonato e rinnegato durante la Passione, ma dona loro lo Spirito del perdono. Lo Spirito è il primo dono del Risorto e viene dato anzitutto per perdonare i peccati. Ecco l’inizio della Chiesa, ecco il collante che ci tiene insieme, il cemento che unisce i mattoni della casa: il perdono. Perché il perdono è il dono all’ennesima potenza, è l’amore più grande, quello che tiene uniti nonostante tutto, che impedisce di crollare, che rinforza e rinsalda. Il perdono libera il cuore e permette di ricominciare: il perdono dà speranza e senza perdono non si edifica la Chiesa.
Lo Spirito del perdono, che tutto risolve nella concordia, ci spinge a rifiutare altre vie: quelle sbrigative di chi giudica, quelle senza uscita di chi chiude ogni porta, quelle a senso unico di chi critica gli altri. Lo Spirito ci esorta invece a percorrere la via a doppio senso del perdono ricevuto e donato, della misericordia divina che si fa amore al prossimo, della carità come «unico criterio secondo cui tutto deve essere fatto o non fatto, cambiato o non cambiato» (Isacco della Stella, Discorso 31).
Chiediamo la grazia di rendere sempre più bello il volto della nostra Madre Chiesa rinnovandoci con il perdono e correggendo noi stessi: solo allora potremo correggere gli altri nella carità.
Chiediamolo allo Spirito Santo, fuoco d’amore che arde nella Chiesa e dentro di noi, anche se spesso lo copriamo con la cenere delle nostre colpe: “Spirito di Dio, Signore che sei nel mio cuore e nel cuore della Chiesa, tu che porti avanti la Chiesa, plasmandola nella diversità, vieni. Per vivere abbiamo bisogno di Te come dell’acqua: scendi ancora su di noi e insegnaci l’unità, rinnova i nostri cuori e insegnaci ad amare come Tu ci ami, a perdonare come Tu ci perdoni. Amen”.
Il Regina Coeli di Papa Francesco. Parole al termine della Santa Messa nella solennità della Pentecoste. Preghiere per le vittime di Londra
Cari fratelli e sorelle,
oggi, festa di Pentecoste, viene pubblicato il mio Messaggio per la prossima Giornata Missionaria Mondiale, che si celebra ogni anno nel mese di ottobre. Il tema è: La missione al cuore della fede cristiana.
Lo Spirito Santo sostenga la missione della Chiesa nel mondo intero e dia forza a tutti i missionari e le missionarie del Vangelo.
Lo Spirito doni pace al mondo intero; guarisca le piaghe della guerra e del terrorismo, che anche questa notte, a Londra, ha colpito civili innocenti: preghiamo per le vittime e i familiari.
Saluto tutti voi, pellegrini provenienti dall’Italia e da tante parti del mondo, che avete partecipato a questa celebrazione. In particolare, i gruppi del Rinnovamento carismatico cattolico, che festeggia il 50° di fondazione, e anche i fratelli e le sorelle di altre confessioni cristiane che si uniscono alla nostra preghiera.
Saluto le Figlie di Maria Ausiliatrice dei Paesi latinoamericani.
Saluto e ringrazio il coro e l’orchestra dei ragazzi di Carpi, che hanno eseguito alcuni canti durante questa Santa Messa, in collaborazione con la Cappella Sistina.
Invochiamo ora la materna intercessione della Vergine Maria. Ella ci ottenga la grazia di essere fortemente animati dallo Spirito Santo, per testimoniare Cristo con franchezza evangelica.
sabato 14 maggio 2016
Con lo Spirito tutto, senza di Lui nulla
di Piero Gheddo
Gesù aveva promesso agli Apostoli che avrebbe mandato lo Spirito Santo: «Non vi lascerò soli, vi manderò lo Spirito Santo…. Io sarò con voi tutti i giorni, fino alla fine dei tempi». Pochi giorni dopo l’Ascensione, gli Apostoli erano nel Cenacolo con Maria «per paura dei giudei», la Terza Persona della SS. Trinità scende su di loro sotto forma di fiammelle di fuoco, li fortifica nella fede e dà loro il coraggio di annunziare che Cristo crocifisso, morto e risorto, è il Figlio di Dio, il Salvatore.?
