domenica 31 marzo 2013

Papa Francesco: "Accetta Gesù Risorto nella tua vita"

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Domenica di Pasqua, nuovo tweet di Papa Francesco: Accetta Gesù Risorto nella tua vita. Anche se sei stato lontano, fa’ un piccolo passo verso di Lui: ti sta aspettando a braccia aperte (31 marzo 2013)

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Riporto da "Avvenire" di oggi, 31 marzo 2013, Pasqua di Resurrezione.


Uno scritto del 1969, poco prima di essere ordinato sacerdote
La «confessione» di padre Bergoglio
I gesti, accompagnati dalle parole, con i quali papa Francesco ci ha portati in quest’ultima settimana alla Pasqua di oggi, rimandano alla vivezza della Biblia pauperum, le medioevali raccolte di immagini sulla vita di Gesù destinate a coloro che, non avendo ricevuto un’istruzione e non sapendo leggere, potevano così, solo guardandole, imparare da esse.

Papa Francesco si è chinato ancora una volta, lo abbiamo visto nel carcere minorile di Roma, ha lavato, asciugato i piedi di giovani detenuti incrociando gli sguardi di quei ragazzi. È stata l’immagine di quello che in questi giorni ha ripetuto più spesso: «uscire», «uscire da se stessi, da un modo di vivere la fede stanco e abitudinario, dai propri schemi che finiscono per chiudere l’orizzonte che è di Dio». Un andare e un chinarsi senza fatica. Giornate senza invecchiamento, per così dire. Contravvenendo alla legge universale dell’invecchiamento, direbbe Charles Péguy, come scrive in Veronique. Dialogue de l’histoire et de l’âme charnelle: «Contravvenendo a questa perpetua abitudine, a questo invecchiamento dominatore, a questo smussamento. Qui appare, qui sboccia, qui sgorga la virtù che abbiamo chiamato la bambina speranza. È essenzialmente l’anti-abitudine e per questo è l’anti-morte. È la sorgente e il germe. È lo sgorgare e la grazia. È il cuore della libertà. E soprattutto è quella che garantisce alla Chiesa di non soccombere sotto il proprio meccanismo. Senza la speranza la fede si abituerebbe a credere al mondo, a Dio, e senza la speranza la carità si abituerebbe all’amore, al povero, a Dio».

Avere «un cuore giovane che in Cristo non invecchia mai» è stato l’augurio che papa Francesco ci aveva rivolto la domenica delle Palme. Una sorta di riinizio della vita temporale non fiaccata nel tempo, dal tempo. Una vita "trapassata" dallo sguardo d’amore di Dio. Come testimonia questa personale confessione di fede di padre Bergoglio, scritta nel 1969, in un momento "di grande intensità spirituale", poco prima di essere ordinato sacerdote; e che, lasciandola in copia autografa a mio marito e me, ha detto di sottoscrivere oggi come allora: «Voglio credere in Dio Padre, che mi ama come un figlio, e in Gesù, il Signore, che ha infuso il suo spirito nella mia vita per farmi sorridere e portarmi così al regno di vita eterna. / Credo nella mia storia, che è stata trapassata dallo sguardo di amore di Dio e, nel giorno di primavera, 21 settembre, mi ha portato all’incontro per invitarmi a seguirlo. / Credo nel mio dolore, infecondo per l’egoismo, nel quale mi rifugio. / Credo nella meschinità della mia anima, che cerca di inghiottire senza dare… senza dare. / Credo che gli altri siano buoni, e che devo amarli senza timore, e senza tradirli mai per cercare una sicurezza per me. / Credo nella vita religiosa. / Credo di voler amare molto. / Credo nella morte quotidiana, bruciante, che fuggo, ma che mi sorride invitandomi ad accettarla. / Credo nella pazienza di Dio, accogliente, buona come una notte d’estate. / Credo che papà sia in cielo insieme al Signore. / Credo che anche padre Duarte (*)  stia lì intercedendo per il mio sacerdozio. / Credo in Maria, mia madre, che mi ama e mai mi lascerà solo. E aspetto la sorpresa di ogni giorno nel quale si manifesterà l’amore, la forza, il tradimento e il peccato, che mi accompagneranno fino all’incontro definitivo con quel volto meraviglioso che non so come sia, che fuggo continuamente, ma che voglio conoscere e amare. Amen». (S. Falasca)

(*) il sacerdote che lo confessò il 21 settembre​​​​

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Texto de la homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, Papa Francisco, la Vigilia Pascual del 2012
A la madrugada salieron de su casa hacia el sepulcro. Antes habían comprado los perfumes para ungir el cuerpo de Jesús. Preparando todo, prácticamente habían pasado la noche en vela hasta que hubiera luz suficiente para ir apenas salido el sol. Nosotros también esta noche estamos en vela, no preparándonos para ungir el cuerpo del Señor sino recordando las maravillas de Dios en la historia de la humanidad.Principalmente recordamos que Él aquella misma noche de la gran maravilla la pasó en vela: “El Señor veló durante aquella noche para hacerlos salir de Egipto” (Ex. 12:42) Esta vigilia responde a un mandato de gratitud: “por eso todos los israelitas deberán velar esa misma noche en honor del Señor a lo largo de las generaciones” (ibid).
Igual que a los Israelitas es posible que nuestros hijos, nuestros conocidos, nos pregunten el porqué de esta vigilia. La respuesta ha de surgir de lo más hondo de nuestra memoria de pueblo elegido del Señor: “con el poder de su mano el Señor nos sacó de Egipto, donde fuimos esclavos” (Ex. 13: 13:14). Así es; “ésta es la noche en que el Señor sacó de Egipto a nuestros Padres, los hijos de Israel, y los hizo pasar a pie por el mar Rojo”; “la noche que disipó las tinieblas de los pecados con el resplandor de una columna de fuego” (cfr. Ex. 13:21); la noche en que nosotros, pecadores, somos restituidos a la gracia; “la noche en que Cristo rompió las ataduras de la muerte y surgió victorioso de los abismos”. Esta es la noche en la que se consolida la libertad. Por eso “esta noche es clara como el día”
Con la luz de lo que celebramos en esta vigilia seguirá adelante nuestra vida y, como les pasó a nuestros Padres en el desierto, nos sucederá también a nosotros. Muchas veces las dificultades, las distracciones del camino, los dolores y penas, obnubilarán el gozo e incluso la certeza de esta libertad regalada, y podremos llegar hasta la añoranza de las “cosas lindas” que tenía la esclavitud, los ajos y la cebollas de Egipto (cfr. Num.11: 4-6); incluso puede dominarnos la impaciencia y llevarnos a optar por la coyuntural inmediatez de los ídolos (cfr. Ex. 32: 1-6). En esos momentos pareciera que el sol se esconde, vuelve la noche y la libertad regalada entra en eclipse. A María Magdalena, a María de Santiago y a Salomé, con el día ya amanecido, se les vino encima otra noche, la noche del miedo, y “salieron corriendo del sepulcro” (Mc. 16: 8).
Salieron corriendo sin decir nada a nadie. El miedo les hizo olvidar lo que acababan de escuchar: “Ustedes buscan a Jesús de Nazareth, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí”. El miedo las enmudeció para que no pudieran proclamar la noticia. El miedo les paralizó el corazón y se acaracolaron en la seguridad de un fracaso seguro en vez de dar lugar a la esperanza, ésa que les decía: vayan a Galilea, allí lo verán. Y así también nos sucede a nosotros: como ellas le tenemos miedo a la esperanza y preferimos acovacharnos en nuestros límites, mezquindades y pecados, en las dudas y negaciones que, bien o mal, nos prometemos poder manejar. Ellas venían en son de duelo, venían a ungir un cadáver… y se quedan en eso; así como los discípulos de Emaús se encapsulan en la desilusión (cfr. Lc. 24: 13-24). En el fondo, le tenían miedo a la alegría. (cfr. Lc. 24; 41).
Y la historia se repite. En esas noches nuestras, noches de miedo, noches de tentación y prueba, noches en que quiere reinstalarse la esclavitud vencida, el Señor sigue velando como lo hizo aquella noche en Egipto; y con palabras dulces y paternales nos dice: “¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean” (Lc. 24: 39) o, a veces con un poco más de energía: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en la gloria?” (Lc. 24: 25-26). El Señor Resucitado siempre está vivo a nuestro lado.
Cada vez que Dios se manifestaba a un israelita procuraba disiparle el miedo: “No temas”, le decía. Lo mismo hace Jesús: “no temas”, “no tengas miedo”. Es lo que el Ángel les dice a estas tres mujeres a las que el miedo las impelía a optar por el velorio.  Esta noche de vigilia digámosnoslo unos a otros: no tengas miedo, no temamos; no esquivemos la certeza que se nos impone, no rechacemos la esperanza. No optemos por la seguridad del sepulcro, en este caso no vacío sino lleno de la inmundicia rebelde de nuestros pecados y egoísmo. Abrámosnos al don de la esperanza. No temamos la alegría de la Resurrección de Cristo.
Esa noche también Ella, la Madre, estaba en vela. Sus entrañas le hacían intuir la cercanía de esa vida que concibiera en Nazareth y su fe consolidaba la intuición. A Ella le pedimos que, como primera discípula, nos enseñe a perseverar en la vigilia, nos acompañe en la paciencia, nos fortalezca en la esperanza; le pedimos que nos lleve hacia el encuentro con su Hijo Resucitado; le pedimos que nos libre del miedo, de tal manera que podamos escuchar el anuncio del Ángel y también salir corriendo… pero no de susto sino para anunciarlo a otros en esta Buenos Aires que tanto lo necesita.
Buenos Aires, 7 de abril de 2012
Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

Obbedisce al cuore

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Riporto da "La Stampa" di oggi,  31 marzo 2013, Pasqua di Resurrezione, a firma di Enzo Bianchi.

