Un día, un profeta, hablando en nombre de Dios, dice: "Dice Dios: Aquí hay un cáliz, una copa en mi mano, una copa de amargura. Lo haré beber a mi pueblo, que me abandonó, que se fue tras otros ídolos, que fornica con ellos, adultera con otros ídolos, que se ríe de mí y dice Yahvé, Yahvé, pero ¿quién te conoce? Bueno, dile a ese pueblo: he preparado para ti una copa, un cáliz de vértigo que te hará sentir la experiencia de la muerte”.
Cristo beberá esta copa por ti. Pero ¿cómo es posible? ¿Por qué Cristo te ha amado tanto cuando eras, cuando somos malvados? ¿Pero tenemos mérito nosotros para ser amados por Dios? ¡Esto es un milagro inmenso!
Nos ha amado cuando éramos enemigos, cuando éramos malos, cuando estábamos en nuestras idolatrías: ¡Él se ofreció a sí mismo! Entonces la ley, la ley que era desfavorable, la ley de Dios que todos habíamos fallado, esa cláusula desfavorable contra nosotros porque decía "No robarás" y hemos robado y debemos pagar la pena, esa cláusula desfavorable, Cristo la ha cancelado, la ha destruido en su cuerpo, destruyó en su cuerpo el cuerpo del pecado. Hermanos, ahora os digo: ofreció su cuerpo a la cruz, a la tortura y a la muerte para pagar por cada pecado. Lo pagó Él con su muerte. Murió por tus pecados, murió por ti, y a ti se te ofrece ahora participar en su muerte.
¿Cómo te aplica a ti la muerte de Cristo? Solo sacramentalmente.
Para que la muerte de Cristo tenga un valor redentor en ti, necesitas algunas cosas. Para que verdaderamente la muerte de Cristo sirva en sustitución de tu muerte, tenga un valor sacerdotal, vicario, verdaderamente válido en favor de tus pecados, es necesaria la conversión.
¿Qué significa la conversión? ¡Creer! Cree en esto que te estamos diciendo: que verdaderamente Cristo dio su vida por ti y que sumergirse en la muerte de Cristo significa bautizarse. Es por eso que la penitencia se llama el segundo bautismo, como nos dijo el Papa, tercer bautismo, cuarto, quinto, sexto, décimo, undécimo y ciento veinticinco que vas a hacer, esta mañana, como un bautismo.
Es decir, déjate bañar por la cruz de Cristo, por su sangre que te limpia, para que la muerte de Cristo valga para ti. Y entonces todos tus pecados -como él pagó tus pecados con su muerte- son perdonados. ¡Pero no solo vino a perdonar tus pecados para que tu cuenta bancaria, tu deuda quede pagada, sino que ¡Dios lo resucitó de la muerte! Precisamente porque todos los pecados están perdonados, de todos los hombres, precisamente porque él entró en la muerte en tu nombre, en mi nombre, Kiko, "¡Por Kiko, Padre!" entonces siente un dolor terrible. Él no ha cometido ningún pecado, no debe sufrir nada: El sufrimiento lo debe sufrir el malvado por sus pecados, es el castigo. Entonces él, sintiendo su cabeza atravesada, la cruz... los médicos dicen que los nervios pasan por aquí, y que tuvo que sufrir mucho, mucho, mucho. Imagina que se ofreció por los pecados que cometió Kiko, que es un egoísta, es esto otro, y esto, mis pecados, el orgullo, él está pagando, él está tomando mis pecados y con esto me está mostrando a mí -porque era Dios, Cristo es Dios- que esa catequesis del maligno de que Dios no me ama no era verdad, no era verdad en absoluto, que Dios es amor para mí, que me ama, que viene a rescatarme, que es capaz de sufrir por mí.
Y me ama con un amor nuevo, un amor gratuito y no un amor que necesita que yo sea bueno para amarme, como ama el mundo, que dice la mamá: "Si te portas bien, te quiero, pero si no lo haces, no te dirigiré la palabra" ¿Eh? Normal. Nos aman si somos buenos, pero si somos malos, nadie nos quiere. Pues no: Jesús nos amó primero, esta es la noticia, ¡primero! San Pablo dice, esto es lo que dice la Escritura, yo lo digo por el testimonio de mi carne, soy testigo de estas cosas, no estoy inventando nada, digo lo que dice San Pablo: "Alguien daría su vida por un hombre bueno, pero por un malvado ¿quién dará vida?” Jesús dio su vida por ti, por ti: y dio su vida por cada hombre que esté en las casas que vais a visitar. A cada hombre le han sido perdonados sus pecados. Fue a la cruz por Kiko: "Yo soy Kiko ahora".
Por tanto Kiko entra en la muerte, Cristo muere por Kiko y como Él murió por mis pecados -el salario del pecado es la muerte-, Él pagó por mis pecados. Mis pecados están cancelados. Yo ya no debo morir. Entonces, ¿cómo demuestra que Dios me ha perdonado? ¡Cristo sale de la tumba! Pero en Cristo, Kiko sale de la tumba, estoy resucitado. Entonces la idea fundamental de Dios se restaura: ¡Dios me creó para que no muriera, para vivir para siempre! De modo que hemos sido devueltos al paraíso, la creación ha sido reconstruida: una nueva creación surge con la resurrección de Cristo.
Y esta resurrección es nuestra justificación, es válida para todos los hombres de la tierra. ¿Cómo podemos regresar a casa, a nuestros afanes y no agarrar un bastón e ir hasta al último lugar de la tierra para salvar a los hombres de la esclavitud que los somete a la muerte? ¡Por qué Cristo nuestra Pascua ha resucitado! ¿Y dónde está Cristo resucitado? Hermanos, está en el cielo. Fijaos que la fe nace de la tradición, la traditio.