Non solo, ma quei poveri pescatori si sono divisi il mondo e sonousciti dalla Palestina per raggiungere gli altri popoli. San Paolo è un esempio, ma lo Spirito Santo ha dato agli Apostoli la forza e il coraggio di affrontare il martitrio.?Senza la forza di Dio, come potevano dodici pescatori, rifiutati dal loro mondo ebraico, diffondere la Chiesa tra popoli nuovi e dare a queste piccole comunità una continuità e un’unità sotto il loro capo, un pescatore come loro??Così nasce la Chiesa e lo Spirito Santo rimane con la Chiesa da allora alla fine del mondo. Tre punti di riflessione:
1) L’azione dello Spirito Santo nella Chiesa. Gesù ha mandato loSpirito Santo. Sapeva di affidare la sua Chiesa a uomini piccoli, deboli, poco colti, pieni di difetti; se fossero stati lasciati soli, la sua memoria e il suo Vangelo non sarebbero giunti fino a noi nella loro integrità. In duemila anni l’umanità è radicalmente cambiata più e più volte e oggi le nuove scoperte rivoluzionano la società umana. Gesù voleva che il suo messaggio fosse portato a tutti gli uomini, a tutte le culture umane e ha mandato lo Spirito Santo che agisce nella Chiesa per mantenerla nell’unità e fedele a Cristo e per portare il Vangelo a tutti gli uomini. E questo significa due cose:
a) Unità nell’obbedienza al Vicario in terra di Gesù, Pietro, il Papa, con tutti i vescovi uniti al Papa. In duemila anni la Chiesa ha perso le Chiese ortodosse e quelle protestanti. La Chiesa di Roma ha mantenuto la successione di Pietro, con 264 Papi e 21 Concili ecumenici, da quello di Nicea (325 dopo Cristo) al Vaticano II (1962-1965). Le Chiese separate da Roma si sono divise e suddivise, quella cattolica è rimasta unita, anche se oggi intendiamo in modo diverso il primato del Papa. Gesù ha pregato per l’unità della Chiesa: «Padre, che siano una cosa sola come siamo noi».
b) L’assistenza dello Spirito Santo si manifesta nella missione alle genti. «Andate in tutto il mondoannunziate il Vangelo ad ogni creatura»… «Voi sarete miei testimoni a Gerusalemme, in Giudea e in Samaria e fino agli estremi confini della terra». Ancor oggi la Chiesa è missionaria e lo Spirito agisce in modo misterioso ma efficace. Esempio della Cina di Mao: in trent’anni di persecuzione feroce e i cattolici sono aumentati da 3,7 a circa 15 o più milioni! Nelle missioni, dove nasce la Chiesa, lo Spirito Santo si manifesta come negli Atti degli Apostoli. Lo Spirito non va mai in pensione, non dorme mai, non va mai in vacanza! Ogni pessimismo sul futuro della Chiesa e del cristianesimo è segno di poca fede!
2) Lo Spirito Santo agisce in ciascun battezzato per renderlo testimone di Cristo. Siamo tutti chiamati alla santità, che è amore e imitazione di Cristo. Il “Giubileo della Misericordia di Dio”, istituito da papa Francesco, termina il 20 novembre prossimo, è il richiamo eccezionale per convertirci a Cristo. Tu che mi leggi hai già fatto il Giubileo? Lo Spirito Santo è pronto ad aiutarci. Chiediamogli la spinta necessaria per diventare più simili al Signore Gesù, per amarlo e testimoniarlo.?Nella festa dell’Ascensione domenica scorsa, papa Francesco ha detto: «Il Signore risorto… con il dono dello Spirito Santo continua ad aprire la nostra mente e il nostro cuore, per annunciare il suo amore e la sua misericordia anche negli ambienti più refrattari delle nostre famiglie e delle nostre città. È lo Spirito Santo il vero artefice della multiforme testimonianza che la Chiesa e ogni battezzato rendono nel mondo. Non possiamo trascurare la preghiera per invocare il dono dello Spirito».
In Italia ci lamentiamo della decadenza religiosa e morale del nostro popolo e per le troppe notizienegative che inondano giornali e Tv: corruzione, famiglie divise, scandali, aumento dei disoccupati, furti, rapine, delitti. Ma esistono tante persone buone e anche sante in mezzo al nostro popolo. Il Bene non fa notizia, ma esiste e cresce in modo misterioso per l’azione dello Spirito Santo.?La nostra crisi ha molte radici, ma sostanzialmente è conseguenza del fatto noi abbandoniamo Dio e Dio abbandona noi. Ad esempio, se fra due sposi non c’è Dio, è molto difficile vivere assieme per tutta la vita.?Care sorelle e cari fratelli, noi siamo tutti creati da Dio «a sua immagine e somiglianza». C’è in ciascuno di noi una scintilla di Dio. La fede vissuta con amore e generosità è una marcia in più nella vita e noi diventiamo testimoni di Cristo nella nostra famiglia e nel mondo.