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I cristiani sanno esprimere, comunicare cosa festeggiano a Pasqua? Questo è il caso serio. Ogni religione ha delle feste nelle quali i fedeli celebrano eventi o particolari credenze e ha il il diritto di farle conoscere a chi è estraneo a quella determinata fede. Allora, perché i cristiani trovano nella Pasqua il fondamento della loro fede e perché vogliono far conoscere la buona notizia contenuta nella Pasqua? Sono domande legittime e doverose. È l’ansia missionaria, proselitistica che fa parlare i cristiani e li spinge a questo annuncio fuori delle loro comunità, nonostante le maggiori difficoltà che questo comporta ai nostri giorni? I cristiani vogliono aumentare di numero e incrementare i loro effettivi, aggregare altri uomini e donne impegnati nella stessa avventura? Vogliono far crescere la loro casa, la chiesa? No, e va detto con chiarezza, anche se molti atteggiamenti da parte di gruppi presenti nella chiesa riducono il cristianesimo a propaganda e a militanza, senza mai chiedersi se sono discepoli di Gesù.
In verità nei cristiani c’è la convinzione – che non appartiene all’ordine del sapere – che l’uomo Gesù di Nazareth, morto il 7 aprile dell’anno 30 della nostra era, ucciso dal potere religioso di Gerusalemme e per convenienza del potere totalitario imperiale romano a causa del suo messaggio e del suo stile di vita, aveva speso tutta una vita nel servizio di chi incontrava, infondendo speranza e fiducia, vivendo un amore pratico reale e quotidiano verso tutti, amici e nemici, poveri e ricchi, notabili e persone anonime. Quest’uomo è stato richiamato dalla morte a una vita per sempre dal suo Dio di cui era figlio inviato tra gli uomini. Sicché la morte non è più l’ultima parola, non è più la fine, il destino di ogni essere umano perché esiste una realtà che può combatterla fino a vincerla: l’amore.

Amore: parola abusata, ma unica parola che gli uomini di ogni tempo e di tutte le culture continuano a usare per dire ciò che è bene e opera il bene, ciò che rende felici, che crea bellezza... La sete più profonda che è in noi è sete di amore grazie all’amore noi intessiamo legami, viviamo insieme, usciamo dall’isolamento, ci umanizziamo. Sì, ci umanizziamo. Questo il punto su cui tutti dovremmo essere complici sulle strade del mondo: cercare ciò che ci umanizza, affermare ciò che ci umanizza, resistere e combattere ciò che ci disumanizza. Allora, se è vero che i cristiani vogliono comunicare agli altri la gioia che vivono a Pasqua, possono esprimerla solo così: “A te, fratello, sorella in umanità può interessare che la morte può essere vinta dall’amore. Per questo ti comunico non una mia certezza, ma la convinzione che mi sostiene e mi rende capace di fiducia: Gesù e risorto per sempre o, in altri termini, l’amore ha vinto la morte!”.
Tuttavia questa non può essere un’affermazione scagliata verso gli altri, non può diventare uno slogan né un elemento di conoscenza gnostica, un’affermazione intellettuale o una bella idea. È invece innanzitutto una prassi che anche i non cristiani possono vivere, vivono già con fatica e sforzo nel duro mestiere di vivere, contro il dilagare della banalità del male. Secondo la tradizione cristiana è veramente Pasqua quando uno incontra l’altro (così un detto apocrifo: “Hai visto un uomo? Hai visto il Signore!”), quando due persone si inchinano l’una verso l’altra (detto dei padri del deserto), quando la solitudine, l’isolamento sono spezzati (san Benedetto visitato nel suo eremo da un monaco il giorno di Pasqua), quando si celebra l’amore presente nelle più diverse storie d’amore, quando si cura un malato, quando si chiama alla propria tavola uno straniero, quando si fa visita a chi è in carcere, quando si dà da mangiare a chi ha fame, quando si abbraccia chi è definito irregolare, marginale, peccatore, quando accade la liberazione di chi si trova nel bisogno e nell’oppressione... Pasqua è il ricominciare nella vita con fede-fiducia, con speranza, impegnandosi solo ad amare e a essere amati.

In questi giorni i cattolici sono stimolati in molti modi da papa Francesco all’impegno tra gli uomini: fuggire ogni autoreferenzialità, non sentirsi assediati in sante cittadelle guardando il mondo dall’alto in basso come fosse Sodoma e Gomorra, invece uscire da se stessi, andare, scendere e incontrare gli altri. Papa Francesco si è chiesto perché è andato nel carcere minorile di Casal di Marmo a lavare i piedi ad alcuni detenuti: “perché questo Gesù ci insegna e questo è quello che io faccio, e lo faccio di cuore perché è mio dovere ... ma è un dovere che viene dal cuore e io lo amo”. Nell’amore si fanno gesti gratuiti, si desidera mettersi a servizio dell’altro perché l’altro nella sua miseria, nella povertà, nella sua qualità di malfattore perché “non sapeva quello che faceva” può essere amabile se si assumono lo sguardo e i sentimenti di Gesù.
Anche questo atteggiamento semplice – frutto non di strategie pastorali o di di tattiche proselitistiche ma solo dell’obbedienza di un cuore che sa amare – sta nella luce pasquale. La risurrezione è stata un evento del passato, ma o la viviamo noi qui come forza di amore in ogni incontro con l’altro, oppure è semplice scena, folklore religioso.
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Bose, 30 marzo 20123
Omelia
 per la Veglia Pasquale di ENZO BIANCHI

Siamo qui in assemblea santa perché crediamo che Cristo è in mezzo a noi, è il Vivente per sempre, è il Vincitore della morte, quella morte che opera in ciascuno di noi ma che il Vincitore della morte ha sconfitto per sempre. Ci siamo detti l’un l’altro che Cristo è risorto, non solo perché lo crediamo ma perché lo sperimentiamo, anche in questo rinnovato ricominciare nella sequela di Cristo. Ci siamo detti l’un l’altro che Cristo è risorto, perché sentiamo che se c’è in noi l’amore è perché lui ce lo ha donato, perché lui ci insegna a viverlo gli uni con gli altri. Abbiamo ascoltato la Parola del Signore che ci ha rivelato perché questo mondo esiste, perché noi siamo stati creati e in questo mondo siamo nati e ora viviamo. Questa Parola ci ha anche rivelato come lui, Dio, ha insegnato a noi uomini, a partire da Abramo, ad avere fede e fiducia. Tutto l’Antico Testamento è soltanto una pedagogia alla fede, alla fiducia. Dalla Parola abbiamo anche ascoltato la rivelazione che l’amore di Dio è più forte della morte (cf. Ct 8,6) e che nei tempi della pienezza Dio, per dirci questa verità, ha voluto diventare uno di noi: Dio si è umanizzato e Gesù di Nazaret è questo uomo che come noi è nato, è cresciuto, è vissuto, è morto; ma quest’uomo era il Dio vivente e vero umanizzato nella storia. Così noi questa sera facciamo memoria che la morte di Cristo non è stata la sua ultima realtà: è stata solo l’estremo della sua esistenza umana, quell’esistenza che Dio ha voluto abitare per poter dare morte alla morte e aprire a noi uomini la sua vita stessa, la vita divina ed eterna.

Ma sostiamo ora su questa buona notizia della resurrezione di cui Luca ci narra l’evento nel suo vangelo (Lc 24,1-12). Protagoniste del racconto sono le discepole: Maria di Magdala, Giovanna, Maria di Giacomo e altre donne di cui non conosciamo il nome, ma Luca nei versetti precedenti al nostro testo aveva precisato che “erano venute a Gerusalemme con Gesù dalla Galilea” (Lc 23,55), che avevano seguito Gesù, dunque erano sue discepole. Queste donne durante la passione di Gesù avevano visto da lontano la sua crocifissione (cf. Lc 23,49), la sua morte, e poi si erano avvicinate al momento della sepoltura, seguendo il corpo di Gesù deposto da quei suoi amici nel sepolcro. Queste donne erano tornate a casa la sera di quel venerdì 7 aprile per preparare unguenti profumati in modo da poter ungere il corpo di Gesù. Il sabato poi avevano riposato, osservando così la Legge (cf. Lc 23,56).
Ma al mattino presto del primo giorno della settimana, potremmo dire appena fu loro possibile, tornarono al sepolcro per fare quelle unzioni sul cadavere di colui che avevano seguito, amato e confessato come profeta. Ma ecco, vedono che la pietra che chiudeva il sepolcro era stata rotolata via, ed entrate non trovano più il corpo di Gesù. Questa è la storia, questo è il racconto che appartiene al nostro sapere, al nostro constatare, al vedere umano. La tomba in cui era stato deposto Gesù nell’alba di quel primo giorno della settimana era vuota, e il corpo di Gesù non era più là. Non solo le donne, ma poi Pietro e l’altro discepolo che vanno al sepolcro, e così tutti quelli che volevano rendersi conto, potevano vedere effettivamente un sepolcro vuoto. Luca dice che allora le donne restarono perplesse, “en tó aporeîsthai” (Lc 23,4): sono in un’aporia, sono in una situazione di sospensione, potremmo anche dire che sono in una situazione diepoché, in una situazione vuota che non è chiusa e non conclude, una situazione che è capace di attesa, attesa che qualcosa accada, attesa di capire, attesa soprattutto di una rivelazione, di qualcuno che alzi il velo. La traduzione italiana che avete ascoltato dice: “Mentre si domandavano che senso avesse tutto questo” (Lc 23,4), ma è una traduzione che va oltre, dà già una interpretazione. Luca ci testimonia in verità che c’è stato un vuoto, una sospensione. Le donne avevano visto Gesù morto, avevano visto il suo cadavere deposto nel sepolcro: come è possibile che non ci sia più? C’è una sospensione, un’epoché.

Prendiamo sul serio questa sospensione tra l’evento della sepoltura e ciò che accadrà. E che cosa accadrà di nuovo nella storia, di nuovo costatabile? La nascita di una comunità. Ma tra il cadavere di Gesù morto e la nascita della chiesa c’è questa aporia, questa sospensione. Che cosa accadde in questa situazione, che Luca qui descrive come una situazione di pochi minuti in cui furono le donne, ma che noi dobbiamo pensare come un’aporia esistenziale in tutta la comunità dei discepoli del Signore, un’aporia che con ogni probabilità è stata diversa da discepolo a discepolo, come ci testimoniano i vangeli? Potremmo dirci – e sarebbe logico, lo fanno molti che vogliono interpretare la resurrezione – che c’è stata forse una riflessione da parte delle donne, dei discepoli su quegli anni passati con Gesù, su quella sua morte, per concludere che l’opera di Gesù non poteva finire così, doveva quindi continuare. Ci sarebbe stato dunque un processo intellettuale che avrebbe portato alla fede nella resurrezione di Gesù? Molti lo hanno pensato e lo dicono. No, ci dice il vangelo. Potremmo anche chiederci: c’è stata un’elaborazione interiore della vicenda di Gesù? Un’elaborazione interiore che avrebbe generato la credenza che lui doveva essere vivo? Sarebbe un’operazione psicologica. No, non è neanche un’operazione psicologica.