¿Qué significa traditio? El kerygma. ¿Cuál es la primera traditio? San Pablo dice: "Te transmito la tradición que yo he recibido -la traditio-: que Cristo murió por nuestros pecados y al tercer día resucitó, y se apareció físicamente primero a Pedro, luego a Santiago, después a los once reunidos y luego a más de 500 hermanos que se habían reunido a la vez”. Cristo se les apareció, y algunos de estos todavía viven, viven, puedes ir a verlos y te contarán: "De hecho, todos estábamos reunidos y de repente Cristo apareció allí". Entonces este Cristo, ¿dónde está ahora? Porque fueron con los sputnik y en la estratosfera no está: ¿dónde está? ¿Realmente lo vieron? ¿Realmente lo tocaron? ¿Es verdad lo que dijeron los apóstoles que sucedió con uno de ellos? "Yo no creo si no meto la mano y toco el corazón", y Cristo apareció y le dijo a Tomás: "Ven aquí". Lo había escuchado. No sé, debe estar en un lugar que nos escucha, Cristo, porque no estaba allí con ellos y escuchó la conversación. E inmediatamente se les apareció de nuevo, levantó su ropa y mostró una gran herida entre las costillas y dijo: "Dame tu mano". "No, Señor", "Dame tu mano, he dicho. Te escuché: dame tu mano, ven aquí", "¡Señor!", aterrorizado pobre Santo Tomás, no me gustaría tener esa experiencia. "Dame tu mano. ¡Ven aquí, no huyas, ven aquí! Dijiste que si no metías tu mano, no creías. Ven aquí, mete tu mano aquí”. Mira, una cosa tremenda: tuvo que meter la mano en un agujero en la carne.
Pero ¿cómo es posible? Cristo ha resucitado y todavía tiene carne, ¿tiene carne? "Soy yo, no soy un fantasma, dadme comida". Pero ¿y si lo qué cuentan los Evangelios y los Hechos son invenciones? ¿Lo inventaron? Es verdad que lo vieron, lo tocaron, comieron con él, metieron la mano dentro de su pecho y le tocaron el corazón, las costillas; ha desaparecido, ha aparecido de nuevo: y esto, hermanos, ¿lo creéis o no lo creéis? ¡Pero, Kiko, haces una pregunta difícil!
¿Qué es creer? Aquí, llegamos al meollo del asunto. Ellos lo tocaron. Hoy soy testigo ante vosotros de que Cristo ha resucitado. ¿Por qué? Porque yo me he encontrado con Cristo, lo he encontrado de una forma superior a los apóstoles que lo vieron con sus ojos. Lo he conocido con la fe. ¿Qué es la fe? Una forma de conocimiento. Porque el hombre que ve las cosas fuera de sí mismo, ajenas a él, fuera de él... incluso si amas a una mujer, el amor es algo más profundo porque sientes algo que nace dentro de ti. Incluso si toco una cosa, la toco, esa cosa está fuera de mí, no forma parte de mí mismo. ¿Qué es la fe? Es una forma de conocimiento que Dios ha inventado para el hombre, maravilloso, grandioso, el más perfecto. También porque si yo he visto a Cristo tocándolo con la mano y metiendo la mano en su costado, después de que se olvide del recuerdo, esto no cambiaría nada; es decir, estaría maravillado: "Pero entonces, entonces es cierto, lo matamos y ¿en qué me afecta a mí?” ¿Pero qué es la fe?
Hermanos, Cristo ahora me está escuchando, ahora os está viendo a todos, este Cristo que se apareció físicamente.
Cristo ha resucitado. Entró en el cielo con nuestra naturaleza, con nuestras células con nuestra carne. Ya no tiene nada que ver con el pecado, ha vencido a la muerte para siempre. ¡Es el primogénito de una nueva creación! ¿Y por qué ha pasado esta Pascua? Porque vino a la tierra para tomar la naturaleza humana y pasarla a la liberación, de modo que ahora Dios, Dios, pudiera morar en la naturaleza del hombre. Entonces, quien crea esta mañana en esta predicación, Cristo intercede ante el Padre, él como sacerdote, como cordero expiatorio, presenta ante el Padre sus gloriosas heridas -ahora ya no sangran son gloriosa- las presenta al Padre, símbolo de su pasión, por tus pecados, que tú reconoces que has pecado, que eres un traidor, que eres un lujurioso, eres un adúltero, ¿lo reconoces? que has matado al amor, que a través del adulterio has matado al amor, a través del robo has matado al amor, a través de mentiras has matado al amor, a través de la murmuración has matado al amor, a través de tantos pecados que has cometido mataste al amor: que es verdad que tú has matado.
Cristo, el amor, la vida en los demás y dentro de ti mismo. Basta reconocer esto, y apelar al nombre de Cristo: "Cristo, defiéndeme tú, ayúdame tú", Cristo presenta su cruz ante Dios, su muerte por tus pecados, su resurrección para que tus pecados sean perdonados, la resurrección viene a ti, la resurrección de Cristo te pertenece. Entonces Dios te envía algo, ¿el qué?: El Espíritu Santo, un espíritu nuevo.
En la muerte y resurrección de Cristo, se dona a los hombres la posibilidad de una vida nueva, de no pecar más, es decir, de amar, de cambiar. "Tomaré tu corazón de piedra y te daré un corazón de carne": Ahora, esta mañana, el Señor te da un corazón nuevo, el Espíritu Santo. Hermanos, el Espíritu Santo os es dado a vosotros, el Señor envía desde el cielo para nosotros, a través de su Iglesia, a través de un sacramento, si os confesáis... debeis ver, ya se está entregando a vosotros, si alguno cree esta mañana que se está dando, pero debe realizarse a través de signos externos: porque tenemos un cuerpo, y estos signos externos son: primero, la conversión, no en nuestras fuerzas: "Te lo prometo, Señor, te prometo que no pecaré más". ¿Cómo? ¿Tú? ¿Tú eres fuerte? Entonces mañana, en cuanto salgas de aquí, te sucede alguna cosa... ¿Qué haces con tu fuerza? Debes nacer de nuevo, tener un nuevo espíritu, en Cristo, "Cristo, quiero construir mi vida entera contigo, tú me das la posibilidad, la vida eterna, tú habitando dentro de mí, tú viviendo dentro de mí para siempre".