3) Lo Spirito Santo porta Gesù Cristo fino agii estremi confini della terra.?A giugno compio 63 anni di Messa. Ho girato il mondo e ho visitato circa 90 Paesi. Credetemi, posso dirvi con sincerità che in nessun Paese del mondo si vive così bene come in quelli con radici cristiane, pur con tutte le nostre crisi. Tant’è vero che i migranti vengono nei Paesi cristiani, non scappano in altri paesi.?Ricordatevi! Noi siamo i privilegiati dell’umanità. Abbiamo ricevuto il dono della fede, ciascuno di noi è impegnato ad essere testimone di Cristo nella nostra società.?Nelle giovani Chiese ho visto lo Spirito Santo in azione. Quelle piccole comunità cristiane, spesso perseguitate e molto meno istruite nella fede di noi, annunziano il Vangelo ai non cristiani.
L’ho visto in Corea del Sud, dove c’è libertà. I cattolici sono passati dallo 0,6% nel 1960 (180.000) a circa il 10% nel 2010 (5 milioni su 50) e c’è la campagna del twenty/tweny, cioè al 20% nel 2020. Con i protestanti, i cristiani sono circa il 30% nella Corea del Sud!?La rinascita cristiana in Italia deve partire da quella che papa Francesco chiama «La Chiesa in uscita». Ciascuno di noi deve capire che la Fede ci è donata non solo per viverla noi, ma per , essere testimoni di Gesù nella società italiana, ciascuno secondo le proprie possibilità. Preghiamo lo Spirito Santo che ci aiuti!
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***

I 50 giorni più belli dell’anno
di Mario Barbieri
Stanno per concludersi questi 50 giorni di Pasqua, anche quest’anno come ogni anno, sino alla venuta del Signore, quando saremo introdotti per sempre nel Banchetto Celeste, nella Festa senza fine, nell’8° Giorno , giorno che non conosce tramonto.
Questi 50 giorni che vanno dalla celebrazione della Risurrezione di Gesù nella Veglia di Pasqua, fino alla Domenica di Pentecoste, che celebra il dono dello Spirito Santo agli Apostoli e alla Chiesa, sono come una primizia, sono da viversi in pienezza per gustare un “assaggio” di ciò che ci attende.
Questi 50 giorni che vanno dalla celebrazione della Risurrezione di Gesù nella Veglia di Pasqua, fino alla Domenica di Pentecoste, che celebra il dono dello Spirito Santo agli Apostoli e alla Chiesa, sono come una primizia, sono da viversi in pienezza per gustare un “assaggio” di ciò che ci attende.
E’ la Festa di Pasqua, è Pasqua, non sono solo i giorni “dopo” Pasqua. È un tempo d’intensa gioia e di pace, di condivisione di vita con Cristo e in Cristo. Dio è gioia eterna per l’uomo. Lui, il risorto, ci attira tutti a sé, ci chiama a condividere la Sua vita.
Per l’importanza che ha il giorno di Pasqua, esso è seguito, quasi prolungato eternamente, da sette giorni di festa che sono un solo giorno con la Pasqua e da un ulteriore giorno (l’ottavo) che dà il segno della perfezione e della pienezza, da ciò l’Ottava di Pasqua.
L’8° giorno è già di per sé un simbolo.
I Cristiani della Chiesa antica, chiamavano il giorno di Pasqua e ogni Domenica, precisamente l’ottavo giorno, l’ultimo, quello che non conosce tramonto. Il Cristo risorto inaugura un giorno che non finisce. Dopo la risurrezione di Gesù non inizia una nuova settimana: c’è l’ottavo giorno.
Anche Dio ha lavorato sette giorni alla Creazione, per entrare (usiamo questi termini metaforici) nella contemplazione di ciò che aveva fatto …nell’8° giorno.
Non è un caso se nella Scrittura tutta una lunga serie di prescrizioni del Levitico, che vanno dalla restituzione di un prestito, alla circoncisione dei neonati, alla celebrazione dei sacrifici, è posta nell’8° giorno.
Otto erano i lati del fonte battesimale o degli stessi muri perimetrali di molti battisteri, perché con il Battesimo si entra, si accede, tramite la Fede, alla Vita Eterna.
I Cristiani della Chiesa antica, chiamavano il giorno di Pasqua e ogni Domenica, precisamente l’ottavo giorno, l’ultimo, quello che non conosce tramonto. Il Cristo risorto inaugura un giorno che non finisce. Dopo la risurrezione di Gesù non inizia una nuova settimana: c’è l’ottavo giorno.
Anche Dio ha lavorato sette giorni alla Creazione, per entrare (usiamo questi termini metaforici) nella contemplazione di ciò che aveva fatto …nell’8° giorno.