Luca ci testimonia che c’è stata una Parola venuta da altrove, una Parola che non poteva essere nell’uomo, un pensiero che non poteva venire da carne e sangue. L’uomo, la carne, il sangue, il suo intelletto potevano solo restare in quell’aporia, in quella sospensione. Ma ecco venire una Parola che poteva venire soltanto da Dio, e quella Parola è detta da due uomini che si presentano improvvisamente alle donne. Luca li descrive come due uomini di luce, con vesti sfolgoranti, cioè due uomini che erano dei messaggeri di Dio, portatori della Parola di Dio. Per questo le donne provano paura, phóbos, e si chinano come abbagliate, guardando a terra (cf. Lc 23,5). Ma ecco le parole, le uniche importanti, non la tomba vuota che sarebbe stata insufficiente, non dei processi psicologici o intellettuali, ma una Parola che viene da Dio: “Perché cercate tra i morti il vivente? Non è qui, è risorto” (Lc 23,5-6). È una parola che alza il velo, una ri-velazione su quella che era un’aporia, una sospensione senza senso, una situazione in cui poteva solo permanere un velo. E poi un invito: “Ricordatevi come vi parlò, quando era ancora con voi” (cf. Lc 23,6). Ecco la rivelazione completa. È molto facile sapere chi sono questi due nella rivelazione di Luca: sono gli stessi che erano presenti nella trasfigurazione di Gesù; Luca li aveva presentati: “Ed ecco due uomini, apparsi nella gloria”, specificando allora che erano Mosè ed Elia (cf. Lc 9,30-31). Qui Luca non deve più specificarlo, perché il lettore del vangelo giunto fin qui sa che due uomini splendenti, apparsi nella gloria, sono Mosè ed Elia. Ecco che cosa trovano le donne nella tomba: trovano le sante Scritture, trovano la Legge e i Profeti che invitano però a essere riletti sulla vita e sulle parole di Gesù. Neanche loro soltanto sarebbero bastati all’annuncio pasquale. Sono loro che testimoniano e dicono: “Ecco, rileggeteci, ma sulle parole e sui fatti di Gesù!”. Invito a una consapevolezza, a una vigilanza, a un custodire le parole e i fatti, a un ricordare, a non lasciare cadere nulla di ciò che le donne avevano vissuto con Gesù.

E questo invito dell’angelo non è un invito a un esercizio intellettuale, tanto meno a un esercizio psichico, mnemonico: è un invito a un esercizio di fede e di amore. Non si trattava di ricordare un insegnamento come facevano gli ebrei, tra i quali un rabbino ricordava l’insegnamento del suo maestro, ma di un ricordare rivivendo. Ecco perché i Dodici dovranno imparare dall’ascolto di queste donne (cf. Lc 24,8-11); dovranno imparare dall’azione di un viandante che in un’osteria di Emmaus spezza il pane (cf. Lc 24,13-35); dovranno imparare da un giardiniere che chiama per nome la Maddalena (cf. Gv 20,11-18), ma in un modo suo; dovranno imparare da come uno sconosciuto sulla riva del lago dà loro da mangiare (cf. Gv 21,1-14). Tutto questo è possibile se Dio alza il velo. Ma per raccogliere la rivelazione, occorre davvero essere coinvolti nella vita di Gesù, occorre aver conosciuto il suo amore fino ad amare; e allora sì, allora si conosce davvero Gesù. E oserei dire di più: si conosce allora la resurrezione. Mi ha sempre impressionato che nello straordinario affresco riguardante la resurrezione, che tutti voi conoscete, presente nella chiesa di san Salvatore in Chora a Costantinopoli, stia scritto: “He anástasis Iesoûs Christós”. Attenzione: non “La resurrezione di Gesù Cristo”, ma “Gesù Cristo è la resurrezione” – non c’è nessun genitivo –, “Gesù Cristo è la resurrezione”. Per questo noi cristiani possiamo dire che, come Gesù Cristo è il Vangelo e il Vangelo è Gesù Cristo, così la resurrezione per noi è solo Gesù Cristo e Gesù Cristo è la resurrezione. Ecco perché amare Gesù è amare la resurrezione, credere Gesù è credere la resurrezione, sperare Gesù è sperare la resurrezione. La resurrezione è solo questione di accoglienza di una parola, accoglienza che avviene nell’amore. Potremmo dire che la resurrezione è solo una questione di amore: non risponde a nessun processo, neanche al processo esegetico, intellettuale di interpretazione delle Scritture.

Nell’antifona pasquale noi cantiamo: “Surrexit sicut dixit! Alleluja!”, “È risorto come ha detto! Alleluja!”. Certamente questa è un’eco della parola dei due uomini, di Mosè ed Elia: “È risorto, come aveva detto” (cf. Lc 24,6). Ma in un manoscritto medioevale c’è una variante che è straordinaria. Non sappiamo da dove derivi, può anche darsi che questo amanuense che ricopiava abbia fatto addirittura un errore: o beata colpa, in questo caso! Perché lui ha trascritto: “Surrexit sicut dilexit”, “Risuscitò come amò”, non “come disse (dixit)”. Si potrebbe dire: “è risorto come ha amato”, o anche – mi piace dire con Luca – “è risorto perché ha amato”, “hóti egápesen polý”. Vi ricordate le parole dette da Gesù alla donna: “Le è molto perdonato, perché molto ha amato” (Lc 7,47). Ma potremmo dire che uno risorgerà “hóti egápesen polý”, perché ha molto amato. La resurrezione è per sempre inscritta nell’amore, e non si può più dire la parola amore senza dire anche resurrezione. 
Gli antichi amavano dire éros-thánatos, amore e morte. Per noi cristiani è solo possibile dire: amore e resurrezione, perché l’amore è più forte della morte, e l’amore per noi è resurrezione. Questa è la nostra fede cristiana: dipende da una rivelazione, da una Parola di Dio, che noi accogliamo ricambiando il Signore semplicemente con l’amore. Se lui surrexit sicut dilexit, ognuno di noi risorgerà come ha amato.



sabato 30 marzo 2013

Cristo è Risorto!



Surrexit Dominus de sepulchro qui pro nobis pependit in ligno.
Christus Resurrexit sicut dixit. Alleluia!



Christos Anesti! Alithos Anesti!


Campioni del mondo!!!


gazzetta
dal nostro inviato Andrea Torquato Giovanoli
30 Aprile 33
Dopo la prima edizione del Campionato del Creato vinta dal Regno delle Tenebre grazie alla clamorosa autorete dall’ex-campione dell’Umanità, Adamo: ora finalmente il riscatto!
L’interminabile scontro si è protratto sullo 0-0 con mutevoli rovesci di fronte, anche se il dominio della palla è sempre stato dei campioni in carica che, con la nota coppia di attaccanti Dolore e Morte, hanno vessato le schiere dell’Umanità costringendo la squadra a giocare tutta la partita in difesa e sperando solamente in sporadiche incursioni di contropiede, peraltro sempre vanificate dall’inconcludenza delle sue punte. Il pressing incessante degli avversari ha messo a dura prova tutto il reparto difensivo dell’Umanità, il quale, non senza colpa, ha peccato troppe volte di superbia lasciando sguarnita la propria porta, salvata soltanto dai miracoli compiuti dal divino portiere Gesù il Cristo, conosciuto come “Figlio di Dio” per non aver mai subito una sola rete in tutta la vita. Ormai esausti dal cardiopalma, sul finale di partita tutti gli spettatori hanno davvero trattenuto il fiato: l’outsider del Regno delle Tenebre, Satanasso, è riuscito a procurarsi un rigore quantomeno dubbio grazie alla complicità del maldestro intervento del sinistro terzino dell’Umanità, Giuda Iscariota. La bordata del malefico campione ha investito in pieno il gioiellino di Nazaret inchiodandolo letteralmente ai pali. Grazie al sacrificio dell’estremo difensore la porta dell’Umanità è rimasta inviolata, ma per il portierone ormai sembrava non esserci più nulla da fare: trascinato fuori dal campo esanime è stato deposto in una barella al di là dei bordi di gioco, proprio quando l’arbitro ha fischiato la fine dei tempi regolamentari.
Trascorsa la breve pausa del sabato, la partita è ripresa con i tempi supplementari, nei quali vigeva, per quest’unica edizione, la regola del “golden gol”.
Sorprendentemente le squadre sono rientrate in campo senza alcuna variazione tra le due formazioni: Gesù, pur mostrando le ferite dell’infortunio subito, era vivo e, cosa ancor più inaspettata, anziché riprendere il suo posto sotto la traversa si è portato nel cerchio di centrocampo, dove, ricevuto il breve passaggio iniziale da Maria Santissima, ha deflagrato un mirabolante tiro ad effetto che con potenza mai vista ha insaccato il pallone nell’angolino alto della porta avversaria sotto lo sguardo impietrito di tutti gli adepti del male!
All’immediato fischio di convalida del giudice di gara il boato è esploso all’unisono: Cristo è Risorto, la morte è sconfitta e l’uomo è davvero campione del mondo!
In serata, fuori da tutte le chiese, i cortei dei tifosi si sono protratti fin dopo la mezzanotte e d’ora in poi, ad ogni Pasqua, tutti in piazza a festeggiare!!!
Fonte: costanzamiriano

Papa Francesco: Omelia della Veglia di Pasqua 2013

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Veglia nella Notte Santa di Pasqua. Omelia di Papa Francesco: "Abbiamo paura delle sorprese di Dio; abbiamo paura delle sorprese di Dio! Egli ci sorprende (...) Fare memoria di quello che Dio ha fatto e fa per me, per noi, fare memoria del cammino percorso; e questo spalanca il cuore alla speranza per il futuro. Impariamo a fare memoria di quello che Dio ha fatto nella nostra vita sempre!"