Yo te quitaré ese corazón de piedra, incapaz de cumplir mis mandamientos, y te pondré un corazón de carne, yo te daré mi espíritu dentro de ti y entonces podrás obedecerme.
Hermanos, tengo 42 años, hace 22 años que he encontrado al Señor -tenía 20 años-, y estoy sorprendido porque toda mi vida he sido un neurótico, como todos, una persona débil, una persona que pasaba por momentos de depresión.
Estoy sorprendido porque verdaderamente algo le sucedió a mi vida, Cristo está realmente allí, es decir, él me sostiene, mi espíritu no se hunde, no me canso; y pese a las perturbaciones puedo vivir mi celibato -eso es, no fornico- por la misericordia del Señor, y con una brisa suave el Señor me... Y no solo a mí porque soy un ser excepcional, porque la justificación viene por la fe, sino a cada hombre que cree en Jesús, que apoya su vida en el nombre de Jesús: vimos un lisiado a quien San Pedro dijo: "En el nombre de Jesús te digo: 'Levántate y camina', para que veáis que Cristo está vivo." Yo llamo a Cristo, "Cristo, muestra que estás vivo, libera a este desgraciado, muéstrales a todos que estás vivo ahora en el cielo", y él lo libera.
Entonces ¿sabréis delante de todos vosotros que Cristo está vivo, que os libera de la impotencia que tenéis, de la parálisis, de la impotencia que tenéis para amar? Que se demuestre quien ha creído en Cristo. Porque yo soy testigo, y conmigo los santos de la Iglesia, y conmigo muchos millones de hombres, que Cristo está vivo y que Dios lo ha constituido Kyrios, tiene más poder que la neurosis, tiene más poder que el pecado, tiene más poder que muerte. Y le ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra, y quien pone su confianza en él no será confundido, sino que vence a sus enemigos. Uno pregunta: "Kiko, ¿y por qué no venzo nunca? ¡Nunca! Sigo siendo esclavo del pecado y estoy en la comunidad".
A muchos hermanos les diremos: "No has creído en la predicación, tú no crees". 'Sí, creo, siempre voy a la palabra y me confieso en las penitenciales'. La Iglesia nunca dio el Bautismo si no se demostraba con hechos que se creía. Por esta razón, San Juan Crisóstomo dice a los elegidos, 4 años de catecumenado: "¿Cuántas veces tengo que decirte... ¿Quieres ser bautizado? No puedo darte el Bautismo", dice San Juan Crisóstomo en el Segundo Sermón a los elegidos. "Una, dos, tres, cuatro, cinco, mil veces debo deciros: no se trata solo de amar al enemigo, de esforzarse, de hacer, de no fornicar más, de hacer mil esfuerzos. Se trata de hacer la virtud sin esfuerzo: la fe viene del Señor, no algo que "debes"... ahí, ahí, ¡qué opresión! ¡Qué difícil es ser fiel a Dios, qué difícil! No, los santos de la Iglesia nunca han dicho esto: "¡Oh! ¡Qué horror, con lo bien que se lo pasan los que no conocen la religión!". ¡Sin esfuerzo! La fe es un don gratuito para todos nosotros. Y en estos se sabía que lo hacían con esfuerzo, todo era una cosa de puños, lo hacían: allí San Juan Crisóstomo se dio cuenta de que aún no podían. Por eso, hermanos, os anuncio una buena noticia: ¡Cristo ha resucitado verdaderamente, está vivo y esta mañana os ofrece la victoria sobre la muerte y el pecado!
Entonces, es la una menos cinco. Lo siento, tal vez ha sido un poco largo, pero no es una cuestión de extenderse o no extenderse.
Es cuestión de que hoy, verdaderamente, esta mañana, puedes recibir del cielo al Espíritu Santo que perdona tus pecados, a través de la Iglesia. Dios ha constituido una Iglesia y le ha dicho: "Ve y predica: quien crea, sus pecados serán perdonados", por tu predicación, "y se hará bautizar".
Bien, entonces os invito a que vayáis a vuestra habitación, a la una y media volvemos aquí, comeremos a las dos y media. Ahora mientras andáis podéis descansar un poco.
Yo os digo: entrad en la habitación -es muy importante obedecer esta mañana-, cierra la puerta, arrodíllate, levanta las manos y dile al Señor: "Señor Jesús, te lo ruego..." Porque lo importante no es, hermanos, que dejes tus pecados o no: lo importante es que tengamos dentro la fe.