Non è un caso se nella Scrittura tutta una lunga serie di prescrizioni del Levitico, che vanno dalla restituzione di un prestito, alla circoncisione dei neonati, alla celebrazione dei sacrifici, è posta nell’8° giorno.
Otto erano i lati del fonte battesimale o degli stessi muri perimetrali di molti battisteri, perché con il Battesimo si entra, si accede, tramite la Fede, alla Vita Eterna.
L’Ottava di Pasqua era il tempo in cui i Cristiani battezzati nella Veglia pasquale seguivano gli insegnamenti mistagogici di approfondimento della Fede e della Morale e nell’ottavo giorno deponevano la veste bianca ricevuta nel battesimo.
Da questo fatto, la seconda Domenica di Pasqua prese il nome di “Domenica in albis”.
Da questo fatto, la seconda Domenica di Pasqua prese il nome di “Domenica in albis”.
Come arriviamo ai 50 giorni? Di nuovo una simbologia che gioca sui numeri e il loro significato simbolico: 7 x 7+1 (una “settimana di settimane” +1) = pienezza totale, massima perfezione. Un tempo che riunisce in sé le Feste Cristiane che sono un’unità inscindibile con la Risurrezione, la festa dell’Ascensione e della Pentecoste. Un Tempo per gustare al massimo la gioia della Resurrezione e dei suoi frutti.
Un Tempo di “grande allegrezza” lo definisce Tertulliano. Sono 50 giorni da viversi come un’unica unità, così che il Tempo di Pasqua, con la gioia prolungata del trionfo pasquale, è divenuto per i padri della Chiesa l’immagine dell’eternità e del raggiungimento del mistero di Cristo.
Così dovrebbe essere per noi oggi…
Un Tempo di “grande allegrezza” lo definisce Tertulliano. Sono 50 giorni da viversi come un’unica unità, così che il Tempo di Pasqua, con la gioia prolungata del trionfo pasquale, è divenuto per i padri della Chiesa l’immagine dell’eternità e del raggiungimento del mistero di Cristo.
Così dovrebbe essere per noi oggi…
Per tutto il Tempo di Pasqua la Liturgia tralascia la parola profetica veterotestamentaria per soffermarsi a riflettere sugli effetti della Pasqua nei Discepoli, facendoci leggere per intero gli Atti degli Apostoli che ci mettono a confronto con la missionarietà della Chiesa nata dalla Pasqua di Cristo. Con l’Azione dello Spirito Santo che tutto trasforma e persino sconvolge.
Ci invita a fare nostre la tensione e la forza dei primi Apostoli, di Paolo della sua testimonianza, non priva di ostacoli e dure persecuzioni, un agire mosso dallo Spirito che gli dona forza ma anche un grande discernimento. Un discernimento profetico sulla sua stessa vita, quando salutando gli anziani di Mileto (Atti 20) avrà piena consapevolezza che sarà per l’ultima volta, ma avvinto dallo Spirito Santo afferma: “Non ritengo tuttavia la mia vita meritevole di nulla, purché conduca a termine la mia corsa e il servizio che mi fu affidato dal Signore Gesù, di rendere testimonianza al messaggio della grazia di Dio.”
Ci invita a fare nostre la tensione e la forza dei primi Apostoli, di Paolo della sua testimonianza, non priva di ostacoli e dure persecuzioni, un agire mosso dallo Spirito che gli dona forza ma anche un grande discernimento. Un discernimento profetico sulla sua stessa vita, quando salutando gli anziani di Mileto (Atti 20) avrà piena consapevolezza che sarà per l’ultima volta, ma avvinto dallo Spirito Santo afferma: “Non ritengo tuttavia la mia vita meritevole di nulla, purché conduca a termine la mia corsa e il servizio che mi fu affidato dal Signore Gesù, di rendere testimonianza al messaggio della grazia di Dio.”
È lecito dunque domandarsi: “È questo il Tempo di Pasqua da noi vissuto?”
“È questo lo spirito che alberga nei nostri cuori?”, oggi che questo Tempo volge al termine?
“È questo lo spirito che alberga nei nostri cuori?”, oggi che questo Tempo volge al termine?
Se così non è stato, facciamone memoria se a Dio piacerà concederci un altro Tempo di 50 giorni il prossimo anno – che non è cosa certa per nessuno – perché ciò che la Chiesa ci dona nei suoi Tempi forti (e quale Tempo più forte di quello di Pasqua) e nelle sue Liturgie, non è semplice memoria, celebrazione o esaltazione, è una azione di Grazia, è uno Spirito che cerca un cuore che lo accolga, un corpo che attui il Suo agire, così che Dio ancora si manifesti all’Uomo, oggi come ieri, in questa Pasqua 2016 come in quella dell’Anno zero.
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