[Text: Italiano, Français, English, Español, Português]
“Fratelli e sorelle, non chiudiamoci alla novità che Dio vuole portare nella nostra vita! Siamo spesso stanchi, delusi, tristi, sentiamo il peso dei nostri peccati, pensiamo di non farcela? Non chiudiamoci in noi stessi, non perdiamo la fiducia, non rassegniamoci mai: non ci sono situazioni che Dio non possa cambiare, non c’è peccato che non possa perdonare se ci apriamo a Lui”.
Alle ore 20.30 il Santo Padre Francesco presiede, nella Basilica Vaticana, la solenne Veglia nella Notte Santa di Pasqua. Il Rito ha inizio nell’atrio della Basilica di San Pietro con la benedizione del fuoco e la preparazione del cero pasquale. Alla processione verso l’Altare con il cero pasquale acceso e il canto dell’Exsultet, fanno seguito la Liturgia della Parola, la Liturgia Battesimale - nel corso della quale il Papa amministra i Sacramenti dell’iniziazione cristiana (Battesimo, Cresima e Prima Comunione) a 4 neofiti, provenienti da: Italia, Albania, Russia e Stati Uniti d’America - e la Liturgia Eucaristica, concelebrata con i Cardinali. L’omelia che Papa Francesco:
Testo ufficiale in italiano. Il segno (...) indica frasi aggiunte del Santo Padre e pronunciate a braccio. 
Cari fratelli e sorelle!
1. Nel Vangelo di questa Notte luminosa della Veglia Pasquale incontriamo per prime le donne che si recano al sepolcro di Gesù con gli aromi per ungere il suo corpo (cfr Lc 24,1-3). Vanno per compiere un gesto di compassione, di affetto, di amore, un gesto tradizionale verso una persona cara defunta, come ne facciamo anche noi. Avevano seguito Gesù, l’avevano ascoltato, si erano sentite comprese nella loro dignità e lo avevano accompagnato fino alla fine, sul Calvario, e al momento della deposizione dalla croce.
Possiamo immaginare i loro sentimenti mentre vanno alla tomba: un certa tristezza, il dolore perché Gesù le aveva lasciate, era morto, la sua vicenda era terminata. Ora si ritornava alla vita di prima. Però nelle donne continuava l’amore, ed è l’amore verso Gesù che le aveva spinte a recarsi al sepolcro. Ma a questo punto avviene qualcosa di totalmente inaspettato, di nuovo, che sconvolge il loro cuore e i loro programmi e sconvolgerà la loro vita: vedono la pietra rimossa dal sepolcro, si avvicinano, e non trovano il corpo del Signore. E’ un fatto che le lascia perplesse, dubbiose, piene di domande: “Che cosa succede?”, “Che senso ha tutto questo?” (cfr Lc 24,4). Non capita forse anche a noi così quando qualcosa di veramente nuovo accade nel succedersi quotidiano dei fatti? Ci fermiamo, non comprendiamo, non sappiamo come affrontarlo. La novità spesso ci fa paura, anche la novità che Dio ci porta, la novità che Dio ci chiede. Siamo come gli Apostoli del Vangelo: spesso preferiamo tenere le nostre sicurezze, fermarci ad una tomba, al pensiero verso un defunto, che alla fine vive solo nel ricordo della storia come i grandi personaggi del passato. Abbiamo paura delle sorprese di Dio; (...)abbiamo paura delle sorprese di Dio! Egli ci sorprende sempre! (...)
Fratelli e sorelle, non chiudiamoci alla novità che Dio vuole portare nella nostra vita! Siamo spesso stanchi, delusi, tristi, sentiamo il peso dei nostri peccati, pensiamo di non farcela? Non chiudiamoci in noi stessi, non perdiamo la fiducia, non rassegniamoci mai: non ci sono situazioni che Dio non possa cambiare, non c’è peccato che non possa perdonare se ci apriamo a Lui.
2. Ma torniamo al Vangelo, alle donne e facciamo un passo avanti. Trovano la tomba vuota, il corpo di Gesù non c’è, qualcosa di nuovo è avvenuto, ma tutto questo ancora non dice nulla di chiaro: suscita interrogativi, lascia perplessi, senza offrire una risposta. Ed ecco due uomini in abito sfolgorante, che dicono: «Perché cercate tra i morti colui che è vivo? Non è qui, è risorto» (Lc 24, 5-6). Quello che era un semplice gesto, un fatto, compiuto certo per amore - il recarsi al sepolcro – ora si trasforma in avvenimento, in un evento che cambia veramente la vita. Nulla rimane più come prima, non solo nella vita di quelle donne, ma anche nella nostra vita e nella storia dell’umanità. Gesù non è morto, è risorto, è il Vivente! Non è semplicemente tornato in vita, ma è la vita stessa, perché è il Figlio di Dio, che è il Vivente (cfr Nm 14,21-28; Dt 5,26; Gs 3,10). Gesù non è più nel passato, ma vive nel presente ed è proiettato verso il futuro, Gesù è l’«oggi» eterno di Dio. Così la novità di Dio si presenta davanti agli occhi delle donne, dei discepoli, di tutti noi: la vittoria sul peccato, sul male, sulla morte, su tutto ciò che opprime la vita e le dà un volto meno umano. E questo è un messaggio rivolto a me, a te, cara sorella e te caro fratello. Quante volte abbiamo bisogno che l’Amore ci dica: perché cercate tra i morti colui che è vivo? I problemi, le preoccupazioni di tutti i giorni tendono a farci chiudere in noi stessi, nella tristezza, nell’amarezza… e lì sta la morte. Non cerchiamo lì Colui che è vivo! Accetta allora che Gesù Risorto entri nella tua vita, accoglilo come amico, con fiducia: Lui è la vita! Se fino ad ora sei stato lontano da Lui, fa’ un piccolo passo: ti accoglierà a braccia aperte. Se sei indifferente, accetta di rischiare: non sarai deluso. Se ti sembra difficile seguirlo, non avere paura, affidati a Lui, stai sicuro che Lui ti è vicino, è con te e ti darà la pace che cerchi e la forza per vivere come Lui vuole.
3. C’è un ultimo semplice elemento che vorrei sottolineare del Vangelo di questa luminosa Veglia Pasquale. Le donne si incontrano con la novità di Dio: Gesù è risorto, è il Vivente! Ma di fronte alla tomba vuota e ai due uomini in abito sfolgorante, la loro prima reazione è di timore: «tenevano il volto chinato a terra» - nota san Luca -, non avevano il coraggio neppure di guardare. Ma quando ascoltano l’annuncio della Risurrezione, l’accolgono con fede. E i due uomini in abito sfolgorante introducono un verbo fondamentale: «Ricordatevi come vi parlò, quando era ancora in Galilea… Ed esse si ricordarono delle sue parole» (Lc 24,6.8). E’ l’invito a fare memoria dell’incontro con Gesù, delle sue parole, dei suoi gesti, della sua vita; ed è proprio questo ricordare con amore l’esperienza con il Maestro che conduce le donne a superare ogni timore e a portare l’annuncio della Risurrezione agli Apostoli e a tutti gli altri (cfr Lc 24,9). Fare memoria di quello che Dio ha fatto e fa per me, per noi, fare memoria del cammino percorso; e questo spalanca il cuore alla speranza per il futuro. Impariamo a fare memoria di quello che Dio ha fatto nella nostra vita!
In questa Notte di luce, invocando l’intercessione della Vergine Maria, che custodiva ogni avvenimento nel suo cuore (cfr Lc 2,19.51), chiediamo che il Signore ci renda partecipi della sua Risurrezione: ci apra alla sua novità che trasforma, alle sorprese di Dio; (...) ci renda uomini e donne capaci di fare memoria di ciò che Egli opera nella nostra storia personale e in quella del mondo; ci renda capaci di sentirlo come il Vivente, vivo ed operante in mezzo a noi; ci insegni ogni giorno a non cercare tra i morti Colui che è vivo. Amen.
FRANCESE
Chers frères et soeurs,
1. Dans l’évangile de cette nuit lumineuse de la Vigile pascale, nous rencontrons en premier les femmes qui se rendent au tombeau de Jésus avec les aromates pour oindre son corps (cf. Lc 24,1-3). Elles viennent pour accomplir un geste de compassion, d’affection, d’amour, un geste traditionnel envers une personne chère défunte, comme nous le faisons nous aussi. Elles avaient suivi Jésus, l’avaient écouté, s’étaient senties comprises dans leur dignité et l’avaient accompagné jusqu’à la fin, sur le Calvaire, et au moment de la déposition de la croix. Nous pouvons imaginer leurs sentiments tandis qu’elles vont au tombeau : une certaine tristesse, le chagrin parce que Jésus les avait quittées, il était mort, son histoire était terminée. Maintenant on revenait à la vie d’avant. Cependant dans les femmes persistait l’amour, et c’est l’amour envers Jésus qui les avait poussées à se rendre au tombeau. Mais à ce point il se passe quelque chose de totalement inattendu, de nouveau, qui bouleverse leur coeur et leurs programmes et bouleversera leur vie : elles voient la pierre enlevée du tombeau, elles s’approchent, et ne trouvent pas le corps du Seigneur. C’est un fait qui les laisse hésitantes, perplexes, pleines de questions : « Que s’est-il passé ? », « Quel sens tout cela a-t-il ? » (cf. Lc 24,4). Cela ne nous arrive-t-il pas peut-être aussi à nous quand quelque chose de vraiment nouveau arrive dans la succession quotidienne des faits ? Nous nous arrêtons, nous ne comprenons pas, nous ne savons pas comment l’affronter. La nouveauté souvent nous fait peur, aussi la nouveauté que Dieu nous apporte, la nouveauté que Dieu nous demande. Nous sommes comme les Apôtres de l’Évangile : nous préférons souvent garder nos sécurités, nous arrêter sur une tombe, à la pensée pour un défunt, qui à la fin vit seulement dans le souvenir de l’histoire comme les grand personnages du passé. Nous avons peur des surprises de Dieu ; nous avons peur des surprises de Dieu ! Il nous surprend toujours !
Frères et soeurs, ne nous fermons pas à la nouveauté que Dieu veut porter dans notre vie ! Ne sommes-nous pas souvent fatigués, déçus, tristes, ne sentons-nous pas le poids de nos péchés, ne pensons-nous pas que nous n’y arriverons pas ? Ne nous fermons pas sur nous-mêmes, ne perdons pas confiance, ne nous résignons jamais : il n’y a pas de situations que Dieu ne puisse changer, il n’y a aucun péché qu’il ne puisse pardonner si nous nous ouvrons à Lui. 2. Mais revenons à l’Évangile, aux femmes et faisons un pas en avant. Elles trouvent la tombe vide, le corps de Jésus n’y est pas, quelque chose de nouveau est arrivé, mais tout cela ne dit encore rien de clair : cela suscite des interrogations, laisse perplexes, sans offrir une réponse. Et voici deux hommes en vêtement éclatant, qui disent : « Pourquoi cherchez-vous le Vivant parmi les morts ? Il n’est pas ici, il est ressuscité » (Lc 24,5-6). Ce qui était un simple geste, un fait, accompli bien sûr par amour – le fait de se rendre au tombeau – maintenant se transforme en événement, en un fait qui change vraiment la vie. Rien ne reste plus comme avant, non seulement dans la vie de ces femmes, mais aussi dans notre vie et dans l’histoire de l’humanité. Jésus n’est pas mort, il est ressuscité, il est le Vivant ! Il n’est pas seulement revenu à la vie, mais il est la vie même, parce qu’il est le Fils de Dieu, qu’il est le Vivant (cf. Nb 14, 21-28, Dt 5,26, Jon 3,10) Jésus n’est plus dans le passé, mais il vit dans le présent et est projeté vers l’avenir, il est l’«aujourd’hui» éternel de Dieu. Ainsi la nouveauté de Dieu se présente aux yeux des femmes, des disciples, de nous tous : la victoire sur le péché, sur le mal, sur la mort, sur tout ce qui opprime la vie et lui donne un visage moins humain. Et c’est un message adressé à moi, à toi, chère soeur et cher frère. Combien de fois avons-nous besoin que l’Amour nous dise : pourquoi cherchez-vous le Vivant parmi les morts ? Les problèmes, les préoccupations de tous les jours tendent à nous faire replier sur nous-mêmes, dans la tristesse, dans l’amertume… et là se trouve la mort. Ne cherchons pas là Celui qui est vivant !