¿Qué es la fe? Que el Espíritu de Cristo testifica, toca tu espíritu y te dice que Dios te ama. Quien cree que Dios lo ama, no porque te lo hayan dicho, sino porque el Espíritu de Cristo testifica a tu espíritu de que eres hijo de Dios, ¡su vida se transforma, se transforma, verdaderamente! ¡Poco a poco su vida se transforma, y donde antes no tenía fuerzas, para soportar a su suegra, para aceptar tener un hijo más... ¿Qué crees, que la gente es capaz de tener el séptimo hijo, como los hermanos de las comunidades, porque lo digo yo? ¡Pero dime! ¿Dónde estamos?, y los hermanos tienen el sexto y el séptimo hijo y están contentos. Los itinerantes, son una pareja itinerante y han dicho que el quinto hijo lo han buscado juntos: ¡una maravilla! ¡Cosas de este tipo, pero cosas enormes! Y otras cosas más grandes aún. Pero no para... porque realmente Cristo te garantiza que Dios te ama y te quita la muerte del corazón, luego la avaricia, la esclavitud al dinero ya está atenuada, está atenuada, ya es diferente; la esclavitud al sexo ya no tiene tanto poder, porque el sexo es una forma de conquistar amor, el dinero es una seguridad contra la muerte, la violencia es una forma de que otros hagan tu voluntad. Fíjate entonces como si Cristo te quita el pecado y te quita la muerte, nuestra vida comenzará a cambiar. Pero para esto debemos prepararnos, prepararnos; así que vayamos a nuestra habitación, pongámonos de rodillas e invoquemos el nombre de Jesús: “Señor Jesús, ten piedad de mí, que soy un pecador". Pensad en vuestros pecados, haced examen de conciencia.
***
De la Traditio hecha en España en 1982
Kiko
Somos hijos de una generación malvada de la cual el padre es el demonio, como dirá Jesús en el Evangelio de San Juan, cuando hace una catequesis sobre nuestro Padre. Para decirnos quién es nuestro padre, dice Jesús: "¿Por qué mi palabra no se afianza en vosotros, no encuentra un lugar dentro de vosotros? ¿Por qué me miráis sombría y torvamente? ¿Por qué mi palabra no encuentra un sitio dentro de ti? Porque vuestro padre no es Dios, es el demonio. Por eso me miráis con envidia, porque queréis hacer lo que hace vuestro padre. Él fue asesino desde el principio, no podía soportar la historia, quería ser Dios, miraba a Dios con envidia, y como no podía ser dios, se condenó".
Vosotros hacéis lo que os sale de dentro, lo que tenéis dentro que es esto: ser vosotros el primero, ser vosotros dios. Entonces el demonio te dice: "No escuches a Dios, porque si escuchas tendrás que obedecerle y no podrás hacer lo que quieras: ya no podrás mentir, ya no podrás preocuparte solo por tus asuntos".
Y extrañamente algunos de nosotros somos así, tú eres así.
Y entonces sucede esto: no podemos obedecer, estamos paralizados. No podemos amar, estamos condenados a amarnos a nosotros mismos, a exigir a los demás, a juzgar a todos.
Sin embargo, Dios, por la gran misericordia que tiene con nosotros, ha enviado a su Hijo Jesucristo como un nuevo Moisés para salvarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte, de la esclavitud de la concupiscencia, de tener que estar siempre condenados al egoísmo. La epístola a los Hebreos dice: "Por el temor que tenemos a la muerte, nos someteremos a la esclavitud del mal". ¿Y por qué tenemos miedo a la muerte? Porque la experimentamos radicalmente a través del pecado. Ontológicamente el hombre, a través del pecado, ha experimentado la muerte, la muerte del ser, de lo que nos hace ser. ¿Y qué es lo que nos hace ser? El amor de Dios. Dios es amor y nos ha dado la vida a través del amor. Pero si el demonio nos ha dicho que no es verdad que Dios nos ama, entonces nuestro ser ha sido crucificado. Cristo es el principio de la vida, todo lo hizo con él (sic) y para él (sic). Él existía antes que nada. Él es la Palabra eterna del Padre, el Verbo eterno de Dios, todo lo que existe, existe por él. Él es la imagen del Padre.
Dios nos creó a través del amor. ¡Piensa en lo que ha hecho el demonio! Te ha dicho esta mentira, que Él no existe desde el principio, que tú no fuiste creado por el amor. Y si no, ¿por qué está prohibido comer el árbol? ¿No ves que es hermoso a la vista, atrayente para adquirir sabiduría? ¿Cómo es posible que Dios te lo prohíba? ¿No te parece una contradicción? A ti parece bueno y Dios, que dice que te ama, lo niega. ¿No será al revés? ¿No será que Dios te niega esto, que te parece bueno, porque está celoso de ti?
Piensa en lo que nos dijo el demonio: Dios está celoso del bien que puedes alcanzar, por qué te harías como él (sic), Dios. Y no te lo permite, quiere someterte, quiere que seas un niño. También nosotros hemos sentido estas tentaciones cuando el demonio nos dice a través de los demás que aquí te lavan el cerebro.
El demonio te dice: "¿Ves? Al final tendrás que obedecer a otro. ¿Por qué? ¿Quién lo ha dicho? Realizarte como persona, ser adulto, conocer el mal, conocer el bien. ¿Quién debería decirte qué es lo bueno y qué es lo malo? ¡Tú mismo, tú! ¿Pero por qué tienes que quedarte aquí obedeciendo a los demás? Haz por ti mismo lo que quieras". Esto es sutil y profundísimo.
Esta es la explicación del pecado original que está en nosotros, nacemos con él, lo heredamos y lo tenemos dentro. Nos cuesta obedecer, nos engañamos a nosotros mismos, queremos ser dios. Por eso dirá Jesucristo: "Vosotros queréis matarme", porque aquel en quien habita el pecado, ya que quiere ser dios, ve en Cristo al enemigo. "¿Cómo, entonces resulta que él es el heredero y no soy yo? Ah. entonces este mundo no es nuestro, ¡es suyo! Y debo obedecerle y si mañana me ordena, por ejemplo, que cumpla esta ley... Ah, no estoy de acuerdo con esta ley. Dios quería hablar sobre lo que sucede en nuestras vidas y puso al Faraón como una imagen, puso la esclavitud de Egipto como imagen. El hombre, en definitiva, es un esclavo, no es feliz. Y tenemos un hecho que prueba que no somos felices, la insatisfacción que percibimos, porque nadie nos ama, porque en el fondo nuestro corazón está insatisfecho del amor. Y sabiendo que ser amados sería bueno para nosotros, cuando experimentamos que no nos aman, experimentamos insatisfacción; y esto nos provoca una búsqueda desenfrenada de la felicidad, una búsqueda desenfrenada de nosotros mismos, una insatisfacción grandísima.
Dios envía a Moisés, mueve a su pueblo. La iniciativa proviene de Dios, que salva al pueblo de la esclavitud de Egipto y lo lleva al desierto, lo pone en marcha, como nos ha puesto en movimiento a nosotros también. Pero piense en una cosa, cada vez que somos más libres.
Antes éramos esclavos del poder del pecado en nosotros, pero ahora, cada vez más, en la medida en que el Señor nos va sacando del pecado, cada día somos más libres para juzgar a Jesucristo, para pecar más, somos más libres.
No creas que el cristianismo te hará no apto para el pecado, en el sentido de que te quite la libertad, te quite las tentaciones y te deja como un buenazo y santito para que no puedas hacer el mal. No, todo lo contrario: ¡cada día eres más libre!
Antes eras esclavo, no podías elegir entre pecar y no pecar.
Antes de conocer a Jesucristo eras esclavo del pecado; ahora eres libre de pecar o no pecar, ahora puedes decir "no" al pecado. Antes no podías, te esclavizaba, te ataba a su ley, a las tentaciones, a la concupiscencia; no podías perder ni un poco de amor, el diablo te engañaba. Era tal la sed de amor que bastaba mostrarte un placer, cualquier cosa que te diera un poco de amor, que caías como un imbécil, caíste en un lazo y en otro lazo, en una trampa y en otra trampa; todos caímos uno tras otro.
Jesús vino a deshacer la obra del maligno y vino a enseñar a los hombres que están separados de Dios, y dijo: ¡Vuelve a mí!
Ha crucificado en su cuerpo el pecado que estaba en la carne, en nuestra naturaleza. Para que nosotros, hermanos, esta mañana podamos enterrar, crucificar a nuestro hombre viejo en la cruz de Jesús; de modo que en esta mañana de conversión el sacramento de la penitencia aparece como un segundo Bautismo, porque mis manos están muertas al pecado, estoy crucificado, no puedo pecar; mi cuerpo no tiene fuerzas para pecar, está crucificado. "He sido crucificado para el mundo", dice San Pablo.
Por esta razón también dice: "Con el Espíritu Santo puedes matar las obras de la carne".
¿Cuáles son las obras de la carne? La maledicencia, la fornicación, la impureza, la gula, la envidia, los celos, la avaricia de dinero, la discordia, las divisiones. Lo que obra en nosotros el Espíritu Santo enviado desde el cielo por Jesucristo es la paz, la longanimidad, la paciencia, la bondad, el amor, todo lo que la carne no puede producir.
¡Jesucristo te da todo esto gratis!
Yo no os he traído a esta convivencia, hermanos, os ha traído el Señor y os quiere introducir gratis en el Bautismo, en las aguas del Bautismo. Dejemos en el agua, en la piscina de nuestro Bautismo, al hombre de pecado, para que el pecado pueda ser destruido en nosotros; para que este principio de muerte, este principio de egoísmo -"ego", yo, yo- pueda ser destruido por completo dentro de nosotros, destruido por la obra de Jesucristo.
"En el nombre de Jesús de Nazaret yo te digo: ¡Levántate y anda!".
Yo merezco de parte de Dios un bastonazo en la cabeza, porque soy un sinvergüenza, un egoísta, conozco mi vida y sé lo que he hecho.
Y cuando me acercaba a los hombres con mi debilidad, me despreciaban; Siempre tenía que acercarme vestido de poder, vestido de bondad, vestido de lo que los demás querían. Y sobre todo si como pintor valía un poco, me envidiaban, ¡me envidiaban! En otras palabras, no sabía cómo obtener el amor de los demás, era dificilísimo. Es dificilísimo que los hombres te acepten, que te amen, es casi imposible. Debemos mentir, debemos fingir, debemos engañar, debemos hacer una serie de cosas. Ya en la familia hay enormes dificultades; y luego en la sociedad... ¡Tremendo! Luego con las chicas, luego con el trabajo, todo es un desastre, todo es difícil en este sentido.
Jesús, que conocía mi debilidad, que conocía mi esclavitud, que sabe quiénes somos y nuestros pecados, ha querido entregarse, ofrecerse, oblacionarse (sic) al Padre por mí y por ti, esta mañana. Aquí se hace presente la sangre de Jesús que ha sido derramada por nuestros pecados para que todos nuestros errores puedan ser perdonados y podamos recibir una vida nueva, la Vida del mismo Dios, para que todos nuestros pecados puedan ser perdonados.
Por eso, hermanos, en esta mañana, quiero repetir con San Pedro: ¡CONVERTIOS! Convirtámonos al Señor, retornemos a Jesús. Él nos ama, conoce los peligros que tenemos ante nosotros, conoce nuestra historia. Y como dice la Oda de Salomón, sabiendo lo que habríamos hecho, ha dispuesto que requiriéramos su naturaleza porque sin su naturaleza no podemos vencer, no podemos amar, no podemos caminar hacia los otros.
Porque os digo una cosa, hermanos: la vida es Cristo resucitado. No se trata de ser amado. El demonio nos ha engañado y creemos que la felicidad radica en el hecho de que otros nos amen. Incluso si mañana todos hicieran lo que tú quisieras, incluso si tuvieras todos los millones que quisieras, si tus hijos te obedecieran en todo, incluso si tu esposa fuera una esclava para ti, yo te aseguro, hermano, que Dios no ha resucitado esto; esto no te daría ninguna satisfacción.