Accepte alors que Jésus Ressuscité entre dans ta vie, accueille-le comme ami, avec confiance : Lui est la vie ! Si jusqu’à présent tu as été loin de Lui, fais un petit pas : il t’accueillera à bras ouverts. Si tu es indifférent, accepte de risquer : tu ne seras pas déçu. S’il te semble difficile de le suivre, n’aies pas peur, fais-lui confiance, sois sûr que Lui, il t’est proche, il est avec toi et te donnera la paix que tu cherches et la force pour vivre comme Lui le veut. 3. Il y a un dernier élément simple de l’Évangile de cette lumineuse Vigile pascale que je voudrais souligner. Les femmes rencontrent la nouveauté de Dieu : Jésus est ressuscité, il est le Vivant ! Mais devant le tombeau vide et les deux hommes en vêtement éclatant, leur première réaction est une réaction de crainte : « elles baissaient le visage vers le sol » - note saint Luc -, elles n’avaient pas non plus le courage de regarder. Mais quand elles entendent l’annonce de la Résurrection, elles l’accueillent avec foi. Et les deux hommes en vêtement éclatant introduisent un verbe fondamental : « Rappelez-vous ce qu’il vous a dit quand il était encore en Galilée… Et elles se rappelèrent ses paroles » (Lc 24,6.8). C’est l’invitation à faire mémoire de la rencontre avec Jésus, de ses paroles, de ses gestes, de sa vie ; et c’est vraiment le fait de se souvenir avec amour de l’expérience avec le Maître qui conduit les femmes à dépasser toute peur et à porter l’annonce de la Résurrection aux Apôtres et à tous les autres (cf. Lc 24,9). Faire mémoire de ce que Dieu a fait et fait pour moi, pour nous, faire mémoire du chemin parcouru ; et cela ouvre le coeur à l’espérance pour l’avenir. Apprenons à faire mémoire de ce que Dieu a fait dans notre vie. En cette Nuit de lumière, invoquant l’intercession de la Vierge Marie, qui gardait chaque événement dans son coeur (cf. Lc 2, 19.51), demandons que le Seigneur nous rende participants de sa Résurrection : qu’il nous ouvre à sa nouveauté qui transforme, aux surprises de Dieu ; qu’il fasse de nous des hommes et des femmes capables de faire mémoire de ce qu’il accomplit dans notre histoire personnelle et dans celle du monde ; qu’il nous rende capables de le sentir comme le Vivant, vivant et agissant au milieu de nous ; qu’il nous enseigne chaque jour à ne pas chercher parmi les morts Celui qui est vivant. Amen.
INGLESE
Dear Brothers and Sisters,
1. In the Gospel of this radiant night of the Easter Vigil, we first meet the women who go the tomb of Jesus with spices to anoint his body (cf. Lk 24:1-3). They go to perform an act of compassion, a traditional act of affection and love for a dear departed person, just as we would. They had followed Jesus, they had listened to his words, they had felt understood by him in their dignity and they had accompanied him to the very end, to Calvary and to the moment when he was taken down from the cross. We can imagine their feelings as they make their way to the tomb: a certain sadness, sorrow that Jesus had left them, he had died, his life had come to an end. Life would now go on as before. Yet the women continued to feel love, the love for Jesus which now led them to his tomb. But at this point, something completely new and unexpected happens, something which upsets their hearts and their plans, something which will upset their whole life: they see the stone removed from before the tomb, they draw near and they do not find the Lord’s body. It is an event which leaves them perplexed, hesitant, full of questions: “What happened?”, “What is the meaning of all this?” (cf. Lk 24:4). Doesn’t the same thing also happen to us when something completely new occurs in our everyday life? We stop short, we don’t understand, we don’t know what to do. Newness often makes us fearful, including the newness which God brings us, the newness which God asks of us. We are like the Apostles in the Gospel: often we would prefer to hold on to our own security, to stand in front of a tomb, to think about someone who has died, someone who ultimately lives on only as a memory, like the great historical figures from the past. We are afraid of God’s surprises; we are afraid of God’s surprises! He always surprises us!
Dear brothers and sisters, let us not be closed to the newness that God wants to bring into our lives! Are we often weary, disheartened and sad? Do we feel weighed down by our sins? Do we think that we won’t be able to cope? Let us not close our hearts, let us not lose confidence, let us never give up: there are no situations which God cannot change, there is no sin which he cannot forgive if only we open ourselves to him.
2. But let us return to the Gospel, to the women, and take one step further. They find the tomb empty, the body of Jesus is not there, something new has happened, but all this still doesn’t tell them anything certain: it raises questions; it leaves them confused, without offering an answer. And suddenly there are two men in dazzling clothes who say: “Why do you look for the living among the dead? He is not here; but has risen” (Lk 24:5-6). What was a simple act, done surely out of love – going to the tomb – has now turned into an event, a truly life-changing event. Nothing remains as it was before, not only in the lives of those women, but also in our own lives and in the history of mankind. Jesus is not dead, he has risen, he is alive! He does not simply return to life; rather, he is life itself, because he is the Son of God, the living God (cf. Num 14:21-28; Deut 5:26; Josh 3:10). Jesus no longer belongs to the past, but lives in the present and is projected towards the future; he is the everlasting “today” of God. This is how the newness of God appears to the women, the disciples and all of us: as victory over sin, evil and death, over everything that crushes life and makes it seem less human. And this is a message meant for me and for you, dear sister, dear brother. How often does Love have to tell us: Why do you look for the living among the dead? Our daily problems and worries can wrap us up in ourselves, in sadness and bitterness... and that is where death is. That is not the place to look for the One who is alive!
Let the risen Jesus enter your life, welcome him as a friend, with trust: he is life! If up till now you have kept him at a distance, step forward. He will receive you with open arms. If you have been indifferent, take a risk: you won’t be disappointed. If following him seems difficult, don’t be afraid, trust him, be confident that he is close to you, he is with you and he will give you the peace you are looking for and the strength to live as he would have you do. 3. There is one last little element that I would like to emphasize in the Gospel for this Easter Vigil. The women encounter the newness of God. Jesus has risen, he is alive! But faced with empty tomb and the two men in brilliant clothes, their first reaction is one of fear: “they were terrified and bowed their faced to the ground”, Saint Luke tells us – they didn’t even have courage to look. But when they hear the message of the Resurrection, they accept it in faith. And the two men in dazzling clothes tell them something of crucial importance: “Remember what he told you when he was still in Galilee… And they remembered his words” (Lk 24:6,8). They are asked to remember their encounter with Jesus, to remember his words, his actions, his life; and it is precisely this loving remembrance of their experience with the Master that enables the women to master their fear and to bring the message of the Resurrection to the Apostles and all the others (cf. Lk 24:9). To remember what God has done and continues to do for me, for us, to remember the road we have travelled; this is what opens our hearts to hope for the future. May we learn to remember everything that God has done in our lives.
On this radiant night, let us invoke the intercession of the Virgin Mary, who treasured all these events in her heart (cf. Lk 2:19,51) and ask the Lord to give us a share in his Resurrection. May he open us to the newness that transforms. May he make us men and women capable of remembering all that he has done in our own lives and in the history of our world. May he help us to feel his presence as the one who is alive and at work in our midst. And may he teach us each day not to look for the among the dead for the Living One. Amen.
SPAGNOLO
Queridos hermanos y hermanas
1. En el Evangelio de esta noche luminosa de la Vigilia Pascual, encontramos primero a las mujeres que van al sepulcro de Jesús, con aromas para ungir su cuerpo (cf. Lc 24,1-3). Van para hacer un gesto de compasión, de afecto, de amor; un gesto tradicional hacia un ser querido difunto, como hacemos también nosotros. Habían seguido a Jesús. Lo habían escuchado, se habían sentido comprendidas en su dignidad, y lo habían acompañado hasta el final, en el Calvario y en el momento en que fue bajado de la cruz. Podemos imaginar sus sentimientos cuando van a la tumba: una cierta tristeza, la pena porque Jesús les había dejado, había muerto, su historia había terminado. Ahora se volvía a la vida de antes. Pero en las mujeres permanecía el amor, y es el amor a Jesús lo que les impulsa a ir al sepulcro. Pero, a este punto, sucede algo totalmente inesperado, una vez más, que perturba sus corazones, trastorna sus programas y alterará su vida: ven corrida la piedra del sepulcro, se acercan, y no encuentran el cuerpo del Señor. Esto las deja perplejas, dudosas, llenas de preguntas: «¿Qué es lo que ocurre?», «¿qué sentido tiene todo esto?» (cf. Lc 24,4). ¿Acaso no nos pasa así también a nosotros cuando ocurre algo verdaderamente nuevo respecto a lo de todos los días? Nos quedamos parados, no lo entendemos, no sabemos cómo afrontarlo. A menudo, la novedad nos da miedo, también la novedad que Dios nos trae, la novedad que Dios nos pide. Somos como los apóstoles del Evangelio: muchas veces preferimos mantener nuestras seguridades, pararnos ante una tumba, pensando en el difunto, que en definitiva sólo vive en el recuerdo de la historia, como los grandes personajes del pasado. Tenemos miedo de las sorpresas de Dios; tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Él nos sorprende siempre.