¿Puedes ver la vida de los que triunfan? Elvis Presley, por ejemplo, lleno de drogas, en la cama todo el día, con chicas que fueron allí y se ofrecieron. ¿A dónde llegó? ¿A dónde fue? A la muerte. Al final, el cuerpo era como una bola de droga, se pasaba todo el día en la cama en una carrera hacia la muerte que no tenía sentido, ya no valía la pena, ni siquiera moverse. Es decir, cuando uno busca el placer, es como un engaño que lo va capturando, lo va atrapando; los niños lo saben, por eso te agradecen cuando les das una bofetada y les enseñas a no degenerarse, enséñales a ser hombres.
Por eso siempre amamos a quienes nos ayudan a ser hombres, porque todos tenemos el principio de acomodarnos, de aburguesarnos, de sentarnos, de no hacer nada. No creas que la felicidad radica en el hecho de que todos te aman y que todos hacen lo que quieres, ¡no, no! Y muchas veces lo ves durante las vacaciones. Deseas que lleguen las vacaciones para no hacer nada y después de tres días de no hacer nada te aburres como una ostra, comienza a crecer en ti una irritabilidad que no sabes de dónde viene. No, hermanos, la felicidad no está allí, la felicidad está en amar, está en la posibilidad de que nuestro ego se rompa: "Este es mi cuerpo que se rompe por vosotros", dice Jesús y rompe su cuerpo.
Que podemos trascender en el "tú" de modo que nuestro propio yo pueda fundirse y podamos olvidarnos de nosotros mismos; es como haber comido: nos vamos a casa satisfechos, con paz en el corazón. Una paz extraña, porque no se siente con otras cosas, pero la hemos experimentado. ¡Podemos amar!
Aquí ha sido prometida la Vida Eterna, esta es la Vida Eterna. Dios conoce nuestra situación de hoy y ha destinado esta gracia, esta celebración; esta convivencia está destinada por Dios, desde antes de la creación del mundo, para vuestra salvación, para la mía y para la vuestra.
Luego corremos hacia Él, nos convertimos a Él, miramos al que nos llama a recibir Su vida. Dejamos el pecado, el lastre del pecado. Aquí nadie puede confesar sus pecados si verdaderamente no renuncia al pecado, si no mira a Jesucristo que fue crucificado por nuestros pecados (él es Amor) y decide en su corazón, no apoyándose en su fuerza (porque Dios establece la Alianza consigo mismo basada en el amor que tiene por nosotros, en la sangre derramada de su Hijo): "Señor, por tu sangre derramada por mí, creo que en este momento Tú has resucitado y le estás presentando al Padre tus gloriosas plagas (sic) por mis pecados, para que hoy yo pueda nacer de nuevo, pueda nacer de Dios y recibir de ti una fuerza que me permita amar, ponerme en marcha hacia mi hermano, caminar hacia el otro que sufre, salvar al otro. Yo creo en esto". O no lo creo. ¿Crees que esto es posible?
Quien rechaza la conversión, hermanos, queda para el juicio. Porque Dios hará justicia, de todos los absurdos que hemos cometido; porque no es posible que Dios no haga justicia a los pobres y los débiles.
Yo he cometido muchos pecados y tú también, y estos pecados caen sobre los débiles. Pero Jesucristo ha querido que el castigo de los pecados cayera sobre Sí mismo para salvarme. Entonces, si yo rechazo esta actitud mediadora de Cristo, este sacerdocio universal de Cristo, esta oblación de Cristo que se hará presente aquí a través del sacerdocio ministerial; si rechazo esto hoy y no quiero cambiar verdaderamente mi vida -¡cuando se me ofrece gratis!- y dejar el pecado, es inútil que diga: "Me convertiré mañana", porque mañana ya no te convertirás. No te convertirás cuando tú quieras sino cuando Dios te llame a la conversión, porque la conversión es una obra que viene de Dios. Nadie puede convertirse al Señor si el Señor no lo llama.
Y el Señor nos trajo aquí porque ¿cómo podremos predicar el Evangelio por las casas y por los países, si nosotros mismos no estamos anclados a la roca que es Cristo, expresión del amor del Padre? Si no creemos que nos ama, ¿cómo podremos decirle a la gente: "Dios te ama, hermana"? "¿Me ama?", dice una señora y saca a su hija subnormal. "¡Mira esto! ¿Es este el amor de Dios?". A ver si puedes hablar con ella. O te presenta a su esposo que se está muriendo o te saca una pistola, como ha sucedido y continúa sucediendo.
Y te cuentan acerca de su vida y te la ponen en contra de Dios; el demonio toma toda una vida de pecado y de miseria y te la pone delante de la nariz. "¡Ahora dime que Dios me ama, dime que Dios me está amando hoy!" Y tú vas a decir precisamente que Dios lo está amando hoy, vas a combatir exorcizando. "¿Quién te ha dicho que esto no es amor de Dios? Alguien te lo dijo al oído: ¿por qué lo escuchaste?".
Jesús dice: "Vosotros escucháis a vuestro padre y hacéis lo que él os dice". Todos nosotros escuchamos a diario una catequesis; tu suegra viene a vivir a la casa, por ejemplo, o estás a punto de tener un cuarto hijo y en este momento no quieres aceptarlo y el diablo te dice: "¿Ves? ¡Dios no te ama!".
¿Pero por qué lo escuchas? ¿Quién te ha dicho que esto no es el amor de Dios? Ya lo has escuchado y has entrado en crisis, ¡por supuesto! ¿Cómo podrías no entrar en crisis si has hecho una alianza con el demonio? Has escuchado la mentira, primordial. ¿Quién te ha interpretado las cosas así? ¿Tú mismo? No, porque pensar es hablar con nosotros mismos y a todo lo que sucede le damos una interpretación.
Una hermana nos dijo precisamente esto: entró en crisis porque su suegra se había ido a vivir a su casa y ya no podía soportarla, estaba embarazada del cuarto hijo y el último aún era pequeño; no quería aceptar a este hijo porque, además, tenían poco dinero. Entonces le dijo a su esposo: "¡A la comunidad vas tú! No me hables más de la comunidad ni digas nada". Y durante siete meses no fue a la comunidad. Cuando fui a visitar esta comunidad (que estaba haciendo la traditio) le pregunto a una hermana: "¿Vas por las casas?" Y ella responde: "No, porque me tocaba ir con esta hermana que no viene desde hace siete meses. Intenté ir con otros pero no pude". En resumen, como le dije la importancia de hacer esto, la llamó por teléfono y comenzó a insistir, pero la otra no quería ir: "¿Qué voy a anunciar?". Pero al final dijo; "Está bien, para que tú puedas ir..." y la acompañó. No sé qué sucedió, el hecho es que esta hermana, escuchando a la otra, que era anciana y predicaba con dificultad, como podía... bueno, algo sucedió en su corazón. En la siguiente convivencia, esa hermana nos dijo que al regresar a casa ese día, pensó: "Escucha, tengo paz, estoy contenta. Creía que lo que me había puesto en crisis era la historia, que estaba mi suegra en casa, que es insoportable, que estoy embarazada. Ahora resulta que estoy en paz y contenta, y mi suegra continúa en mi casa, sigo embarazada y tengo el mismo dinero. Entonces, lo que me puso en crisis no es fue historia, sino la interpretación que alguien me hizo de la historia.
Alguien me dijo que estos acontecimientos no son obra de Dios, que son la prueba de que Dios no me ama, y yo le creí". Al ir por las casas, gracias al Señor, escuchó a través de una hermana: ¡Dios te ama! Y en un momento, haciendo uso de su libertad, el Espíritu Santo (que durante la predicación, siempre se posa sobre quien escucha) dijo en su corazón: "¡Dios te ama, créelo!". Lo creyó y el demonio... suficiente, se fue y ella regresó en paz.
Porque la fe viene por la predicación: yo te hablo y el Espíritu Santo está en tu corazón. Pero eres libre. Nadie puede decir "sí" sin el Espíritu Santo; pero puedes resistir al Espíritu Santo, puedes estar aquí escuchando y diciendo: "¡Que termine de una vez!". Puedes hacer lo que se llama resistir la gracia, resistir al Espíritu Santo. Por eso hemos cantado esta mañana "Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón"; no endurezcas tu corazón si escuchas hoy la voz del Señor que te dice: ¡Ven! Quiero darte mi amistad, quiero darte mi Espíritu, caminaremos juntos. Te diré lo que tenemos que hacer, vamos juntos.
La Iglesia vive en constante conversión, todos los días en conversión; esto es caminar, caminar en constante metanoia, en constante conversión, cambiando actitudes, constantemente sumergido en la fuerza de nuestro Bautismo, haciendo que nuestro Bautismo esté presente en nosotros. Esto es lo que tenemos que hacer todos los días.
Y bendecid al Señor que hoy os permite convertiros a través de una predicación, una palabra, porque habrá días en que no tendréis ninguna. Y la constante catequesis del mundo te dice: "¡Por qué, por qué!", Hasta el punto de que al final casi te hace creer que no hay Dios, que la vida es asquerosa. Y ¡entonces nos hundimos, nos ponemos tristes!
Ahora acogeremos a los presbíteros que vienen revestidos de la resurrección de Jesucristo: él (sic) vive en su Iglesia, que es su cuerpo, y ha dado poder a la Iglesia para transmitir, para destruir el cuerpo de pecado y darnos la vida nueva de Jesucristo.Hoy, a través de este sacramento, en algunos de vosotros, aquellos a quienes Dios ha destinado, se va a realizar una nueva creación, una nueva creación.
Para confesar tus pecados hoy, debes... Acogemos a los presbíteros que actúan en la figura de Cristo por nosotros.Cristo mismo se hace presente aquí, yo estoy haciendo un ministerio de predicación como vuestro catequista, los sacerdotes representan la cabeza, hacen presente a Cristo en el cuerpo de la Iglesia y Dios les ha dado poder para perdonar los pecados. Acojámosles cantando "Consolad a mi pueblo", porque el Señor viene con poder. Cantemos esto con el corazón: Cristo viene aquí con poder, viene con poder. En pie.
Canto: Consolad a mi pueblo.
Saludo del presidente.
Exhortación: Rm 6, 1-14.
Monición a las confesiones.
Hermanos, Cristo quería mostrar en su muerte lo que el pecado hace en nosotros, lo que es el cuerpo del pecado. Y hoy, esta mañana, nos ofrece ser enterrados, matar el cuerpo dentro de nosotros que nos lleva a pecar. Él lo ha crucificado, ha matado este cuerpo.
Quien no quiera pecar más, quien quiera poner su vida al servicio de Dios... Alguien podría decir: "Pero Kiko, no tengo la fuerza dentro de mí, ¡no tengo la fuerza! Necesito que me den algo, porque tengo dentro de mí una debilidad y cuando aparece la tentación, ¡zasca!, caigo. Tengo dentro de mí una fuerza, un poder, un cuerpo de pecado que me lleva a pecar". Y yo os anuncio una buena noticia: este cuerpo, Cristo lo ha crucificado en la cruz, lo ha sepultado.