Hermanos y hermanas, no nos cerremos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas. ¿Estamos acaso con frecuencia cansados, decepcionados, tristes; sentimos el peso de nuestros pecados, pensamos no lo podemos conseguir? No nos encerremos en nosotros mismos, no perdamos la confianza, nunca nos resignemos: no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él.
2. Pero volvamos al Evangelio, a las mujeres, y demos un paso hacia adelante. Encuentran la tumba vacía, el cuerpo de Jesús no está allí, algo nuevo ha sucedido, pero todo esto todavía no queda nada claro: suscita interrogantes, causa perplejidad, pero sin ofrecer una respuesta. Y he aquí dos hombres con vestidos resplandecientes, que dicen: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24,5-6). Lo que era un simple gesto, algo hecho ciertamente por amor – el ir al sepulcro –, ahora se transforma en acontecimiento, en un evento que cambia verdaderamente la vida. Ya nada es como antes, no sólo en la vida de aquellas mujeres, sino también en nuestra vida y en la historia de la humanidad. Jesús no ha muerto, ha resucitado, es el Viviente. No es simplemente que haya vuelto a vivir, sino que es la vida misma, porque es el Hijo de Dios, que es el que vive (cf. Nm 14,21-28; Dt 5,26, Jos 3,10). Jesús ya no es del pasado, sino que vive en el presente y está proyectado hacia el futuro, es el «hoy» eterno de Dios. Así, la novedad de Dios se presenta ante los ojos de las mujeres, de los discípulos, de todos nosotros: la victoria sobre el pecado, sobre el mal, sobre la muerte, sobre todo lo que oprime la vida, y le da un rostro menos humano. Y este es un mensaje para mí, para ti, querida hermana y querido hermano. Cuántas veces tenemos necesidad de que el Amor nos diga: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? Los problemas, las preocupaciones de la vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la tristeza, en la amargura..., y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a Aquel que vive.
Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirlo, no tengas miedo, confía en él, ten la seguridad de que él está cerca de ti, está contigo, y te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere.
3. Hay un último y simple elemento que quisiera subrayar del Evangelio de esta luminosa Vigilia Pascual. Las mujeres se encuentran con la novedad de Dios: Jesús ha resucitado, es el Viviente. Pero ante la tumba vacía y los dos hombres con vestidos resplandecientes, su primera reacción es de temor: estaban «con las caras mirando al suelo» – observa san Lucas –, no tenían ni siquiera valor para mirar. Pero al escuchar el anuncio de la Resurrección, la reciben con fe. Y los dos hombres con vestidos resplandecientes introducen un verbo fundamental: «Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea... Y recordaron sus palabras» (Lc 24,6.8). La invitación a hacer memoria del encuentro con Jesús, de sus palabras, sus gestos, su vida; este recordar con amor la experiencia con el Maestro, es lo que hace que las mujeres superen todo temor y que lleven la proclamación de la Resurrección a los Apóstoles y a todos los otros (cf. Lc 24,9). Hacer memoria de lo que Dios ha hecho por mí, por nosotros, hacer memoria del camino recorrido; y esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro. Aprendamos a hacer memoria de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas.
En esta Noche de luz, invocando la intercesión de la Virgen María, que guardaba todos estas cosas en su corazón (cf. Lc 2,19.51), pidamos al Señor que nos haga partícipes de su resurrección: nos abra a su novedad que trasforma, a las sorpresas de Dios; que nos haga hombres y mujeres capaces de hacer memoria de lo que él hace en nuestra historia personal y la del mundo; que nos haga capaces de sentirlo como el Viviente, vivo y actuando en medio de nosotros; que nos enseñe cada día a no buscar entre los muertos a Aquel que vive. Amén.
PORTOGHESE
Amados irmãos e irmãs!
1. No Evangelho desta noite luminosa da Vigília Pascal, encontramos em primeiro lugar as mulheres que vão ao sepulcro de Jesus levando perfumes para ungir o corpo d’Ele (cf. Lc 24, 1- 3). Vão cumprir um gesto de piedade, de afeto, de amor, um gesto tradicionalmente feito a um ente querido falecido, como fazemos nós também. Elas tinham seguido Jesus, ouviram-No, sentiram-se compreendidas na sua dignidade e acompanharam-No até ao fim no Calvário e ao momento da descida do seu corpo da cruz. Podemos imaginar os sentimentos delas enquanto caminham para o túmulo: tanta tristeza, tanta pena porque Jesus as deixara; morreu, a sua história terminou. Agora se tornava à vida que levavam antes. Contudo, nas mulheres, continuava o amor, e foi o amor por Jesus que as impelira a irem ao sepulcro. Mas, chegadas lá, verificam algo totalmente inesperado, algo de novo que lhes transtorna o coração e os seus programas e subverterá a sua vida: vêem a pedra removida do sepulcro, aproximam-se e não encontram o corpo do Senhor. O caso deixa-as perplexas, hesitantes, cheias de interrogações: «Que aconteceu?», «Que sentido tem tudo isto?» (cf. Lc 24, 4). Porventura não se dá o mesmo também conosco, quando acontece qualquer coisa de verdadeiramente novo na cadência diária das coisas? Paramos, não entendemos, não sabemos como enfrentá-la. Frequentemente mete-nos medo a novidade, incluindo a novidade que Deus nos traz, a novidade que Deus nos pede. Fazemos como os apóstolos, no Evangelho: muitas vezes preferimos manter as nossas seguranças, parar junto de um túmulo com o pensamento num defunto que, no fim de contas, vive só na memória da história, como as grandes figuras do passado. Tememos as surpresas de Deus; temos medo das surpresas de Deus! Ele não cessa de nos surpreender! Irmãos e irmãs, não nos fechemos à novidade que Deus quer trazer à nossa vida! Muitas vezes sucede que nos sentimos cansados, desiludidos, tristes, sentimos o peso dos nossos pecados, pensamos que não conseguimos? Não nos fechemos em nós mesmos, não percamos a confiança, não nos demos jamais por vencidos: não há situações que Deus não possa mudar; não há pecado que não possa perdoar, se nos abrirmos a Ele.
2. Mas voltemos ao Evangelho, às mulheres, para vermos mais um ponto. Elas encontram o túmulo vazio, o corpo de Jesus não está lá… Algo de novo acontecera, mas ainda nada de claro resulta de tudo aquilo: levanta questões, deixa perplexos, sem oferecer uma resposta. E eis que aparecem dois homens em trajes resplandecentes, dizendo: «Porque buscais o Vivente entre os mortos? Não está aqui; ressuscitou!» (Lc 24, 5-6). E aquilo que começara como um simples gesto, certamente cumprido por amor – ir ao sepulcro –, transforma-se em acontecimento, e num acontecimento tal que muda verdadeiramente a vida. Nada mais permanece como antes, e não só na vida daquelas mulheres mas também na nossa vida e na história da humanidade. Jesus não está morto, ressuscitou, é o Vivente! Não regressou simplesmente à vida, mas é a própria vida, porque é o Filho de Deus, que é o Vivente (cf. Nm 14, 21-28; Dt 5, 26, Js 3, 10). Jesus já não está no passado, mas vive no presente e lança-Se para o futuro: é o «hoje» eterno de Deus. Assim se apresenta a novidade de Deus diante dos olhos das mulheres, dos discípulos, de todos nós: a vitória sobre o pecado, sobre o mal, sobre a morte, sobre tudo o que oprime a vida e lhe dá um rosto menos humano. E isto é uma mensagem dirigida a mim, a ti, amada irmã e amado irmão. Quantas vezes precisamos que o Amor nos diga: Porque buscais o Vivente entre os mortos? Os problemas, as preocupações de todos os dias tendem a fechar-nos em nós mesmos, na tristeza, na amargura… e aí está a morte. Não procuremos aí o Vivente!
Aceita então que Jesus Ressuscitado entre na tua vida, acolhe-O como amigo, com confiança: Ele é a vida! Se até agora estiveste longe d’Ele, basta que faças um pequeno passo e Ele te acolherá de braços abertos. Se és indiferente, aceita arriscar: não ficarás desiludido. Se te parece difícil segui-Lo, não tenhas medo, entrega-te a Ele, podes estar seguro de que Ele está perto de ti, está contigo e dar-te-á a paz que procuras e a força para viver como Ele quer. 3. Há ainda um último elemento, simples, que quero sublinhar no Evangelho desta luminosa Vigília Pascal. As mulheres se encontram com a novidade de Deus: Jesus ressuscitou, é o Vivente! Mas, à vista do túmulo vazio e dos dois homens em trajes resplandecentes, a primeira reação que têm é de medo: «amedrontadas – observa Lucas –, voltaram o rosto para o chão», não tinham a coragem sequer de olhar. Mas, quando ouvem o anúncio da Ressurreição, acolhem-no com fé. E os dois homens em trajes resplandecentes introduzem um verbo fundamental: «Lembrai-vos de como vos falou, quando ainda estava na Galiléia (...) Recordaram-se então das suas palavras» (Lc 24, 6.8). É o convite a fazer memória do encontro com Jesus, das suas palavras, dos seus gestos, da sua vida; e é precisamente este recordar amorosamente a experiência com o Mestre que faz as mulheres superarem todo o medo e levarem o anúncio da Ressurreição aos Apóstolos e a todos os restantes (cf. Lc 24, 9). Fazer memória daquilo que Deus fez e continua a fazer por mim, por nós, fazer memória do caminho percorrido; e isto abre de par em par o coração à esperança para o futuro. Aprendamos a fazer memória daquilo que Deus fez na nossa vida.
Nesta Noite de luz, invocando a intercessão da Virgem Maria, que guardava todos os acontecimentos no seu coração (cf. Lc 2, 19.51), peçamos ao Senhor que nos torne participantes da sua Ressurreição: que nos abra à sua novidade que transforma, às surpresas de Deus; que nos torne homens e mulheres capazes de fazer memória daquilo que Ele opera na nossa história pessoal e na do mundo; que nos torne capazes de O percebermos como o Vivente, vivo e operante no meio de nós; que nos ensine cada dia a não procurarmos entre os mortos Aquele que está vivo. Assim seja.