Y Dios resucitó una nueva creación, hizo un nuevo cuerpo resucitado, capaz de obedecer a Dios. Entonces hoy, esta mañana, el cuerpo del pecado puede ser sepultado en la muerte de Cristo y tú puedes resucitar a una nueva vida: es suficiente con que reconozcas que quieres matar por dentro de ti, que sea muerto el cuerpo del pecado. Y esto se hace a través de la conversión, creyendo en esto que se os anuncia, y creyendo que Cristo tiene poder para daros su vida, su Espíritu Santo que os permitirá, ahora con el Espíritu Santo, obedecer al Padre, quien testimoniará a vuestro espíritu que Dios es vuestro padre, con quien clamamos a Dios "Abbà, papá". Y quien crea esta mañana que verdaderamente Cristo puede hacer esta resurrección de entre los muertos, quien crea no será confundido: notará que su vida cambia, notará que ahora ya tiene poder, tiene fuerza y antes no la tenía, antes era esclavo del sexo, el dinero, la violencia.
Y ahora, gracias a la muerte de Cristo, notas que tienes como una regeneración interior, que ahora puedes donde antes no podías. Antes eras un paralítico, ahora puedes caminar. Antes estabas muerto al amor, ahora puedes amar. Y esto no es una obra mía, que nace de mis fuerzas, sino como un don, como una gracia que nos viene del cielo donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. ¿Quién cree esto? ¿Quién cree verdaderamente que Cristo está vivo ahora, ha resucitado y tiene el poder de regenerarnos, quién lo cree, aquí, en esta sala? Quien lo crea se realizará esto en él y será regenerado interiormente. Los que dudan, los que piensan que el mañana seguirán como siempre, los que dudan, no recibirán nada; y si dudan que no vengan a confesar nada, que no confiesen, que no denuncien que tienen dentro un cuerpo de pecado. Si crees recibirás la gracia, recibirás el Espíritu Santo por medio de Cristo, quien perdonará tus pecados: "Hijo mío, tus pecados te son perdonados". Cristo ha tomado sobre sí tus pecados y por la imposición de manos la Iglesia te dará el Espíritu Santo. Y todos, hermanos, antes de confesar nuestros pecados, reconozcamos que es verdad, que todos somos esclavos del pecado, que todos somos pecadores... Recitamos el Yo confieso de rodillas.
Monición a la oración del presidente
Ahora el presidente, como jefe de esta asamblea, elevará una oración al Señor pidiendo el perdón de los pecados, para que los frutos de la Pascua de Cristo se apliquen a todos los que estamos aquí, para que acoja la oración de toda la asamblea que antes de confesar los pecados pide perdón, ya comienza a pedir perdón. Haremos después una breve letanía y después del Padre Nuestro, que termina esta oración de toda la asamblea, pasaremos a confesar, a reconocer nuestros pecados. Ahora escuchemos la oración del Presidente, para que esta oración llegue a Dios en nombre de todos nosotros.
Oración del presidente
Letanía
Monición al Padre Nuestro
Antes de pasar a las confesiones, de acuerdo con la renovación del "Ritual de Penitencia" que hizo el Vaticano II, dice que primero rece toda la asamblea a nuestro Padre, llamando a Dios Padre, pidiéndole con el corazón "Perdona nuestros pecados”. Debemos obedecer a Dios, a Su voluntad, quien nos perdona por tantas ofensas, como nosotros, ahora que hemos escuchado Su palabra, estamos dispuestos a perdonar a quienes nos deben algo.
Nos deben honor, justicia, algo que hicieron, algo malo contra nosotros, estamos dispuestos a perdonarlos. Si no estás dispuesto a perdonar a tu suegra, tu primo, tu hijo, tu esposa, tu esposo, el compañero del trabajo, hoy no esperes que aquí se te perdone nada, porque haces ritos sin ningún contenido.
Y haces ritos que no tienen contenido. Dice Dios: "A mí, ¿qué me importan tus oraciones?" Dice el Señor: "¡Me dan nausea! Cuando levantas tus manos hacia mí, giro mi rostro, me giro, no quiero ver. Yo miro el corazón, el corazón".
Dios mira el corazón. Por estos hermanos, que el Señor nos conceda verdaderamente -Él que ha sufrido en la cruz-, saber sufrir, comer tarde, levantarse un poco cansado, un poco de ayuno, un pequeño sacrificio, un mínimo porque lo que va a suceder aquí es muy grande, lo que está pasando esta mañana. Para algunos hermanos realmente va a cambiar su vida, para algunos. Ya sea para uno, ya sea para mí mismo, para mí mismo esta mañana.
Doy gracias al Señor (sic) que me tiene aquí, que de nuevo me da su espíritu y su gracia, porque el justo peca siete veces al día. Oremos.
Padre nuestro.
Monición a las confesiones.
Ahora vendrán los sacerdotes aquí delante y mientras tanto cantaremos las Bienaventuranzas, es decir, el aspecto del hombre nuevo con el que somos revestidos. Entonces, primero confesarán los presbíteros, quien quiera, y después quien quiera recibir el perdón, la muerte, quien tenga la muerte dentro de sí mismo, el cuerpo del pecado, puede ir a confesar sus pecados y recibir el perdón y la nueva vida en Cristo, la resurrección de Cristo, para que la vida de Cristo pueda resucitar en él.
Confesiones
Monición a la anáfora.
Ahora hermanos, en nombre de toda la asamblea, el Presidente levantará una bendición a Dios, agradeciéndole por su misericordia que se ha hecho presente, junto a nosotros, sobre todo por el amor que nos ha mostrado en su Hijo, quien se entregó a la muerte para que nosotros pudiéramos convertirnos en sus hijos, para que fuese destruido en nosotros ese principio, esa fuerza del pecado que nos esclaviza y fuimos liberados del poder del pecado y comenzamos una vida nueva, una vida que no termina. Junto con el presidente, todos unidos, cantamos.
Anáfora
Paz – Canto: Mirad que estupendo