Francesco contro la “gioia oscura del pettegolezzo


Riporto da "Il Foglio" di ieri, 29 marzo.

Ogni mattina, più o meno alle sette, Papa Francesco celebra la messa nella piccola cappella della Casa di Santa Marta, il residence spartano dai lunghi corridoi bianchi e dall’austero mobilio ligneo dove ha deciso di continuare ad abitare “nella semplicità, in comunione con altri membri del clero” che già da tempo occupano quelle stanze. Nel Palazzo apostolico ci va solo in orario d’ufficio, per le udienze e per gli incontri che il cerimoniale impone. Rigorosamente senza abito corale, vestito solo con la talare bianca. Ma è a Santa Marta, nella mezz’ora di messa mattutina davanti ai giardinieri, ai dipendenti delle poste e dei servizi telefonici del Vaticano, che Bergoglio fa intravedere il suo profilo culturale e pastorale. Parla poco, non ama le prediche lunghe scritte dagli uffici e portate alla sua attenzione solo qualche ora prima, per una rapida approvazione. Lo si era già capito il giorno dopo l’elezione, quando rifiutò il testo in latino che la segreteria di stato aveva preparato per la concelebrazione in Cappella Sistina con i cardinali elettori. Francesco preferisce andare a braccio, dall’ambone, con il solo Vangelo sotto gli occhi. Si esprime in modo “semplice e diretto, come sempre”, scriveva ieri l’Osservatore Romano. Lo fa in modo chiaro, ma mai banale. L’altra mattina, il Papa ha invitato a smetterla con i pettegolezzi. “Mai parlare male di altre persone”, ha detto, aggiungendo che “quando si va da un conoscente e il parlare diventa pettegolezzo e maldicenza, questa è una vendita e la persona al centro del nostro chiacchiericcio diviene una mercanzia”.
Parole forti, specie se pronunciate tra le mura di una cittadella che anche nell’ultimo anno ha convissuto con pettegolezzi, veleni, dossier segreti e maldicenze. “Non so perché – ha detto Francesco – ma c’è una gioia oscura nella chiacchiera. Si inizia con parole buone, ma poi viene la chiacchiera. E si incomincia quello spellare l’altro”. Rendiamoci conto, avvertiva il Papa, che così “facciamo la stessa cosa che ha fatto Giuda”. Non c’è nulla di cui stupirsi, ha precisato subito dopo: “Capita tante volte anche nel mercato della storia, che è il mercato della nostra vita”. Il Pontefice invitava a riflettere e a chiedere perdono, “perché quello che facciamo all’altro, all’amico, lo facciamo a Gesù”. Pentirsi, chiedere perdono, rendersi conto che “non è possibile fare giustizia con la propria lingua”. Francesco aveva parlato del perdono anche il giorno prima, sempre a Santa Marta. “Era notte quando Giuda uscì dal cenacolo; era notte fuori e dentro di lui”, ha detto il Papa. Ma c’è anche un’altra notte, provvisoria, che tutti conoscono: la notte del peccatore che incontra Gesù, la sua carezza. “Che bello essere santi, ma anche quanto è bello essere perdonati”, erano state le ultime parole dell’omelia del Pontefice argentino.

“Siate pastori con l’odore delle pecore”
Dalla grande concettualizzazione teologica di Joseph Ratzinger – che nel suo penultimo Angelus parlava del bivio che si presenta davanti all’uomo: vogliamo seguire l’io o Dio?, si domandava Benedetto XVI – si è passati al parlare semplice di Jorge Mario Bergoglio. Uomo coltissimo, poliglotta (ma per ora preferisce parlare solo in italiano, evitando anche i saluti nella sua lingua madre, lo spagnolo), il gesuita di origini piemontesi eletto al Soglio di Pietro lo scorso 13 marzo, centellina le citazioni poetiche, filosofiche, teologiche. Ama Friedrich Hölderlin ma preferisce menzionare le massime della nonna; adora la “Teologia del fallimento” del gesuita John Navone ma durante il suo primo Angelus racconta ciò che gli disse un’anziana signora in una messa di vent’anni fa a Buenos Aires.
Fin dal suo insediamento come vescovo di Roma, il Papa si è rivolto ai sacerdoti affinché escano dalle parrocchie e dalle canoniche, vadano nelle periferie “fino ai bordi della realtà”, là dove il “popolo fedele è più esposto all’invasione di quanti vogliono saccheggiare la sua fede”, ha detto durante l’omelia della messa del Crisma di giovedì. “La nostra gente – ha proseguito Francesco – ci senta discepoli del Signore, senta che siamo rivestiti dei loro nomi, che non cerchiamo altra identità”. La raccomandazione del Papa ai suoi sacerdoti è di evitare di “essere trasformati in una sorta di collezionisti di antichità o di novità, invece di essere pastori con l’odore delle pecore”. (M. Matzuzzi)

La Notte in cui Cristo ha distrutto la morte

 


Durante la Veglia il cardinale Scola ha conferito i Sacramenti dell’Iniziazione cristiana (Battesimo, Cresima, Eucaristia) a 14 catecumeni adulti di età compresa tra i 20 e i 46 anni: 5 italiani e 9 stranieri.
La Veglia è iniziata con la Cattedrale totalmente immersa nel buio: all’esterno del Duomo, davanti alle porte centrali, l’Arcivescovo - insieme ai 14 catecumeni - rivolto verso oriente ha introdotto la celebrazione con l’invocazione «O Dio, viene a salvarmi» e ha acceso il cero pasquale.
In processione poi ha raggiunto l’altare maggiore.
Dopo il canto del Preconio pasquale ambrosiano (antichissimo testo in uso a Milano dal V secolo) si sono susseguite sei letture dall'Antico Testamento fino a giungere al solenne annuncio della Risurrezione di Cristo che il cardinale Scola ha ripetuto tre volte da tre lati differenti dell’Altare, mentre le campane del Duomo e della città hanno ripreso a suonare festosamente dopo il silenzio iniziato ieri con la Celebrazione della morte del Signore del venerdì Santo.
Dopo le tre letture tratte dal Nuovo Testamento e l’omelia, il cardinale Scola ha amministrato ai 14 catecumeni il Sacramento del Battesimo e della Cresima.
La Veglia è proseguita con la liturgia eucaristica durante la quale per la prima volta i catecumeni hanno ricevuto la Comunione.
Di seguito il testo dell'omelia del cardinal Scola.



Arcidiocesi di Milano


Veglia Pasquale

Gn 1,1-2,3a; Gn 22,1-19; Es 12,1-11; Es 13,18b – 14,8; Is 54,17c – 55,11; Is 1,16-19;
At 2,22-28; Rm 1, 1-7; Mt 28,1-7

Duomo di Milano, 30 marzo 2013


Omelia di S.E.R. Card. Angelo Scola, Arcivescovo di Milano



1. Colmi di gioia
«Esultino i cori degli angeli, esulti l’assemblea celeste… Si ridesti di gioia la terra… Gioisca la Chiesa». Così il canto dell’Exultet. E San Pietro, nel primo annuncio della resurrezione agli «uomini di Israele», ci ha ricordato: «Si rallegrò il mio cuore ed esultò la mia lingua… Mi hai fatto conoscere le vie della vita, mi colmerai di gioia con la tua presenza» (LetturaAt 2,26.28). Con Gesù queste parole di Davide sono diventate esperienza accessibile a tutti gli uomini.

2. L’annuncio più sorprendente: Cristo è risorto!
L’ascolto prolungato della Parola di Dio ha rievocato come, fin dalle sue origini nell’antica Alleanza, la festa di Pasqua celebra un passaggio (questo è il significato etimologico della parola Pasqua) dalla disperazione alla speranza, perché è un passaggio dalla schiavitù alla libertà; dal dolore alla gioia; dalla superficialità dissipata e scettica che non si aspetta più nulla alla costruttiva consapevolezza.
Carissimi, oggi, ancora una volta noi facciamo memoria di questo passaggio compiuto dalla potenza misericordiosa del nostro Dio. Grazie ai nostri fratelli che tra poco riceveranno i sacramenti dell’iniziazione cristiana siamo resi protagonisti – come Maria di Magdala e l’altra Maria, come Pietro e gli altri discepoli – dell’evento oggettivamente più importante della storia.
Oggi, infatti, da ogni pulpito della terra, la Chiesa grida al mondo l’annuncio più sorprendente, più consolante, più capace di rinnovare la storia: «Christus Dominus resurrexit, Cristo Signore è risorto». Questo annuncio avvera, con una pienezza che sorpassa l’attesa, le speranze dei padri e dei profeti, come quelle di tutti i popoli: «Per questo mistero, con il cuore traboccante di gioia, esultano gli uomini di tutta la terra» (Prefazio).

3. Voi non abbiate paura! Non lasciatevi rubare la speranza
«Voi non abbiate paura! So che cercate Gesù, il crocifisso. Non è qui. È risorto, infatti, come aveva detto; venite, guardate il luogo dove era stato deposto» (VangeloMt 28,5-6).
Qual è, ultimamente, il significato di ogni traguardo che scienza e tecnica, audacemente, spostano sempre più avanti? Sconfiggere la paura della morte, con tutti le sue anticipazioni (la malattia e la miseria, l’ingiustizia dentro e fuori di noi…). Quella paura che ci fa vivere da schiavi. Ebbene, la fede in Gesù risorto ci libera dal terrore della morte.
«O uomini … che paura avevate di morire? Ecco, muoio io; ecco, patisco io; ecco, quel che temevate non temetelo più, perché io vi faccio vedere quel che dovete sperare» (Agostino, Sermo 229/H, 1.3). Dalla misericordia, che è Gesù stesso, sgorga la speranza. Papa Francesco non si stanca di richiamarcelo nel sorprendente inizio del suo ministero petrino: «Noi seguiamo Gesù, ma soprattutto sappiamo che Lui ci accompagna e ci carica sulle sue spalle: qui sta la nostra gioia, la speranza che dobbiamo portare nel mondo. E, per favore, non lasciatevi rubare la speranza! Non lasciate rubare la speranza! Quella che ci dà Gesù» (Papa Francesco, Omelia della Domenica delle Palme, 24 marzo 2013).

4. La formula della risurrezione
«Per Adamo siamo nati alla morte; ora, generati dall’acqua e dallo Spirito Santo, per Cristo rinasciamo alla vita. … Cristo, nostro agnello pasquale, / viene immolato per noi. / Il suo corpo è nutrimento vitale, / il suo sangue è inebriante bevanda; / l'unico sangue che non contamina, / ma dona salvezza immortale a chi lo riceve» (Preconio). Nella nostra Diocesi centodiciotto catecumeni di ventisette paesi del mondo ricevono questa notte la vita nuova che è vita per sempre. Il Canto del Preconio ci ha detto che nell’acqua del Battesimo «si immerge il Maligno e vi affoga», mentre in tutti noi si fa strada la consapevolezza grata di essere liberati dalla colpa. Siamo figli nel Figlio. «“Io, ma non più io” – ci disse Papa Benedetto – è questa la formula dell’esistenza cristiana fondata nel Battesimo, la formula della risurrezione dentro al tempo. Io, ma non più io: se viviamo in questo modo, trasformiamo il mondo» (Benedetto XVI, Veglia Pasquale 2006).

5. La grazia di essere apostoli
Infatti anche noi, come San Paolo, «abbiamo ricevuto la grazia di essere apostoli per suscitare l’obbedienza della fede in tutte le genti» (EpistolaRm 1,5).
«Presto, andate a dire ai suoi discepoli: “è risorto dai morti, ed ecco vi precede in Galilea; là lo vedrete» (VangeloMt 28,7). Galilea è il luogo del primo incontro, il luogo dell’inizio. Questo invito diventa per noi l’impegno negli ambiti dove si svolge la nostra vita quotidiana. È proprio lì che il Signore ci viene incontro e si manifesta vivo e presente. Chi incontra veramente il Risorto nel quotidiano della propria esistenza ne diviene inevitabilmente testimone.
Siamo parte di una catena ininterrotta di testimoni. La testimonianza è un dono inarrestabile che chiede a sua volta di essere donato.

6. Rallegrati
«Regina del cielo godi e rallegrati, perché Colui che hai portato nel seno è veramente risorto». Così nel tempo pasquale la Chiesa ci farà pregare la Madonna.
Carissimi, a partire da questa Veglia, madre di tutte le veglie, questo invito è rivolto a ciascuno di noi, perché ce ne facciamo eco a favore di tutti. Amen.



* * *

Una tomba. Un corpo esanime, colpito, deturpato, che ha perduto anche le sembianze umane. Un corpo schiacciato da ogni peccato - proviamo a contarli... - di ogni uomo, dall'inizio alla fine del mondo. Un cadavere, trafitto, tradito. Una morte ingiusta, una sentenza iniqua, l'ingiustizia trionfante. Una tomba, simulacro d'ogni nostra tomba, d'ogni ingiustizia, quelle che abbiamo subito, quelle che abbiamo inferto. Una tomba, e una pietra dove s'infrangono speranze, desideri, progetti. Una pietra a spegnere la vita. E la domanda, il sibilo sinistro del dubbio, dell'angoscia, dello struggimento. Perché? E' la parola che bussa, prepotente, alle soglie di questa Notte, la Notte delle Notti.

Scartabelliamo tra i ricordi, frughiamo nelle possibilità, cerchiamo risposte umane e divine e ci ritroviamo al punto di partenza. Non v'è risposta. La morte, qualunque morte, non ha risposta. In quel corpo senza vita ci sembra che si riuniscano tutte le angosce, i fallimenti, le paure, tutte le morti di questo mondo. Soprattutto, come in uno specchio, incontriamo i nostri cuori aggrappati alla vita eppure gravidi di terrore. Gli errori, i peccati, le distrazioni, la superficialità, le fughe.
E' Sabato Santo oggi, e la Chiesa tace. Per l'unico giorno dell'anno. E' il silenzio del sepolcro. Il nostro silenzio, attonito e stordito. Siamo proni oggi, dinanzi a una lapide. Stanchi anche di cercare risposte, stanchi forse, anche di sperare. Siamo, oggi, sepolti anche noi nella terra, in questo mondo che ha voltato le spalle a Dio. Ne gustiamo l'amarezza, il vuoto terribile d'una tomba oscura, chiusa dietro ad una pietra.
Siamo qui, lacrime e solitudine. Nulla possiamo fare, nulla possiamo dire, se non uno sguardo interrogante a fissare quella pietra. Pesante. Massiccia. Irremovibile.
Ma nel silenzio ecco risuonarci un'altra domanda, come un grido a spezzare le sbarre della disperazione. "Chi ci rotolerà la pietra?". Un briciolo di speranza, un granello sfuggito alla devastazione della morte. Siamo distrutti, provati, senza forza alcuna, eppure quella pietra sembra fissarci, e sfidarci.
E' lungo questo sabato, per alcuni dura una vita. E' stretto e angusto, e ci accorgiamo, nel silenzio e nell'angoscia, che non è per questo sabato che siamo venuti al mondo. Per lo meno, non solo per questo sabato. Il "perché?" ripetuto all'infinito ci sgorga da dentro, sbatte sulla pietra e ci rimbalza contro. Qualcosa non quadra. L'amore, le nozze, lo studio, il lavoro, i giochi, le vacanze, gli amici, le gravidanze, i parti, le gioie e i dolori che percorrono le nostre vite non riescono proprio ad adeguarsi a questo sabato. No, non può essere definitivo.
Sì, ora sembra guardarci quella pietra, sembra chiamarci. Gli occhi umidi e stanchi di troppe lacrime non possono sbagliarsi. Ci attira, ci seduce, ci desidera. E' una pietra, ma sembra viva, ora. Albeggia, guardiamo in su, ed è apparsa la stella del mattino, il segno che sta scivolando via questo sabato! Allora era vero, non siamo nati per spegnerci in una notte.
C'è una luce strana ora, mai vista. Fissiamo meglio, e la pietra dov'è? Ma sì, certo che era viva, s'è mossa infatti, rotolata via. E la tomba è spalancata, luminosa. Ci accostiamo, è vuota. Le bende, il sudario, gli abiti della morte son lì, ripiegati, come una pagina del passato, ma Lui, e tutti noi sepolti nella tristezza e nell'angoscia, dove siamo? Dov'è Lui? Dov'è la morte?
Una voce, qualcuno, qualcosa ci sussurra parole strane: "Non è qui, è risorto! Andate in Galilea, là lo vedrete!". Che vuol dire tutto questo, che significa? Sorpresi, stonati come pugili al tappeto, una gioia straripante mista a dubbi che ci tempestano il cuore, e quella domanda che ritorna prepotente, quel "perché?" che neanche ora ci abbandona.
Ma quelle parole - "E' risorto! Non è qui!" - ci hanno sconvolto, afferrato, e non ci lasciano. Che fare ora che il sabato è volato via, che questa luce infinita ci avvolge e ci sospinge? "In Galilea!". Ecco che fare, andare in Galilea. E dov'è la Galilea, e che cos'è la Galilea? Ma sì, certo, è lì dove Lui ci ha incontrati. E' lì dove è venuto a cercarci. Dove ci ha perdonati, chiamati, amati. E' la nostra vita, la nostra povera storia di tutti i giorni, di tutte le ore. E' esattamente il luogo dove ci ha sorpreso la morte, dove avevamo smarrito speranze e risposte. La Galilea è lì dove il "perché?" non ha smesso un secondo di risuonarci dentro. In Galilea è la risposta. La Galilea è dove Cristo, risuscitato e vittorioso sulla morte e sul peccato, ci ha dato appuntamento.
La risposta è Lui dunque, una persona viva. Un amore vivo. La risposta, l'unica, che non appartiene a nessun criterio, a nessuna intelligenza, la risposta nascosta perfino agli angeli, è uno sguardo d'amore e di compassione. Lo sguardo di Cristo risuscitato dai morti che colma ogni vuoto, lenisce ogni ferita, asciuga ogni lacrima. Lo sguardo di Cristo che attraversa spazio e tempo e incontra, in questa Pasqua, il nostro sguardo impaurito, proprio dove siamo.
La risposta non è una risposta, è Cristo. La risposta si guarda, molto prima di pensarla e capirla. E' in questa notte, è per gli occhi di chi, dopo aver tanto sentito parlare di Lui, finalmente lo guardano. Lo fissano. E ne restano trafitti. La risposta è sperimentare, oggi, e ogni istante, il suo amore infinito, l'unico capace di rotolare la pietra del dolore e del peccato e cancellare, dal cuore, il "perché?" che ci uccide. Il Suo amore, misterioso, eppure così vero, reale, concreto, infinito, eterno. Il Suo amore, la Vita eterna per la quale siamo nati, come un fiume in piena ad irrigare e trasformare ogni centimetro della nostra esistenza, sino alle sue periferie, quelle tanto care al nostro Papa Francesco. La Galilea è la periferia del nostro cuore, della nostra storia, dell'umanità. Vivere e sperimentare la Pasqua è allora, semplicemente, lasciarci raggiungere, sorpassare, amare e coinvolgere da Gesù risorto nelle periferie della nostra vita, di quelle di chi ci è accanto o  che incontreremo domani. Le periferie che visitate dal Signore risorto in questa Notte Santa son divenute il centro della storia, il cuore di Dio; il luogo dove accogliere, vivere, annunciare e donare il suo amore più forte della morte, nel Giorno che non conosce tramonto, quello che ci accoglie per non abbandonarci mai più. 
Che Dio ci conceda l'incontro con questo amore, in questa Notte Santa. Buona Pasqua. (d. A. Japicca)